La Cruz, el patíbulo de Cristo
En la veneración de la cruz, la santa Cruz decimos los cristianos, por ser habitual, frecuentemente nos pasa desapercibida la característica esencial en su origen: los cristianos veneramos un patíbulo, un instrumento de tortura y ejecución, que el Imperio Romano (y también otras culturas anteriores) aplicaba a los condenados más viles. Tal fue el que escogió nuestro Señor para nuestra salvación.
Se ha dicho de la muerte de Cristo en la Cruz, que constituye un escándalo para los hombres. Cristo no necesitaba morir para redimirnos. Dice una piadosa letanía de agradecimiento a El por sus misericordias: "... porque bastaba para redimirme, un suspiro, una lágrima de amor, y me quisiste dar toda tu Sangre. ¡Gracias Señor! ...". Pero no se conformó con dar su sangre, la dio en un nefando y horrible suplicio, que la crueldad del Imperio romano tenía reservada para esclavos y criminales extranjeros. ¡Ningún romano podía, por ley, ser crucificado!
Por este motivo, aún venerando la muerte redentora de Cristo, no parece que debiera ser considerado como objeto de culto, como es realmente, el instrumento propiamente dicho (recordemos la liturgia de Viernes Santo). Lo cierto es que la Cruz, es venerada porque en ella, Cristo nos redimió, pero lo sorprendente, si se mira desde una perspectiva "exterior", es que sea el símbolo por excelencia para los cristianos y, además, universal, común a todas las confesiones.
Pero no fue así desde el principio. Los primeros cristianos no veneraban la Cruz, y durante las persecuciones se identificaban con el dibujo de un pez, en dos trazos muy simples. También eran representados, aunque en una forma menos simbólica, la figura del Buen Pastor, el ancla, símbolo del pescador, etc. La Cruz producía horror y, aunque aceptaban la voluntad de nuestro Señor que quiso padecerla, no era un símbolo propiamente de los cristianos.
Esto fue así durante tres siglos, pero en el siglo IV se produjeron dos hechos providenciales: En primer lugar la visión del emperador Constantino (Vio, en sueños, una cruz, con el lema "In hoc signo vinces": con esta señal vencerás) antes de afrontar la "batalla de Puente Milvio" cerca de Roma, y en segundo lugar, el hallazgo de la Vera Cruz en Jerusalén, propiciado por santa Elena, madre del emperador, que protagonizó las primeras investigaciones en Tierra Santa. A partir de este momento, el culto a la Cruz fue introduciéndose paulatinamente, especialmente por la iconografía. Al mismo tiempo, Constantino abolía como forma de ejecución el suplicio de la cruz, que quedaba en exclusiva como la Cruz que veneramos los cristianos. Nunca nadie volvió a ser crucificado.
Durante la Alta Edad Media, los Crucifijos representaban el triunfo de la Redención, con el santo Cristo, Glorioso, con larga túnica, con corona real: está en la Cruz, pero es el Vencedor, el Resucitado. Sólo más tarde, en los años de las grandes místicos, se comenzó a ver y representar también al Cristo crucificado, en su estado de sufrimiento y dolor; y al mismo tiempo, la señal de la Cruz en todo valor simbólico de la fe, alcanza la plenitud que llega a nuestros días. Veamos ahora cómo era la muerte en la Cruz que voluntariamente quiso padecer nuestro Señor.
El suplicio de la Cruz:
La cruz, como instrumento de tortura, era de una crueldad extrema porque pretendía prolongar largo tiempo la agonía del reo. La muerte le sobrevenía por asfixia, debida a la tensión de los brazos extendidos, cuando le fallaba el apoyo de los pies; éstos, apoyados en un pequeño caballete inclinado, y atravesados por clavos, producían un dolor insoportable, al intentar elevarse para respirar. El agotamiento que se producía tras muchas horas, acarreaba la muerte. En cuanto a las manos, solían estar igualmente sujetas mediante clavos, pero para evitar su desgarro era frecuente atar los brazos por las muñecas, mediante cuerdas. Cuando los sayones eran expertos, clavaban las muñecas atravesando por un hueco en la articulación del antebrazo con la mano, que permitía una fijación sólida, y añadía un dolor suplementario al esfuerzo del reo por elevarse para respirar.
Se ha podido comprobar, por las crónicas de este período del Imperio Romano, que no siempre se utilizaban clavos para crucificar: El reo era simplemente atado a los dos troncos cruzados, pero con cuerdas muy tensas. Esto, aunque menos cruento, en ningún caso resultaba un alivio del sufrimiento. En efecto, los crucificados podían permanecer varios días amarrados a su "patíbulo" mientras su desfallecimiento era terriblemente lento. El reo podía abandonarse, y ceder a la tensión de los brazos, pero al final, la apnea forzada le obligaba a erguirse sobre sus pies, por un acto reflejo producido por el instinto de conservación. Y su sufrimiento se prolongaba hasta la exasperación.
Cristo sí fue crucificado mediante clavos, y además hoy se sabe, analizando la Sábana Santa, mediante tres clavos (en lugar de cuatro), dos de los cuales le atravesaban las muñecas. Precisamente esta circunstancia, que sólo ha sido visible mediante la fotografía, y las técnicas gráficas posteriores, constituyen una prueba de convicción de la autenticidad de dicho lienzo. El suplicio de Jesús en la Cruz fue de lo más cruel que se haya podido imaginar, porque como decimos, la agonía de los crucificados era muy larga. Dependía naturalmente del estado de agotamiento del reo porque, como decimos, estaba supeditada a su capacidad para resistir el dolor al elevarse sobre los pies clavados, y respirar. Por esto nuestro Señor murió relativamente pronto porque ya la flagelación había sido un castigo extraordinario. Pero Dios quiso dejar constancia de su poder en ello, y Jesús expiró exhalando una gran voz, para sorpresa y estupor del Centurión, que por ello le reconoce "Hijo de Dios".
La Cruz, símbolo de los Cristianos:
Como ya hemos dicho, la costumbre de ver la Cruz en lugares de culto, y también en nuestras casas o presidiendo algunas ceremonias públicas, hace que no seamos totalmente conscientes de lo que representa para nosotros el símbolo que nos recuerda el lugar en el que el Hijo de Dios consumó el misterio de nuestra Redención. Es un patíbulo que lejos de causarnos horror, despierta en nosotros cuando lo queremos contemplar con fe, un profundo agradecimiento. Pero esta representación no se circunscribe solamente al instrumento sino que, como sabemos, habitualmente se le coloca visiblemente una imagen de Jesucristo crucificado, para recordarnos lo que algunos místicos han calificado de "locura de amor". Pero la Cruz como símbolo también se venera sola y es visible en escritos, en lápidas y muchos lugares públicos.
La Cruz que, según san Pablo, para los judíos era escándalo y para los griegos necedad, escandalizó también a los discípulos de Jesús y se ha convertido, por una divina paradoja, en nuestro mejor símbolo de victoria y esperanza, en nuestro más seguro signo de salvación y de vida eterna.
Por esto es odiado este símbolo, por los enemigos de Dios, y sobre todo por el "enemigo del género humano" que no puede soportar que por esta Cruz, que él inspiró a los verdugos de Jesús -"... esta es la hora y el poder de las tinieblas ..." (Lc 22, 53)- llegara la Redención a los hombres a los que tenía sujetos. Y hoy, viendo la eficacia sobrenatural de esta Cruz, quiere quitarla de todo lugar público. Satanás, que inspiró a Caifás y forzó a Pilato a ejecutar a nuestro Señor, inspira ahora a los políticos laicistas, hijos de la Revolución, a quitar de nuestra vista y, si pudiera, incluso de nuestros corazones nuestra más preciada señal de identidad.
Pero sabemos que su propósito no ha de prevalecer, y no por nuestras fuerzas sino por los designios de Dios que aunque permite, de momento, esta persecución, su juicio va a ser inexorable: "... el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado ..." (Jn 16, 11). Con estas palabras, Jesús les dice a los Apóstoles después de la Ultima Cena, cómo ha de ser el final de todas las persecuciones, cuando de forma definitiva se establezca su Reino, este Reino que todos deseamos y esperamos diciéndole: "¡Hasta cuándo Señor!"
Matanza de Inocentes
«... Herodes, viéndose burlado por los magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y sus alrededores, de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia se había informado de los magos. Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías que dice: "Una voz se oye en Ramá, lamentación y gemido grande; es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere ser consolada porque ya no existen (Jr 31, 15)" ...» (Mt 2, 16-18)
Es difícil leer este pasaje evangélico sin experimentar un sentimiento de horror hacia el infanticidio indiscriminado que constituyó la matanza de Inocentes ordenada por Herodes. El tirano, queriendo acabar con Jesús, asesinó a los niños de menos de dos años. ¿Cuántos serían estos protomártires del Cristianismo, que dieron su vida por nuestro Redentor? Probablemente no serían muchos porque la cantidad de niños tan pequeños en los alrededores de Jerusalén tal vez no pasara del centenar. Pero fue un terrible y abominable crimen. Y fueron asesinados por odio a Dios.
Tal es el juicio que debiera merecernos el espantoso genocidio de los no nacidos que la sociedad moderna lleva a cabo en forma de legislación permisiva (y aún promotora) del aborto. Hoy se sabe con certeza que la vida del ser humano se inicia desde el momento de la concepción. Hay pruebas irrefutables, biológicas, médicas y, naturalmente, también de sentido común: Lo que ha de ser hombre, y que, para que no lo sea es necesario destruirlo, hombre es, y tiene vida propia aunque sea asistida en el seno materno. Nunca en la historia había habido más medios para saberlo como en el mundo actual, que denominamos civilizado.
Pero estas razones no sirven cuando no se atiende a la razón. Es cierto que hay gran cantidad de científicos que aceptan y defienden públicamente estos conceptos, pero no se les atiende, es siempre el poder quien instaura la "verdad" tanto científica como moral, y la impone. Y en estos casos se niega incluso el "beneficio de la duda" que es de aplicación universal cuando el desconocimiento de algo puede causar un daño no conocido. No se atiende a razones, se establece el derecho a eliminar al que no interesa que nazca.
Esto tan terrible, que atenta hasta contra el sentido común, está alcanzando proporciones inauditas. Se trata de verdaderos crímenes realizados con toda "asepsia" por los organismos encargados de la salud, y esta "asepsia" llega a adormecer las conciencias como nunca podría haberse imaginado.
La matanza de inocentes que describe el evangelio de san Mateo, es verdaderamente pequeña si la comparamos con los ciento veinte mil abortos registrados en España en el último año. Pero tienen algo en común: Son realizados por odio a Dios. Y no son las pobres mujeres que abortan las culpables de esto, empujadas arteramente por los servicios estatales de asistencia social, son las autoridades las que conscientemente programan y legislan para incrementar esta destrucción de seres humanos.
Como es sabido, en España se está preparando una ley para liberar completamente el aborto. Ya no se precisarán los subterfugios fraudulentos que han llegado a permitir que se aborten criaturas de hasta siete u ocho meses, pero se podrá abortar "por que sí" hasta los cuatro meses (!!). Teniendo en cuenta la campaña mediática que acompaña a esta acción del gobierno, es evidente que se van a incrementar, y mucho, las escalofriantes cifras que conocemos. No nos engañemos, esto no es tan sólo obra de hombres: la acción del "enemigo del género humano" está detrás de estas legislaciones, y aunque se sirve de las personas de nuestros gobernantes, que le obedecen consciente o inconscientemente, es Satanás quien atenta contra el hombre. No puede atentar contra Dios, pero lo hace contra su obra más querida, que redimió a tan alto precio.
Pero mantengamos la esperanza: La permisión de Dios no ha de durar siempre, y esperamos que un día ha de venir a "juzgar a las naciones con rectitud". Entretanto elevaremos nuestra oración, diciendo como los mártires del Apocalipsis: "¿hasta cuándo Señor?"
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Dios, ciertamente, existe
La fe no es una probabilidad. Es una gracia de Dios, pero el que la posee, cree con certeza. Hacemos esta afirmación, con motivo de una campaña atea que se está extendiendo por España, mediante la colaboración de los Ayuntamientos de Barcelona y Madrid, que prestan sus autobuses como soportes publicitarios. El slogan utilizado es éste: "Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de la vida".
Vaya por delante que lo peor de la frase no está en la probabilidad de la no existencia de Dios. Es mucho más grave el hecho de que se considere la fe como un obstáculo para el "disfrute de la vida". Es una tentación satánica considerar que la fe en Dios es mala para la vida del hombre, y esta tentación es tan antigua como la humanidad. El ateísmo, propiamente, es una actitud relativamente moderna, hija de la Revolución; pero el pensamiento maniqueo del enfrentamiento de un dios malo y otro bueno, en el que los papeles se invierten (el maniqueo sigue a un dios que se enfrenta al Creador, al que considera un Dios celoso) es hijo de la tentación original, la tentación diabólica.
Estos maniqueos modernos, sin duda no creen realmente en esta dualidad, pero actúan de forma beligerante contra Dios y los que creen en El y le siguen. De hecho en la página Web de esta asociación de ateos que ha promovido la campaña, se ataca de forma muy virulenta a la Iglesia Católica a la que culpan de todos los males de la humanidad. No son, por tanto, simples propagandistas de una postura agnóstica, que pudiera parecer inocua.
Hemos sabido que se ha respondido a esta campaña, mediante otros anuncios en los mismos medios (autobuses urbanos) con frases de apoyo a la fe. Por cierto, una de ellas iniciativa de una comunidad cristiana no católica, y la otra de la conocida asociación www.e-cristians.net que apoyamos en nuestros enlaces recomendados. Como decimos, ante una campaña atea tan beligerante, conviene no quedarse inactivos. Es bueno difundir que, el creyente, no sólo no es un "reprimido temeroso" sino que es depositario de una paz de espíritu que no la ensombrecen fácilmente el dolor ni la adversidad.
Se dice que el slogan ateo no es nuevo en la Europa Occidental, y que ya ha sido utilizado en Reino Unido y otros países. Es curioso observar que esta "propaganda atea" que ahora aparece en el Occidente llamado democrático, en realidad proviene de los gobiernos soviéticos del bloque de la U.R.S.S. en los que existían incluso ministerios gubernativos dedicados a ello; así pues, en esta Europa que no quiso sentar sus orígenes cristianos en un texto constitucional, acaba enraizando una actitud contra Dios. No olvidemos, por otra parte, la actitud de un gobierno como el español, en su Ministerio de Educación, con la tristemente célebre "Educación para la ciudadanía".
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"Bella"
No es habitual en nuestra Web hacer comentario ni crítica de cine; somos lectores contemplativos de las Sagradas Esrituras, y a esto nos dedicamos preferentemente; pero a este comentario editorial lo hemos denominado, un tanto arbitrariamente como "de actualidad" y, al menos por esta vez lo va a ser efectivamente.
El hecho es que en estos días, en España, ha tenido gran repercusión entre los católicos un hecho muy llamativo, fruto de la conversión del actor mejicano Eduardo Verástegui. Se trata de la presentación de la película "Bella" que, sin ser propiamente una película de tema religioso, ha sido pensada para defender y hacer atractiva la familia, los sentimientos de integridad moral y, sobre todo, mostrar la atrocidad del aborto y las falacias con las que se justifica. Esta presentación ha sido, como decimos, una novedad en España, pero sin duda para la mayoría de nuestros amigos visitantes de habla hispana, en América, hace ya más de un año que conocen tanto al actor como la película. De hecho, este film, además de esta finalidad apuntada, es una imagen muy vívida de la comunidad hispana de Nueva York, apartándose de los tópicos peyorativos al uso.
Decimos que la película tiene interés, por su ejemplaridad moral, pero también tiene un nivel importante como obra cinematográfica. No nos compete a nosotros hacer una crítica especializada, pero conviene decir que ha sido galardonada con varios premios de gran prestigio.
Pero no es tanto por la película por lo traemos el tema a nuestra Web, sino muy especialmente por la conversión de Eduardo Verástegui, que él mismo explica en los medios de comunicación que han querido entrevistarle. Debemos advertir que cuando se habla de conversiones hay que tener siempre en cuenta la perseverancia del converso; nadie está exento de ser tentado, y todos podemos defraudar las expectativas que nuestro Señor pone en nosotros. Pero el relato que Verástegui hace de su conversión es muy aleccionador, y por esto lo queremos mostrar.
La conversión de este actor, ocurrida hace ahora unos cinco años, ha sido un hecho de gran repercusión en Méjico y Estados Unidos. Se trata de un actor que inició su carrera como cantante, y que teniendo ya un gran éxito en Miami, entró en el cine de Hollywood a través de las series de Televisión. Estando en el apogeo del éxito y la mundanidad, que él mismo confiesa, la Providencia le llevó a una conversión, tan notable (aunque silenciada por el entorno de los medios de comunicación) como profunda. Llama especialmente la atención el hincapié que hace en la devoción eucarística, la santa Misa y el rezo diario del Rosario, y como sabemos, son hitos muy sólidos para perseverar.
Actualmente Verástegui se dedica a una tarea apostólica muy importante, en ayuda de las mujeres que son tentadas, e incluso empujadas a abortar, en Estados Unidos, especialmente entre la comunidad hispana. Por esto, la promoción de esta película cuyo título nos ha servido como identificación en la cabecera, es sólo una parte de su actividad, aunque tiene la virtud de poder financiar la campaña en evitación de estos abortos, y contra las legislaciones permisivas. En este sentido ha intervenido también en la campaña electoral de la Presidencia de Estados Unidos, denunciando las pretensiones de aborto libre, que promovía el entonces candidato Obama.
Para concluir, hemos querido ilustrar todo esto con una muy significativa entrevista que el actor concedió a la televisión EWTN de la madre Angélica hace algo más de un año. Es, a nuestro juicio, la más representativa y, además, posiblemente las más emotiva. Esta entrevista, que se encuentra en el conocido portal "YouTube", está dividida en seis partes de menos de diez minutos. Para facilitar su acceso, hemos preparado una página con los seis vínculos.
También es posible, a través del buscador "Google" encontrar dicha entrevista en un solo vídeo de 55 minutos de duración, pero no podemos asegurar que se mantenga indefinidamente.
Nosotros no añadiremos nada más. La ocasión ha sido el estreno de "Bella" en nuestros cines de España, pero el interés mayor lo tiene, sin duda, la conversión de su autor.
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San Pablo, "el Apóstol"
Estudiar la figura de san Pablo en su labor providencial en la expansión de la Iglesia, no es tarea fácil, ni tampoco breve. San Pablo es parte esencial en el canon del Nuevo Testamento, pero ciñéndonos a su actividad apostólica, en este año paulino en el que la Iglesia conmemora su nacimiento, vamos a esbozar aunque sea de forma un tanto sinóptica, la vida de este santo tan extraordinario apóstol y misionero.
En efecto, san Pablo es considerado por muchos el Apóstol por antonomasia. Santo Tomás cuando aporta su argumento de autoridad, especialmente en los "set contra", nunca cita su nombre, escribe simplemente: "... dice el Apóstol ...". También se le considera de forma muy generalizada el "apóstol de los gentiles", debido a su extensísima acción en el mundo griego, y sus viajes por las ciudades helenizadas del Mediterráneo. Pero ciertamente lo que más sorprende es que este apóstol, siendo tan importante, no sólo no formó parte de los doce, sino que ni siquiera conoció a Jesucristo durante el tiempo de su vida pública.
La Providencia quiso que la expansión del mensaje de Cristo, la buena nueva, tuviera un soporte especial, el apoyo de este gran santo que, como hemos dicho, fue a la vez místico y misionero; en definitiva un verdadero Apóstol. A este respecto es curioso observar que, en la iconografía, es frecuente que se incluya a san Pablo, como "uno de los doce" y se le coloca en lugar de san Matías que, como relatan los Hechos de los Apóstoles, fue elegido antes de Pentecostés para sustituir a Judas Iscariote (Hech. 1, 23 - 26). Como ejemplo de esto, podemos referir que en la Cripta del Templo del Tibidabo hay una representación del Colegio Apostólico, con la Virgen María en el centro, recibiendo el Espíritu Santo (se advierten las lenguas de fuego sobre sus cabezas) en la que existe, con su nombre, la figura de san Pablo en lugar preeminente, y no aparece el recién nombrado Matías.
No es el único caso en la iconografía, pero evidentemente es incorrecto y además cronológicamente inexacto (la conversión de san Pablo es cinco o seis años posterior). Sirve este hecho para constatar la trascendencia del título de Apóstol por antonomasia de aquel que, habiendo perseguido a Cristo, recibió de El mismo la gracia de la conversión. Cabe advertir que para que le veneremos como apóstol no es imprescindible que haya formado parte de aquel primitivo colegio que el mismo Jesús eligió en su vida pública. En los Hechos hay numerosos ejemplos, entre los que se cuentan san Lucas, san Bernabé, san Marcos, etc. Todos ellos ejercieron su apostolado al servicio de la naciente Iglesia, y siempre bajo el primado de Pedro.
San Pablo es considerado también el primer teólogo. Seguramente no está mal la consideración, porque gran parte de la doctrina cristológica y también la Teología moral se basan en los escritos de san Pablo (aunque no exclusivamente); pero conviene tener un criterio claro sobre esta cuestión, porque al margen de su formación personal en la escuela rabínica y su pertenencia a la secta de los Fariseos, hay que pensar que tanto él como los demás Apóstoles recibieron la luz del Espíritu Santo, y esto es mucho más importante que todos los conocimientos y la sabiduría que en razón de su procedencia pudieran tener.
En efecto, los Apóstoles que escogió Jesús eran pescadores y, salvo tal vez san Bartolomé, ninguno de ellos tenía formación más allá de la regular asistencia a la Sinagoga. Incluso se ve, leyendo los evangelios, que el apóstol que recibió el primado, Simón hijo de Jonás, por sobrenombre Pedro, era un hombre rudo. La personalidad humana de san Pedro tiene un atractivo especial, es un hombre evidentemente fogoso y dispuesto, lanzado, todo corazón. Pero es también inconsecuente, y a veces débil y cobarde. Le ha pedido a Jesús andar sobre el agua, pero duda, y se hunde. Más adelante negará tres veces haber conocido a Jesús, y sin embargo ha sido capaz de defenderle con la espada. ¿Por qué nuestro Señor le escoge?
Dios no necesita valores humanos en sus discípulos para crear su Iglesia, porque este Pedro que en los evangelios aparece tan voluntarioso como simple, tras recibir el Espíritu Santo será capaz de escribir dos inspiradas epístolas, y lo mismo podríamos decir de Juan, de Santiago el menor y de Judas Tadeo. Pablo, en cambio, tiene una formación inicial superior, aunque al principio es enemigo de los cristianos. Dios lo escoge igualmente y mediante una intervención extraordinaria, pero también podríamos a su vez preguntarnos ¿Por qué Dios, en este caso, escoge a un hombre instruido y acreditado conocedor de la Ley y los Profetas?
Dios da la sabiduría a quien quiere, pero también promueve a aquellos a los que en su Providencia ha querido incorporar a su plan de Salvación. San Pablo será muy útil, especialmente en el apostolado en el mundo griego, pero no lo será solamente por su formación cultural sino porque, tocado por la Gracia, va a ser el mayor de los apóstoles (aunque él mismo se considera el menor, por humildad; sin embargo reconoce como los grandes santos la obra de Dios en él)
Los antecedentes de san Pablo:
Pablo nació en Tarso en Cilicia, región de Asia Menor actualmente en Turquía. De la tribu de Benjamín, como el rey Saúl, se le impuso este nombre hebreo al ser circuncidado a los ocho días. Su familia le educó estrictamente en la observancia de de la secta de los Fariseos, fieles cumplidores de la Ley judía (Fil. III, 5). Por esta razón, a los quince años, fue a estudiar a Jerusalén en la famosa escuela rabínica dirigida por Gamaliel, también Fariseo. Los Hechos de los Apóstoles aportan esta información, cuando san Pablo se presenta por primera vez en Jerusalén: "Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy." (Hech. 22, 3)
En su ciudad natal, como judío de la diáspora, utilizó el nombre latino de Saulo, por la similitud fonética de éste con el suyo. En la región oriental del Imperio Romano, aunque se utilizaba habitualmente la lengua griega, era corriente que los nombres se adaptaran fonéticamente al latín. Saúl o Saulo había crecido en el entrono cultural griego, a pesar de su observancia religiosa judía y la administración imperial de Roma. Es de notar que tenía la ciudadanía romana, como él mismo afirma en Hech. 22, 25 - 29, "por nacimiento", es decir, porque su padre era ya ciudadano romano. Esto le valdrá la protección del Tribuno Claudio Lisias, al ser apresado años más tarde.
Como se ha dicho, san Pablo no conoció personalmente a Jesús. Entre los años 28 y 30, en los que Jesús predicaba públicamente por Galilea y finalmente en Jerusalén, probablemente san Pablo no estaba allí. Es muy posible que, después del tiempo en el que debió acudir a la escuela rabínica de Jerusalén, volviera a Tarso, su ciudad natal. Le vemos, no obstante, cinco años después de la Pasión y muerte del Señor, persiguiendo a los cristianos en Jerusalén. Pronto se destaca especialmente como perseguidor de lo que para él era "una secta perniciosa", y se dice de él que recibió a petición propia, credenciales para apresar y conducir atados, a los cristianos que pudiera encontrar en Damasco.
Conviene tener en cuenta que desde el tiempo en el que en Judea gobernaban los Procuradores romanos el Procurador romano, los judías no podían dar muerte a nadie, y esto queda muy claro en el caso de la Pasión de Cristo, pero el Sumo Sacerdote sí tenía atribuciones para encarcelar, y también podía someter a los reglamentarios treinta azotes con tal de no producir intencionadamente la muerte. Al margen de esto, de hecho, se producían apedreamientos más o menos clandestinos y que las autoridades romanas toleraban, siempre que conviniera a las buenas relaciones con la autoridad rabínica. Este fue sin duda el caso del Diácono san Esteban, en cuya lapidación colaboró san Pablo, siendo aún Saulo el Fariseo. Es la primera noticia que las escrituras dan de san Pablo. Esto ocurrió en el año 35, Saulo aparece en el relato, como un recto joven, fanáticamente dispuesto contra los cristianos. Se dice en los Hechos que Saulo estuvo presente, aprobándolo, cuando San Esteban, el primer mártir, fue apedreado y muerto.
La conversión:
Como hemos apuntado antes, el que todavía era conocido como Saulo, obtuvo cartas credenciales del Sumo Sacerdote con el fin de llevarse presos a los cristianos de Damasco "... Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén ..." (Hech. 9, 1 - 2). Se entiende en la narración que ya era conocido en Jerusalén y tenía atribuciones para encarcelar a los seguidores de Cristo, y llevaba una fuerte dotación de "ministros" del Pontífice. Eran éstos una guardia armada, del estilo de la que había prendido a Jesús en el huerto de Getsemaní; iban normalmente armados con espadas, y además utilizaban unas largas porras de madera que en sus manos resultaban temibles.
Pero Dios tenía sus planes, y llama a Saulo mientras iba de camino: "... cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.» Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco ..." (Hech. 9, 3 - 8)
La narración dice que Saulo pasó tres días sin comer
ni beber. Entetanto, el Señor inspiró a Ananías, uno de sus discípulos de
Damasco, para que asistiera a Saulo y le impusiera las manos. Dice el relato de
los Hechos: "... Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El
Señor le dijo en una visión: «Ananías.» El respondió: «Aquí estoy, Señor.» Y el
Señor: «Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de
Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado
Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.» Respondió
Ananías: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que
ha causado a tus santos en Jerusalén y que está aquí con poderes de los sumos
sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.» El Señor le
contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre
ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que
tendrá que padecer por mi nombre.» ..."
(Hech. 9, 10 - 16)
Ananías, cumpliendo el deseo de Jesús, fue a la casa donde estaba Saulo y le dijo: "... Saulo, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo ..." Y así, dice el relato de los Hechos que le cayeron unas escamas de los ojos, y recuperó la vista. Después fue bautizado.
Aquí los Hechos relatan simplemente: "... Tomó alimento y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco ..." (Hech. 9, 19) e inmediatamente le sitúan en la misma ciudad, predicando por las Sinagogas. Sin embargo, se cree con fundamento que tras esos breves días primeros, en que se llenó de celo apostólico, como todos los santos vio su indignidad y se apartó del mundo para pasar tres años en oración. * Pensó que necesitaba mucha purificación y para ello se retiró a un lugar desierto* . Él mismo, en su epístola a los Gálatas menciona Arabia, aunque probablemente se trata de un lugar solitario, no muy lejano, al sur de Damasco (Gal 1, 17) Allí recibió una visión mística que le constituyó en Apóstol, y en la que recibió un conocimiento extraordinario de Jesucristo, sin haber convivido con El. Se sabe con certeza que san Pablo tuvo coloquios con Aquel al que perseguía, camino de Damasco, y esto se trasluce en varios de sus escritos. Veamos en primer lugar la Epístola a los Gálatas:
"... Porque
os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden
humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación
de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo,
cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo
sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos,
superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. Mas, cuando Aquel que
me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien
revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin
pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los
apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco.
Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí
quince días en su compañía ..." (Gal 1, 11 - 18)
Este fragmento, bastante esclarecedor, tiene también relación con lo que san Pablo escribió en su epístola II a los Corintios y que se supone fechada en el año 58:
"... Yo conozco a un hombre en Cristo, que catorce años ha (si en cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, sábelo Dios) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este mismo hombre (si en cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables, que no es lícito a un hombre explicarlas. De semejante hombre podré gloriarme; mas en cuanto a mí, de nada me gloriaré sino de mis flaquezas ..." (II Corintios 12, 2 - 5)
La conversión de san Pablo no fue, por lo tanto, un proceso de convicción intelectual, fruto de su formación; fue una acción directa de Aquel que le llamó camino de Damasco y que le inspiró a lo largo de su vida, y especialmente durante los tres años de su preparación espiritual antes de iniciar su apostolado. Cristo mismo le iluminó, y El mismo le incorporó al colegio apostólico. Es pues el último apóstol constituido. "... Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo ..." (I Corintios 15, 8)
Pablo inicia su predicación:
Después de este período en el que
se puso en manos de Dios, y recibió místicamente del propio Cristo la luz de la
fe, inició su predicación entre los judíos de la populosa Damasco: "... y en
seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios.
Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: «¿No es éste el que en
Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha
venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes?» Pero
Saulo se crecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles
que aquél era el Cristo ..."
(Hech. 9, 20 - 22).
Esto provocó una fuerte reacción por parte de los judíos ortodoxos que, lógicamente, le consideraban un "traidor". Era tan fuerte la persecución, que tuvo que escaparse dejándose bajar de la muralla de la ciudad en una canasta. "... Al cabo de bastante tiempo los judíos tomaron la decisión de matarle. Pero Saulo tuvo conocimiento de su determinación. Hasta las puertas estaban guardadas día y noche para poderle matar. Pero los discípulos le tomaron y le descolgaron de noche por la muralla dentro de una espuerta ..." (Hech. 9, 23 - 25).
San Pablo debió sufrir persecución durante casi toda su vida apostólica. Al llegar a Jerusalén se encontró nuevamente con la persecución de los judíos, a la que se añadió la natural desconfianza de los cristianos, a causa de sus antecedentes como perseguidor de la naciente Iglesia. Por último, también los judíos helenizados, de los que había un núcleo poderoso en Jerusalén (los Saduceos, entre otros), acabaron queriendo atentar contra él: "... Llegó a Jerusalén e intentaba juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé le tomó y le presentó a los apóstoles y les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús. Andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba también y discutía con los helenistas; pero éstos intentaban matarle ..."
Este rechazo de los judíos causó mucho dolor a san Pablo, y no tanto porque le rechacen a él, sino porque mayoritariamente el pueblo al que Dios escogió, se niega a aceptar a Cristo. San Pablo siempre mantuvo el sentimiento de su pertenencia al pueblo escogido, y se duele de esta falta de conversión: "... Digo la verdad en Cristo, no miento, - mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo - siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén ..." (Rom 9, 1 - 5)
Sin embargo, este mismo Apóstol será el que defienda que los conversos queden eximidos de la Antigua Ley. Esto afectará especialmente a los que procedían del mundo gentil, o griego, a los que al principio, algunos les exigían la Circuncisión prescrita por la Ley de Moisés. Esta controversia, que con absoluta sumisión al Primado mantuvo san Pablo (Gálatas 2, 14), fue dilucidada como veremos, en el Concilio de Jerusalén
Pablo estuvo pocos días en Jerusalén para evitar las suspicacias, y nuevamente regresó a su ciudad natal de Tarso. Otra vez se unió Bernabé y juntos viajaron a Antioquía siriana, donde encontraron tantos seguidores que fue fundada por la constancia de los primeros cristianos. Fue aquí donde los discípulos de Jesús fueron llamados cristianos por primera vez (eran más conocidos como "nazarenos"). Después que regresaron a Jerusalén, una vez más, para asistir a los miembros de la iglesia que estaban escasos de alimentos, estos dos misioneros regresaron a Antioquía.
Cronología de san Pablo:
Tras esta primera misión a Antioquía, san Pablo realizó, que se sepa, tres grandes viajes apostólicos por Asia Menor y Grecia. Por razones de espacio no vamos a detallarlos en este artículo, pero una detenida lectura de los Hechos de los Apóstoles puede ilustrarnos muy bien, y hacernos comprender la importancia de tales viajes. Nosotros, para facilitar su comprensión, vamos a englobarlos aquí, dentro de una breve cronología, que además puede ayudarnos a tener una perspectiva de esta actividad apostólica de la que estamos hablando:
- Año 35: Muerte de san Esteban, apedreado a las afueras de Jerusalén.
- Año 36: Conversión de Saulo camino de Damasco. Es Bautizado, recibe el Espíritu Santo y se retira al desierto.
- Año 39: Saulo va a Jerusalén y habla con Pedro. Es presentado por Bernabé.
- Año 43: Saulo va a Antioquía con Bernabé. Encuentro con Lucas, que será su colaborador más importante.
- Año 44: Herodes Agripa, amigo del Emperador Claudio, recupera el Trono de su abuelo (el de los Inocentes) y persigue a los cristianos. Manda degollar a Santiago Zebedeo, hermano de Juan.
- Año 45 a 49 aprox.: 1er. viaje de san Pablo con Bernabé y Marcos, especialmente al principio. Embarcaron en dirección a Chipre y después realizaron un periplo por el sur de la Actual Turquía (Perge, Pisidia, Listra, etc.).
Primer viaje Segundo viaje Tercer viaje
- Año 49: Concilio de Jerusalén. (Hech 15, 1 - 31). Se dilucidaron las cuestiones relativas a la incorporación de los gentiles conversos a la Iglesia de Cristo.
- Años 50 - 52: 2º viaje de san Pablo, que le llevó a evangelizar en la misma Grecia. Llegó a Atenas, y defendió la Resurrección de los creyentes en Cristo, ante un auditorio, al parecer respetuoso, pero materialista. A la vuelta pasó por Efeso.
- Años 53 - 58: 3er. viaje de Pablo. Nuevamente desde Antioquía se dirigió a Grecia y recorrió Filipos, Tesalónica, etc. Después volvió nuevamente a Jerusalén, esta vez por mar..
- Año 58: Tumulto en el Templo contra san Pablo, prisión de Pablo por la autoridad romana. Cuando va a ser azotado, Pablo se defiende como ciudadano romano ante el Tribuno Lisias
- Años 58 - 60: Cautividad de Pablo. Es llevado a Cesarea para evitar la rebelión de los judíos que conspiran contra él.
- Año 60: Viaje a Roma como prisionero. Naufragio en Malta. Lucas acompaña a Pablo.
- Años 61 - 63: Cautividad en Roma (Hech 28 - 30). Lucas está con él (entretanto muere Santiago el menor [año 62]).
Muerte de san Pablo:
Los Hechos de los Apóstoles terminan el relato de forma brusca, tras la llegada de san Pablo a Roma, en el tiempo en el que san Lucas, su autor, estuvo con él. Lo que ocurrió después no se conoce mas que por algunas tradiciones más o menos fundadas. Se sabe, por la epístola a los romanos, que quería visitar Hispania (Rom., 15, 24 - 28). No se sabe con certeza si lo llegó a cumplir, pero tampoco hay pruebas de que cambiara su decisión, y por otra parte existe la creencia en Tarragona de su paso por la provincia romana de la que fue Tarraco su capital. Según la tradición, san Pablo y santa Tecla fundaron en esta ciudad, la primera Iglesia cristiana de la península.
En todo caso, después de juzgado en Roma quedó en libertad, lo que le permitió continuar sus viajes apostólicos; pero es imposible obtener un relato completo, salvo algunas citas dispersas de las Epístolas. Sabemos con certeza que, volviendo a Roma, fue nuevamente apresado. Su segunda Epístola a Timoteo, da a entender que está en grave peligro aunque mantiene su confianza en el Señor: "... Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día ..." (II Timoteo 1, 12)
Después de dos años encadenado, sufrió martirio en Roma durante la persecución de Nerón y, probablemente, al mismo tiempo que el Apóstol Pedro, que ya era entonces obispo de la Iglesia de Roma. San Pablo, por ser ciudadano romano, no fue crucificado sino degollado. Según una antigua tradición, su martirio fue cerca de la Vía Ostiense, en la piazza de Tre Fontane. Fue enterrado, como es sabido, en el lugar donde se alza hoy la majestuosa Basílica de San Pablo Extramuros.
San Pablo, "el Apóstol":
Esta es, muy resumida, la vida apóstólica de san Pablo que por los escritos del Nuevo Testamento nos es dado conocer. Es evidente que, aunque sólo sea por lo que conocemos, el santo de Tarso puede ser llamado "Apóstol" por antonomasia con pleno derecho. Su presencia en la naciente Iglesia fue absolutamente providencial para la expansión del cristianismo por el mundo griego y romano, y no lo fue menos en ocasiones tan ecuménicas como el Concilio de Jerusalén, por ejemplo. No sorprende, por lo tanto, que la Iglesia le venere emparejado con el propio san Pedro. Esto es particularmente visible en la Basílica de san Pablo extramuros, edificada sobre el lugar donde fue sepultado, cuya puerta central aparece flanqueada por ambas figuras. Estas monumentales esculturas custodian la entrada del santo lugar en el que, durante este año y hasta Junio del año próximo, se celebra el Jubileo Paulino
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Los hijos de Ismael, un gran pueblo
"Su mano contra todos, y la mano de todos contra él"
El capítulo 16 y siguientes del Génesis describen con cierto detalle la historia de los dos hijos de Abraham. La vida de este Patriarca y su descendencia, es fundamental para conocer el origen del que será el pueblo escogido de Dios, del que nacerá el Mesías, pero también señala como fruto de su descendencia el origen de las tribus nómadas de Arabia, cuna de lo que definimos genéricamente como el mundo árabe.
Como es sabido, Abraham al no tener descendencia de su mujer Sara, siguiendo una costumbre de su origen mesopotámico, tomó una esclava egipcia que su mujer le entregó, y de ella nació un primogénito que se llamó Ismael. La historia es larga, y no podemos transcribirla, pero resumiendo podemos decir que, habiendo tenido finalmente descendencia de Sara, su segundo hijo Isaac se convirtió en heredero. Así se cumplió la promesa que Dios le hizo, al proponerle la alianza con su descendencia:
"... he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en muchos pueblos, y reyes saldrán de tí ... (Gen 17, 4 - 6) ... tu mujer dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Isaac. Yo estableceré mi alianza con él, una alianza eterna, de ser el Dios suyo y el de su posteridad ..." (Gen 17, 19)
El Génesis describe cómo, por dos veces, la esclava llamada Agar huye de Sara, por el natural enfrentamiento entre criada y señora. La primogenitura será el motivo de la disputa, y en ambos casos Agar es reconfortada por un ángel. Dios le hace promesas sobra la descendencia de su hijo, y así se lo da a conocer también a Abraham:
"... En cuanto a Ismael, también te he escuchado: He aquí que le bendigo, le hago fecundo y le haré crecer sobremanera. Doce príncipes engendrará, y haré de él un gran pueblo. Pero mi alianza la estableceré con Isaac, el que Sara te dará a luz el año que viene por este tiempo ..."
Dios promete a Ismael que será el Patriarca de un gran pueblo, el árabe. Pero el Islam, no existe aún, ni existirá hasta pasados seis siglos después del advenimiento de Cristo. Así pues el heredero de Ismael es directamente el pueblo árabe, formado, al principio, por tribus nómadas dedicadas al pastoreo.
Observemos pues, que en principio, nada tiene que ver el Islam con el relato bíblico. En el Génesis se habla de Patriarcas y de pueblos, en tanto que la narración se ciñe a la genealogía de la que habrá de ser la ascendencia del Mesías. Pero si se mira con la perspectiva de la teología de la historia se pueden extraer algunas conclusiones muy ilustrativas ya que serán precisamente los descendientes de Ismael los que, aglutinados por la religión y las leyes islámicas, llegarán a ser un pueblo temible.
Las promesas que Dios le hace a Agar, sobre la descendencia de Ismael, no muestran solamente que va a ser un gran pueblo sino que añaden sorprendentemente: “Su mano contra todos, y la mano de todos contra él; y enfrente de todos sus hermanos plantará su tienda” (Gen 16, 12). Parece que esto fue así siempre, y ya desde el principio hubo enemistad y enfrentamientos entre las tribus nómadas de Arabia, con los descendientes de Isaac y Jacob. Pero debemos observar cómo esto pasa a ser más verdadero aún, si cabe, casi tres mil años más tarde, a partir del Islam. Visto desde la teología de la Historia, el Islam, considerado como descendiente de Ismael es para la Cristiandad, el occidente cristiano, lo que tradicionalmente se ha considerado “el azote de Dios"
Conviene saber que también los musulmanes se consideran descendientes de Ismael, pero alteran la narración en el sentido de considerar a Agar la verdadera esposa de Abraham, e Ismael su hijo favorito. Además, afirman que fue a Ismael, y no a Isaac, a quien Abraham ofreció en sacrificio; ellos trasladan el escenario de la frustrada inmolación del monte Moriá, en Palestina, al monte Arafat, cerca de La Meca (hoy Arabia Saudí). Suponen por tanto que la primogenitura recayó en Ismael en lugar de Isaac, y así lo explican en sus escritos históricos.
La expansión del
Islam, ya desde el siglo sexto fue fulminante, sus conquistas arrasaron todas
las regiones vecinas de Arabia. A principios del siglo VIII, el islam dominaba
una amplia área que se extendía desde las regiones periféricas de China y la
India, por el este, hasta el norte de África y casi toda la península Ibérica,
por el oeste. En España, como sabemos, derrotaron al reino visigótico
establecido, conquistaron los reinos que formaban la península, y tardaron ocho
siglos en ser finalmente expulsados, tras sangrienta lucha.
Esta rapidez de la difusión de la religión musulmana, suele atribuirse al
uso de la fuerza militar, aunque ya veremos que esta explicación no es
totalmente satisfactoria. Mahoma atrajo en primer lugar a los pueblos árabes,
por la firmeza de su carácter, y al hecho de vincular la salvación eterna a la
muerte en la batalla, por la expansión del Islam. También resultaba atractiva
para los combatientes, la promesa de los bienes materiales obtenidos como botín
de guerra. Los ataques aislados de las primeras etapas de esta expansión no
tardaron en convertirse en auténticas guerras a gran escala, en las que imperios
y naciones se rendían al poder de este nuevo fenómeno religioso, militar y
político.
Las palabras proféticas sobre los descendientes de Ismael, que el Génesis atribuye a Dios mismo, costarían mucho de interpretar si sólo se analizan desde la perspectiva del Antiguo Testamento. Pero la expansión del Islam, que con gran fuerza llega hasta nuestros días, convirtiéndose nuevamente en la mayor amenaza de occidente (ya lo fue en 1571, y tuvo que ser atajada en Lepanto), vuelve a ser para la Cristiandad, hoy apóstata, aquel "azote de Dios" que ya hemos mencionado.
Así pues, la expansión del Islam tiene algo de misterioso. Cierto que se atribuye a la “guerra santa”, a la fuerza militar ya mencionada, y además se suele añadir que su doctrina moral es muy asumible (por fácil y sensual), pero ello solo no basta para explicarlo. Observando las circunstancias humanas y sociológicas de los creyentes musulmanes, puede comprobarse que, aún siendo bastante laxa la doctrina moral, especialmente para los varones, en cambio las prácticas religiosas resultan a veces de una dureza notable. Y son asumidas con mucha fuerza por estos creyentes. La expansión del Islam es humanamente poco explicable, a no ser que admitamos la existencia de una providencia permisiva, que Dios ha ejercido desde la promesa a Ismael. Esta visión, sólo puede proporcionarla la que llamamos teología de la historia.
Esta expansión islámica, no pude ser considerada objetivamente como un bien. Durante siglos absorbió y destruyó gran parte de las culturas procedentes de los antiguos imperios de oriente, y así ocurrió con los persas, egipcios, hindúes y muchos pueblos de Oceanía. También ha disputado sistemáticamente los territorios de Palestina a judíos y cristianos, como es sabido. Para el occidente cristiano esto debiera ser una advertencia, pero occidente ha apostatado de sus orígenes. El Islam es consciente de ello, y por esto redobla su presión; así los occidentales son tratados por los musulmanes como infieles, y no por su falta de creencias, sino como herederos de la Cristiandad.
Los musulmanes, no sólo combaten a su manera la impiedad y la idolatría, sino que además niegan, entre otras cosas, la doctrina trinitaria, a la que consideran blasfema. De esta negación hacen un "cassus belli" en nombre del monoteísmo. Y ahí se produce la gran paradoja: La Cristiandad apóstata es combatida por los musulmanes, en nombre de Dios.
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La lectura contemplativa de las Sagradas Escrituras
Como saben nuestros visitantes, ésta es la vocación principal de nuestra Web. La Iglesia hoy, recomienda la lectura habitual de la Biblia, muy especialmente el Nuevo Testamento, pero también el Antiguo. Se ha dicho en ambientes modernistas que esto constituye una novedad, ya que hace no mucho tiempo la Biblia "estaba prohibida"; pero esto es falso, o cuando menos muy tendenciosamente inexacto. La Iglesia no prohibía leer las Sagradas Escrituras, sino que al recomendarla, instaba a pedir permiso al confesor. Entonces la mayoría de fieles tenían confesor fijo, y muchos también, director espiritual. Era natural que se requiriera este permiso, especialmente en lo que se refiere al Antiguo Testamento, porque la narración puede desorientar, o incluso escandalizar, a quien no tenga una visión global de lo que llamamos la "Historia de la Redención" que culmina en el Nuevo Testamento.
La actual recomendación de la Iglesia a la lectura de las Sagradas Escrituras, procede especialmente del Concilio Vaticano II. En la Constitución Dogmática “Dei Verbum” sobre la Divina Revelación, los Padres Conciliares redactaron lo siguiente: "... Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina."
"De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan el sublime conocimiento de Jesucristo, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo. Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas ..."
Pero para ello, a nuestro lectores, si no están habituados a la lectura bíblica, les queremos recomendar que se centren sobre todo en los Evangelios hasta conocer lo mejor posible la vida de Jesús, sus milagros y curaciones, sus enseñanzas y, sobre todo su Pasión y Resurrección. De hecho, esto es lo fundamental de toda la Escritura. En efecto, para los cristianos, especialmente los católicos, el Antiguo Testamento no es sino la historia de la Redención que culmina con Cristo nuestro Señor. Esta orientación es evidente: los Evangelios y también los demás escritos neotestamentarios, además de narrar hechos o desarrollar las enseñanzas de Jesucristo, proporcionan una gran cantidad de aquellas citas bíblicas, cuya consumación vino a dar cumplimiento la llegada del verdadero Mesías, esperado largamente por los judíos.
Hoy se recomienda la lectura de toda la Biblia, pero sobre todo, utilizando una edición fiable y, desde luego, aprobada por la autoridad eclesiástica. En efecto las notas interpretativas a veces no tienen aquel "sentir con la Iglesia" que san Ignacio recomendaba y, en este sentido, a veces hay ediciones en las que puede llegar a ser recomendable no leer dichas notas, porque pueden inducir a error. Pero hay que evitar también la desviación protestante, es decir, lectura directa e interpretación libre, según las mociones del Espíritu. Por esto nos hemos permitido iniciar nuestra página Introducción a la lectura de la Biblia, con un comentario destinado a guiar esta lectura que preconizamos. Este comentario, basado en la doctrina exegética de los Santos Padres, ha sido elaborado honestamente con este "sentir con la Iglesia" que hemos mencionado.
Puede acceder a este comentario haciendo "clic" en este vínculo: "La lectura de la Biblia"
Nosotros promovemos una lectura, básicamente contemplativa. Es decir, no pretendemos analizar teológicamente los textos bíblicos, lo que estaría fuera de nuestra competencia, ni queremos complicar a nuestros visitantes con interpretaciones, que como se verá, generalmente son innecesarias en este tipo de lectura que preconizamos. No nos cansaremos de repetirlo, creemos con la Iglesia en la tutela providencial de Dios en todas las Sagradas Escrituras, tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento; por esto decimos que la Biblia no puede equivocarse.
La inerrancia de las Sagradas Escrituras consiste en que el autor ha escrito exactamente lo que Dios ha querido, pero conviene advertir, en el caso del Antiguo Testamento, que esto no valora el grado de historicidad, la exactitud de las circunstancias, o el valor moral de los hechos. Dios quiere que lo aceptemos y lo creamos, con humildad, tal cual está, y sólo entonces la verdad esencial que contiene se nos mostrará con claridad. En esto se basa, fundamentalmente, la doctrina de los Santos Padres que la Iglesia avala.
El relato evangélico y el sentido de la realidad.
La narración que nos muestran los evangelios tiene unas características muy distintas de los relatos bíblicos del Antiguo Testamento. Salta a la vista su absoluta verosimilitud. Esto es así, porque lo principal que encierra dicha narración es precisamente la acción del Verbo, que se encarna en María Virgen y da su vida por la Redención de los hombres. Esto son hechos, que se sitúan en la Historia y que son dados a conocer a todo el mundo, principalmente por los textos evangélicos.
Pero el relato evangélico tiene además una característica que lo convierte en un caso único, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, y es el que esté contenido en cuatro narraciones distintas, de autores también distintos, y que siguen una cronología aproximadamente paralela, pero frecuentemente también complementaria. Es decir, la Iglesia ha colocado en el Nuevo Testamento cuatro narraciones de la vida de Jesús, con el mismo valor canónico. Esto no ocurre, por ejemplo, en el caso de los Hechos de los Apóstoles, que también es un relato histórico.
Para quien quiera un breve comentario valorativo, sobre los cuatro evangelistas, nos remitimos a nuestra página Libros publicados. Éntrese en el texto de los dos capítulos introductorios en los que se desarrolla todo esto. Hoy, por desgracia, muchos comentaristas ponen en duda la complementariedad de la que hablamos, y no falta quien niegue incluso el valor histórico de los evangelios, y muy especialmente el de san Juan. Por esto recomendamos la lectura de estos dos capítulos.
Nosotros hemos realizado una concordancia de los cuatro evangelios, que no difiere básicamente de otras existentes, pero que intenta perfeccionar y avanzar en el carácter complementario de los evangelios entre si. Se ha publicado en el libro "VIDA DE JESUS, evangelios concordados" cuya lectura se recomienda en esta Web. El texto de la concordancia evangélica, aunque sin los comentarios adicionales, puede ser examinado, como saben nuestros visitantes, en la página correspondiente en esta Web. Pues bien, si se lee el texto completo, se puede observar que el resultado es una vida de Jesús perfectamente cronológica y con una riqueza de detalles de lugar y tiempo que facilitan extraordinariamente esta lectura contemplativa en la que tanto hemos insistido.
Visto con sentido sobrenatural, y aceptando la tutela providencial de nuestro Señor sobre la Iglesia y sobre las mismas Escrituras, podemos pensar sin temor a equivocarnos, que ésta fue sin duda la misión de estos cuatro relatos que figuran en el canon del Nuevo Testamento.
Para entender esto, hay que tener en cuenta que también la forma de narrar de los evangelistas es algo restrictiva. En la época parece que las crónicas escritas no se hacían con un rigor cronológico absoluto, ya que además se tendía a unificar los hechos repetidos. Es posible que esto fuera debido a la necesidad de simplificación propia de la transmisión oral. Se nota por ejemplo en casos como la Multiplicación de los Panes, la expulsión de los mercaderes, y otros muchos: Hay Evangelistas que narran un hecho una vez, aún habiendo dos distintos. Por esto al cotejar y compendiar las cuatro narraciones, el resultado necesariamente se ha de acercar más a la narración cronológica completa. En nuestra opinión, también esto es una acción providencial de nuestro Señor.
Y es así como queremos proponer la contemplación del relato evangélico: facilitar aquella composición de lugar que San Ignacio proponía en los Ejercicios. En artículos sucesivos seguiremos comentando diversos pasajes de los Evangelios Concordados que utilizamos como referencia, pero en éste hemos querido poner de relieve la importancia de la narración histórica. Esta es especialmente la que vamos a contemplar
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¿Está cerca "la gran tribulación"?
Bajo el título de "gran tribulación" entendemos los cristianos una persecución generalizada que la Iglesia de Cristo habrá de sufrir en los últimos tiempos, antes de la manifestación del Reino de Cristo. Esta expresión se encuentra en el Apocalipsis, con motivo de esta visión profética:
"... Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabes.» Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos ..." (Ap 7, 13 - 15)
En efecto, el texto habla de una gran multitud que ha sufrido persecución y martirio. Ya hemos mencionado estos versículos con ocasión de la beatificación de los Mártires españoles del siglo XX. Y ciertamente este siglo se ha caracterizado por las más terribles y sangrientas persecuciones, tan sólo comparables (y probablemente mayores) que las cruentas matanzas de los antiguos emperadores romanos sobre los seguidores de Cristo. No olvidemos tampoco la persecución nazi a los judíos, y las de la Unión Soviética a todos los creyentes, todas ellas motivadas por el odio a Dios ¿Ha sido el siglo XX el de la "gran tribulación"?¿Habrá otra mayor?
No es el Apocalipsis el único texto del Nuevo testamento que refiere esta persecución de los últimos tiempos, los evangelios sinópticos refieren un discurso del Señor en que con motivo de la predicción sobre la destrucción de Jerusalén, añade un paralelismo hacia este fin de los tiempos, cuando Cristo ha de volver en Gloria y Majestad. En la redacción de los evangelios concordados, que pueden encontrar en esta Web, el texto refundido es el siguiente:
"... 3 Estaba El sentado en el monte de los Olivos y los discípulos se le acercaron y le preguntaron en secreto, [(Lc 21) Pedro, Juan, Santiago y Andrés]: Dinos cuándo serán estas cosas, y cuál será la señal de tu venida y del fin de los tiempos.
4 Jesús les respondió: Estad atentos para que nadie os engañe.
5 Porque vendrán muchos en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo; y seducirán a muchos.
6 Oiréis hablar de guerras y de rumores de guerras. Estad atentos; no os alarméis! Porque es necesario que venga esto; pero no es todavía el fin.
7 Se levantará un pueblo contra otro, un reino contra otro. Habrá hambre, peste y terremotos en varios lugares [(Lc 21) fenómenos pavorosos y señales extraordinarias en el cielo]
8 Pero todo esto no será más que el comienzo de los dolores. [(Mc 13) Os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas, y por causa mía tendréis que comparecer ante gobernadores y reyes para declarar ante ellos. Pero antes deberá ser anunciado el Evangelio a todos los pueblos. Y cuando os lleven para entregaros, no empecéis ya a inquietaros por lo que tendréis que decir; pues no sois vosotros los que habláis sino el Espíritu Santo, [(Lc 21) pues Yo os daré tales palabras y argumentos que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios.]
9 Entonces os entregarán a los tormentos y a la muerte. Seréis odiados por todo el mundo a causa de mi Nombre.
10 Y entonces muchos sucumbirán en la fe, se denunciarán unos a otros y se odiarán mutuamente [(Mc 13) Y entregará a la muerte un hermano a otro, el padre al hijo, y se sublevarán los hijos contra los padres, dándoles muerte]
11 Surgirán muchos falsos profetas y seducirán a muchos.
12 Y al abundar la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos.
13 Pero el que persevere hasta el fin, se salvará.
14 Esta buena nueva del Reino será predicada en todo el mundo, como prueba de la verdad para todas las gentes. Entonces vendrá el fin ..." [Mt 24, 1-14 (Mc 13, 1-3; Lc 21, 5-19)]
Este fragmento del llamado Discurso Escatológico, si se analiza con detenimiento, a pesar de la crudeza de lo que se anuncia, presenta una situación que nos es bastante familiar. No queremos decir con esto que creamos en la inminencia de estos tiempos de consumación, pero cierto es que cada vez se cumple con mayor claridad lo que Cristo anunciaba en el Monte de los Olivos; aunque El mismo dijera a continuación: "... En cuanto a aquel día y a la hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Por eso vosotros tenéis que estar preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos penséis ..." (Mt 24, 36 - 44).
Y es que nuestro Señor, que no quiso que supiéramos cuándo iba a volver, sí ha querido que viéramos en el comportamiento de los hombres, un anuncio de su acercamiento. Dios ha querido que podamos intuirlo mediante los signos de los tiempos, el principal de ellos la apostasía de las naciones. Esto es tan así, que ante la maldad humana y la amenaza de perversión de nuestros hijos, los cristianos clamamos: "Hasta cuándo Señor!"
El Catecismo de la Iglesia Católica resume muy bien esta tribulación que antecede a la venida del Señor en Gloria y Majestad. No es que desarrolle nada nuevo, pero es una síntesis completa y fácil de comprender, de estos tiempos proféticos que esperamos.
La última prueba de la Iglesia
675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta "falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).
677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).
Sólo añadiremos, a modo de epílogo, la vehemente frase con la que san Juan concluye el Apocalipsis: "Ven Señor Jesús"
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El Reino de Cristo y las Sagradas Escrituras
El título de nuestra Web, "Christus Regnat", muestra nuestro deseo y nuestra esperanza. Creemos que Jesucristo es Rey y esperamos su venida en gloria y majestad. Pero, como es sabido, en estas páginas nuestra principal dedicación se centra en la orientación bíblica, especialmente de los Evangelios y la narración de la vida de Cristo ¿Tiene esto relación con la esperanza del Reino? Pues sí ciertamente: esperamos este reino por las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Jesús anunciaba la Buena Nueva, y prometía el Reino. Pero esta promesa no se ciñe solamente a los textos evangélicos, también los escritos proféticos del Antiguo testamento nos muestran al Mesías como Rey, y la Iglesia, en la liturgia de Adviento, contempla que después de su venida en humildad, para salvarnos del pecado, ha de volver con gran poder y gloria para reinar sobre pueblos y naciones.
Por esta razón, en nuestros comentarios sobre las Sagradas Escrituras, veremos cómo la Biblia es una obra unitaria, es "una" en su totalidad, el Antiguo como el Nuevo Testamento, y ya en las profecías sobre el Mesías es anunciada con viva insistencia este Reino que Cristo promete y que ha de venir en la "consumación de los siglos" (Mt 24, 3)
Veamos para comenzar, lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto, y que también se fundamenta en las Sagradas Escrituras:
... esperando que todo le sea sometido
Con esta frase titula el Catecismo el punto 671, dentro del Artículo 7: "Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos". Veamos dos puntos representativos de este texto:
"671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado «con gran poder y gloria» (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y «mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios» (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: «Ven, Señor Jesús» (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20)."
"680 Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal"
Cristo ha de reinar, incluso a pesar de sus enemigos, pero en el Catecismo resulta evidente que este reinado, que ha de ser sobre todos los pueblos, no está todavía vigente. Este anunciado "asalto de las fuerzas del mal" aparece hoy como algo cada vez más evidente, y esto, lejos de amedrentarnos debiera alimentar nuestra esperanza: "Ven, Señor Jesús".
Algunos quieren interpretar este reinado de una forma espiritual, e incluso simbólica. Cristo reinaría en el interior de nuestros corazones, aunque ello no tuviera repercusión pública, en la ordenación de la sociedad. Esto se oye mucho en nuestros tiempos de apostasía pública, y no sólo entre los enemigos de la Iglesia. Es un error que, ciertamente, no es nuevo; ya a principios del siglo III, Orígenes desarrolló esta restrictiva interpretación, entre otras que le llevaron al borde de la herejía. Pero las Sagradas Escrituras no lo dicen así. La Biblia repetidamente habla de un reinado histórico. El vendrá a reinar, no sabemos cuándo, e incluso se puede decir que tampoco sabemos cómo, pero reinará, y su poder estará por encima de todos los poderes de la tierra, por propio derecho.
El Mesías Rey
De este Derecho de Dios, ya el Antiguo Testamento da fe de ello en multitud de pasajes. Desde que las profecías anuncian el reino del Mesías, Dios aparece siempre como Soberano de todos los reyes. En los Salmos es muy frecuente esta proclamación, y se observa continuamente, pero si hay uno en el que esto se ve con gran claridad, es en el Salmo nº 2, muy conocido. Las características de este poder de Dios sobre los reyes de la tierra queda reflejado de una forma muy gráfica.
1. ¿Por qué se embravecen las naciones, y los pueblos meditan vanos proyectos?.
2. Se han coaligado los reyes de la tierra contra el Señor, y contra su Mesías.
3. Rompamos sus ataduras, y sacudamos su yugo
4. Pero el que habita en los cielos se ríe de ellos, se burla de ellos el Señor
5. Entonces les hablará con ira y los llenará de turbación con su furor
6. Yo he sido constituido Rey en Sión, su monte santo, para predicar sus preceptos.
7. Me dijo el Señor: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
8. Pídemelo, y te daré en herencia las naciones, y extenderé tu dominio hasta los confines de la tierra.
9. Los regirás con cetro de hierro y los quebrarás como vasijas de barro
10. Y ahora reyes obrad con inteligencia: Sed sensatos los que regís la tierra.
11. Servid al Señor con temor, regocijaos en El.
12. Acoged sus enseñanzas, no sea que se irrite el Señor, y perezcáis por la justicia.
13. Cuando en breve se inflame su ira. Bienaventurados los que confían en El.
Es un texto muy duro, que a algunos les escandaliza, pero no hay más que observar la evolución del actual poder político, para comprender lo certero de la frase "Se han coaligado los reyes de la tierra contra el Señor, y contra su Cristo. Rompamos sus ataduras, y sacudamos su yugo". La "ira" del Señor hay que entenderla, porque Dios, además de Misericordioso, es también infinitamente justo. Observemos, no obstante, cómo después de la tremenda dureza del texto, acaba el Salmo con esta sentencia: "Bienaventurados los que confían en El."
Veamos ahora unos fragmentos del profeta Isaías, el profeta del Mesías, al que igualmente denomina Rey. Este poder, claro está, es patrimonio de Dios mismo, el Dios que en el Antiguo Testamento se denomina a sí mismo "Yo Soy". Pero el pueblo hebreo no conocía aún al que iba a ser su Mesías, y que recibiría todo el poder de Dios. Los profetas denominaban al Mesías como Rey, pero no lo conocían claramente como Hijo de Dios. Y no porque esta filiación divina del Mesías no estuviera implícita en tales profecías (léanse de nuevo los versículos 2 y 7 del anterior Salmo nº 2), sino porque, como suele ocurrir en los textos proféticos, el velo que los oculta parcialmente, por voluntad de Dios, no se descubre hasta su pleno cumplimiento.
Pero Cristo, el Mesías, había de ser Rey. Esto sí que aparece en todos los textos con claridad. Vemos tres breves ejemplos, entre otros muchos, del libro de Isaías:
"Pues el Señor es nuestro Juez, el Señor nuestro legislador, el Señor nuestro Rey: El es el que nos ha de salvar" (Is. 33- 22)
"Yo, el Señor, el santo vuestro, el Criador de Israel, el Rey vuestro (Is. 43 - 15)
"Esto es lo que dice el Señor, Rey de Israel, y su Redentor el Señor de los ejércitos: Yo soy el primero y Yo el último, y fuera de Mí no hay otro Dios" (Is. 44 - 6)
Todo Israel esperaba un Mesías, Rey y Salvador de su pueblo, que entre otras acciones, les habría de librar de la opresión de los imperios paganos que lo habían sojuzgado, y frecuentemente contaminado de idolatría y de malas costumbres. Y esta esperanza estaba ciertamente viva en tiempo de Jesús, aunque hubieran olvidado su filiación divina. Pero, ciertamente esperaban un Mesías Rey, y tanto es así, que precisamente por esta esperanza de su realeza que los judíos mantenían, Herodes el Grande persigue a Jesús niño, intentando matarle.
Jesucristo Rey de reyes
Los judíos esperaban un rey humano, y por esto no reconocen a Jesucristo. Las mismas revueltas de los Zelotes, que fueron causa de grandes desgracias para el pueblo judío, eran un ejemplo de este mesianismo humano, que no reconoce a Dios. Hoy el mundo tampoco quiere reconocerlo, haciéndonos recordar el texto de la parábola de las diez minas: "... no queremos que éste reine sobre nosotros ..." (Lc 19, 14)
Cristo es Rey, por derecho de su propia Redención. Y no olvidemos que ésta no se ciñe solamente a su pueblo "las ovejas descarriadas de Israel" sino que, como sabemos, tiene carácter universal: "Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el reino de Dios." (Lc 13, 29).
En nuestros días, cuando los denominados católicos liberales, quieren defender aquella opinión relativista de Orígenes que ya hemos explicado, suelen apoyarse en un texto evangélico generalmente mal traducido, que por otra parte es, en realidad, uno de los más claros argumentos en favor de la realeza de Cristo, porque está afirmada por El mismo. Nos referimos a la conocida frase ante Pilato "mi reino no es de este mundo". Vamos a examinar la traducción de la Vulgata, aunque hay que decir para los que conocen la lengua griega (la del evangelio de san Juan), que la sintaxis es la misma.
En el interrogatorio que Pilato hace a Jesús, le pregunta sobre su realeza. La respuesta de Jesús es para ser analizada: "... regnun meum non est de hoc mundo, si ex hoc mundo esse ...". Se suele traducir mal porque se escribe: "mi reino no es de este mundo" es decir: "no soy rey de este mundo", y esto no es así. La partícula "ex" indica en este caso una circunstancia de procedencia, mientras que por su parte "hoc" indica que no se trata de un genitivo. Por esto la traducción correcta al castellano debiera ser: "... Mi Reino no es del mundo éste. Si mi Reino fuera como este mundo, mis ministros hubieran evitado que fuera entregado a los judíos ...", es decir, un reino "a la manera de los de este mundo". Jesús no sólo no niega que es Rey, sino que además, a la pregunta de Pilato: "¿luego Tú eres rey?", responde inequívocamente: "... Tú lo dices. Yo Soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo ..." (Jn 18, 37)
Y por esto, por un claro designio de la providencia, acaso como burla de los que le habían entregado a Cristo, Pilato acaba colocando el conocido rótulo de la Cruz: "Jesús Nazareno Rey de los judíos". Rey del pueblo judío, el pueblo al que Dios escogió, con su designio universal de Salvación, el pueblo que, asociado desde siempre a este Cristo, Rey de reyes, habrá de ser testigo glorioso de este reinado, cuando llegue aquel día sólo de Dios conocido.
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LA GRACIA EXTRAORDINARIA DEL MARTIRIO
LA BEATIFICACION DE LOS MARTIRES ESPAÑOLES
Los mártires del Siglo XX en España:
En una gran ceremonia celebrada en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el pasado 28 de Octubre, fueron beatificados 498 mártires españoles de la última gran persecución religiosa, a principios del siglo XX, incluyendo especialmente el período de la Guerra civil de 1936 a 1939. Pero no sólo este período dio mártires a la Iglesia; también desde la proclamación de la República hubo católicos, asesinados por odio a Dios. Algunos de ellos merecieron también, cumplidas las condiciones, la gloria de ser proclamados Beatos.
Por mezquinas razones políticas, esta persecución sistemática que se dio en aquel terrible período de la historia de España, ha sido silenciada, ocultada e incluso tergiversada por los medios de comunicación, y a veces también por católicos, que han creído sinceramente con ello, favorecer la reconciliación. Esto había retrasado muchos años estas beatificaciones, que se creyó podían abrir antiguas heridas, y así ha sido hasta hace pocos años. Fue la decidida actitud del papa Juan Pablo II la que, abandonando respetos humanos que sólo favorecen a los enemigos de Cristo, permitió que continuaran los procesos anteriormente iniciados, que ahora han culminado bajo el pontificado de BenedictoXVI.

Aspecto de la plaza de San Pedro durante la ceremonia del 28 de Octubre
Estos últimos mártires beatificados, cuyo número realmente sorprende, son el último y más numeroso grupo, pero ya hace años (desde 1987) más de 400 mártires ya habían alcanzado este reconocimiento ¿Pero cómo tantos fieles, asesinados por odio a Dios (condición que los acredita como mártires), alcanzan ser considerados modelos de santidad? Sólo la generalizada ignorancia, de la magnitud del genocidio anticristiano de aquel período, es la razón de la extrañeza que causa este número tan elevado. Veamos algunos datos cuantitativos:
Una persecución concienzuda:
Del millón de muertos que, aproximadamente, se produjeron en la guerra civil de 1936, tan solo la mitad lo fueron en los campos de batalla, el resto fue causado por asesinatos directos, más o menos masivos entre la población civil. No vamos a especificar cuántos son achacables a uno u otro de los bandos contendientes, pero aún suponiendo una cierta igualdad (no queremos polemizar) se trataría de una cifra alrededor de 250.000 personas asesinadas en cada uno; pues bien, aparte los asesinados por razones ideológicas y políticas; muchos de los asesinados en la llamada "zona roja" lo fueron por motivos religiosos (a veces sólo por haber ido a Misa, o ser conocidos como católicos). Es difícil conocer el número de civiles asesinados exclusivamente por esta causa, pero sí se conoce que la persecución religiosa asesinó a más 7000 sacerdotes y religiosos, sólo por el hecho de serlo ¡Y es una cifra realmente muy grande! Es decir, se trata de siete mil personas consagradas, que fueron asesinadas por odio a Dios. Este hecho, por sí solo ya permite que sean considerados "mártires", pero ello no sería suficiente para ser venerados como beatos.
¿Por qué son Beatos?:
Si cerca de mil personas han alcanzado ser modelos de santidad (sólo una pequeña proporción del número total de mártires) es porque la Iglesia ha considerado, tras un completo proceso, que cumplen las condiciones normalmente exigidas para ello. Y este proceso es muy riguroso. Veámoslo sucintamente.
1.- Deben haberse mantenido fieles en todo momento. Muchos de ellos fueron instados a conseguir su liberación mediante la apostasía, a veces tan sólo simbólica, pero pública.
2.- Se valora muy especialmente el hecho de que se tenga constancia de que han expresado perdón y compasión hacia sus verdugos.
3.- Es causa de especial consideración si se conoce con certeza que el mártir ha orado públicamente por la salvación de los que le dan muerte.
La Iglesia considera modelos de santidad a los fieles, cuya ejemplaridad de vida y piedad acreditada, constituye una garantía de su bienaventuranza eterna. Esto es lo que propiamente significa la beatificación (que más tarde puede convertirse en canonización), y que permite a los cristianos invocar su intercesión ante el Altísimo: se les puede dirigir oraciones.
Pero los que han recibido la palma del martirio, aunque se exige lógicamente santidad de vida, la Iglesia considera ciertamente que, los que dan voluntariamente su vida por Cristo, reciben la más plenaria de las indulgencias. Es decir, la certeza de su salvación se debe principalmente a que han participado de la Cruz de Cristo: por esto se dice que el martirio es una gracia de Dios.
¿Por qué el martirio es una Gracia?
A veces sorprende esta consideración, que estimula a las almas santas a desearlo (e incluso pedirlo en sus oraciones). En efecto, para que haya un mártir debe haber necesariamente un ejecutor injusto ¿es deseable que alguien cometa una mala acción para que una persona piadosa alcance la santidad?
Está claro que no es deseable. Lo que ocurre es que, al igual que Cristo nos redimió ofreciendo su vida aunque los ejecutores eran injustos y pecadores, así los cristianos, que son perseguidos por odio a Dios, alcanzan esta Gracia que les hace partícipes de la misma Cruz. Esto nos lleva a aquella conocida consideración que la voz popular define con la conocida expresión "Dios escribe derecho con líneas torcidas". Es decir, Cristo nos redime del pecado, siendo muerto por pecadores, que a su vez son también destinatarios de tal redención.
Por esto no es raro conocer casos de conversión de gentes que colaboraron en el martirio de estas almas santas, que a su vez se ofrecieron y oraron por ellas. En los procesos examinados de estos casi quinientos mártires beatificados, hay constancia de varios de estos casos. Recordemos que en la liturgia de la Vigilia Pascual, en Semana Santa, se llega a decir esta frase que casi parece escandalosa: "Feliz culpa que mereció tal Redentor ..."; la culpa que Cristo redime a quien, reconociéndose pecador, se acerca a El. Pero no olvidemos tampoco, que al que rechaza la Misericordia de Dios también se le pueden recordar las palabras de Jesús referidas a Judas: "... Ay de aquel hombre, por quien el Hijo del hombre será entregado!; mejor fuera a tal hombre si no hubiera nacido ..." (Mt 26, 24). Y esto debiera hacer reflexionar a los que persisten en fomentar el odio anticristiano, que de nuevo se cierne sobra la Iglesia, sus ministros y sus fieles.
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LA ADORACION EUCARISTICA
La Eucaristía instituida por Jesucristo en la Santa Cena, tras las palabras "haced esto en memoria mía", se perpetúa en la Iglesia Católica en la consagración de su Cuerpo y de su Sangre, cada vez que el sacerdote da cumplimiento al sacrificio de la Santa Misa. Y en esto consiste especialmente el Sacramento, la realización incruenta del Sacrificio de la Cruz en el acto de la Consagración, al que arropa y completa toda la liturgia de la celebración eucarística.
Cristo quiso dejarnos una forma real de su presencia entre nosotros, y convertido en alimento de cuerpo y alma, viene a fortalecer nuestra fe y acompañarnos en nuestras pequeñas cruces cotidianas. Claro que como Dios está siempre en todas partes, pero cuando Jesús tomó un cuerpo como el nuestro y se hizo hombre, vino a redimirnos del pecado y al mismo tiempo a "estar" con nosotros. Por esto la Eucaristía consiste en la conversión del pan y el vino, en la Carne y la Sangre de nuestro Redentor. Es decir, su Cuerpo real y verdadero, que se deja comer para nuestro alimento.
Pero además del Sacrificio de la Misa, Jesús se nos ofrece en el Sacramento para ser adorado en silencio en el sagrario o expuesto en la Custodia, en los actos eucarísticos.

“Señor! ¿A quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68)

Cristo Sacramentado, y expuesto para la Adoración, este es el fin de esta donación de Jesús, que permanece entre nosotros como en los tiempos de su vida pública. Se nos da en Alimento en la Santa Misa, pero también podemos acompañarle en la soledad del Santuario.