ARTICULO EDITORIAL:

Los ataques actuales contra el matrimonio y la familia

Mercedes  Palet  Fritschi

«¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia».

Juan Pablo II - Familiaris consortio, núm. 86

      Las estadísticas epidemiológicas demuestran que en Europa la prevalencia anual de trastornos psíquicos, es decir, la parte de la población que por lo menos una vez al año sufre alguna dolencia psíquica, asciende al 2 5%; en algunos países europeos esta proporción llega al 32 % de la población mayor de 18 años.1 Según los estudios más actuales, un 27 % de la población adulta en la Unión Europea sufrió en los últimos doce meses una afección psíquica. Ello supone que en el último año (2010) ochenta millones de adultos sufrieron una enfermedad psíquica.2 El reparto de las enfermedades muestra que el 12 % de la prevalencia anual de enfermedades psíquicas corresponde a los transtornos de angustia y el 8 % a los trastornos afectivos. Los trastornos de dolor alcanzan el 6 %, las drogodependencias el 3 % y las psicosis el 1 %.3 Atendiendo tanto a los datos estadísticos como a la experiencia cotidiana en el ámbito de la psicología hay algunos trastornos que aparecen como más característicos y propios de nuestro tiempo: la ansiedad, la depresión, las conductas agresivas, los trastornos de la identidad y de la conducta sexual y un gran y diverso número de trastornos de la personalidad.4 La práctica cotidiana de la psicología y los estudios epidemiológicos ponen, pues, de manifiesto un aumento sin precedentes del malestar psíquico que afecta a los hombres y mujeres de nuestros días.3

 

Nuestros niños y jóvenes se «divierten» intoxicándose y pervirtiéndose, llenando de inseguridad y violencia las calles de ciudades y pueblos. El número y la variación de abusos (físicos y psíquicos) a la infancia aumenta sin cesar. El aumento vertiginoso de las tasas de divorcio y de separación conyugal junto con el incremento de las llamadas «familias monoparentales», por el acelerado ritmo laboral y social, deja a nuestros niños al amparo de «cuidadores» que no siempre son maestros ni educadores, sino máquinas de entretener.6

 

Uno de los síntomas más frecuentes en las consultas psicológicas es el de la pérdida de la realidad por la inmersión del individuo en un mundo virtual, ya sea electrónico, ya sea de «imágenes subjetivas» que poco o nada tiene que ver con la realidad de su vida concreta cotidiana y que, por lo mismo, le sumen en un mar de confusiones y hastíos. En las praxis de la psicología se constata el aumento de consultas de jóvenes, y también de adultos jóvenes, que han perdido la capacidad de reflexionar sobre sí mismos, la capacidad para emitir un juicio verdadero sobre sí mismos, sobre sus vidas y sobre las tareas y obligaciones a las que deberían atender.

 

Ya en niños y jóvenes se verifica el aumento de un sentimiento de vivir una vida «sin sentido», pero no tal como podría suceder en adultos maduros, sino más bien en el sentido de que no han aprendido a contemplar realidades que puedan llenar sus expectativas «infantiles». Es un sentimiento de falta de sentido, de «falta de futuro» derivado ante todo de la ausencia o de una mala presencia de los adultos educadores en la vida infantil. Se constata también el aumento de adultos, padres y maestros, que no son capaces de gobernar cabalmente sus propias vidas y que, sin embargo, deberían ser capaces de orientar las de sus hijos y alumnos. El adulto desorientado y confundido ya no es capaz de orientar y ordenar la vida de los niños y jóvenes que le han sido confiados. Esto conduce en la infancia y en la primera juventud a «la instauración temprana de disposiciones afectivas (premorales) de huida impulsiva a través de la inmersión en el momento presente (pues nadie puede vivir en. un perpetuo vacío interior), lo que mina las bases para la disposición que conducirá en el futuro a la templanza y , por lo tanto, a una vida dirigida por la razón, y que es capaz de sortear la atracción que para nuestra dimensión sensitiva suponen los estímulos del momento presente».1

 

La cultura actual propone unos estilos y modelos de vida anémicos8 en los que el «bien», todo aquello que en la vida de los hombres es «bueno, honrado y honesto» a la luz de la razón queda ridiculizado bajo una apariencia de «ignorancia y retraso». Atender y cuidar las tareas y obligaciones sencillas de la vida cotidiana, el trabajo honesto, la atención y dedicación sencilla a los hijos en el seno del hogar, el trato confiado con familiares y amigos en un ambiente familiar, el cuidado y la atención a los más débiles y enfermos, son modos de actuar que, propiamente, ya no tienen cabida en los modelos de vida proclamados por la cultura a través de los medios de comunicación y las campañas ideológicas. Los adultos, especialmente los padres y maestros, pero también quienes tienen responsabilidad en la vida pública y social, parecen incapaces de asumir su misión primordial: la función educativa por el ejemplo de vida.

 

«El rechazo a la influencia de los adultos lleva a un fundamental desconcierto [en los niños y jóvenes] sobre la propia identidad, así como a la búsqueda de apoyo y confirmación exterior de la propia valia, y la ruptura de las relaciones, a causa de la inconstancia y la desilusión, provoca episodios de profundo desconcierto, depresión o disociación, y a una cíclica caída en excesos encaminados a alejar el malestar por la satisfacción presente».9 En la práctica de la psicología son cada vez más frecuentes las «personalidades» desestructuradas, fragmentadas, vacías y débiles, incapaces de organizar y gobernar la propia vida; orientadas básicamente a vivir el momento presente, incapacitadas para una mirada trascendente sobre los propios actos.

 

Es especialmente triste constatar que, en la inmensa mayoría de estos casos, el psicólogo se encuentra ante personas que son «hijos e hijas» del divorcio, de la separación matrimonial y de la ruptura de las llamadas «uniones de hecho»; que son personas que durante toda su infancia y primera juventud han vivido bajo una ausencia continuada del padre en sus vidas, que son personas, las más jóvenes de entre ellas, que de una manera u otra «han sobrevivido» a las múltiples facetas de la actitud antinatalista y abortista de sus propios padres. Son jóvenes y adultos jóvenes que por el sufrimiento de estas circunstancias han quedado especialmente incapacitados para la docilidad, incapacitados para aprender a «saber dejarse decir las cosas».

 

Las generaciones contemporáneas de la cultura occidental podrían calificarse como la generación de «los hijos del divorcio», como una generación de hijos «desamparados» que por la ruptura del matrimonio de sus padres y por la ruptura de sus propios proyectos familiares ven frustrado su mismo desarrollo humano. Sin padres, los hijos se hallan en el más completo desamparo y, si la ausencia de los mismos no es por imprevisible fatalidad sino por una «voluntaria decisión» de uno de los cónyuges, o de ambos -lo que es peor para los hijos-, el desamparo psicológico es tal que los hijos carecen siempre de aquello a lo que, como seres humanos en desarrollo, tienen derecho: sentirse protegidos, acompañados, estimulados, aconsejados y teniendo siempre a los padres como referente en las distintas etapas de la vida.10

 

Pero las generaciones contemporáneas están también constituidas por hombres y mujeres que sufrieron las consecuencias de la progresiva diso­lución contemporánea de la familia.11

 

En el treinta aniversario de la Familiaris consortio12  la advertencia del Beato Juan Pablo II cobra urgente actualidad, pues parece que los «signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales» y de realidades vitales en las que se sostiene y conforma la familia, y más particularmente la familia cristiana, están más amenazados que nunca en la historia de los hombres. El Papa advertía ya entonces de algunos peligros y amenazas contra la familia: «una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional»; y a la lista de esos peligros añadía los problemas que la familia tiene que afrontar a causa de la pobreza, las guerras, la violencia y la injusticia social. Pero insistía también el beato Juan Pablo II en que «no raras veces al hombre y a la mujer de hoy, que están en búsqueda sincera y profunda de una respuesta a los problemas cotidianos y graves de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas y propuestas seductoras, pero que en diversa medida comprometen la verdad y la dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento sostenido con frecuencia por una potente y capilar organización de los medios de comunicación social que ponen sutilmente en peligro la libertad y la capacidad de juzgar con objetividad». Son peligros éstos que minan la vida concreta de la familia porque se introducen, pervirtiéndolos, en la forma de pensar y de juzgar de los hombres y mujeres de nuestros días sobre la vida familiar.13

 

Una mirada sobre la situación de la familia en nues­tros días descubre las consecuencias de aquel ataque que ya se preconizaba desde los inicios de la ideología marxista desde el cual lo que se pretendía era «la destrucción de la familia terrenal en la teoría y en la práctica».14 Los ataques a la familia son múltiples y muy variados y van todos muy especialmente dirigidos a lo que es el fundamento de la misma: el matrimonio indisoluble, la unión indisoluble de un hombre y una mujer en orden a la formación de una familia.15

 

El primero, el más fundamental y continuado de estos ataques es, sin duda alguna, el divorcio, que es, en sí mismo, «extraño y contrario al matrimonio»16. Pero, desgraciadamente, además del divorcio hay que contar con otros males que están atacando constantemente a la familia como fundamento mismo de la sociedad y de la cultura: el crimen del aborto, el escándalo de los abusos y maltratos a la infancia y, también, el descaro de la intromisión en la vida familiar que suponen ciertos medios de comunicación social (muy especialmente la intromisión intolerable, erotizante y preconizadora de agresión y violencia que suponen ciertos programas de televisión y, sobre todo, la incontrolable intromisión en la vida íntima de niños y jóvenes a través de las mal llamadas «redes sociales» en internet). No menos importantes y dañinos son otros ataques a la familia esta vez fruto y consecuencia de ideologías que socavan los mismos fines del matrimonio (la ayuda mutua y la procreación) de la mano de aquella inusitada mentalidad antinatalista que ve al hijo como «enemigo» y «estorbo» para la realización hedonista de la «pareja» o de aquella otra posición, la de la mentalidad tecnicista de reproducción que -de la mano de la mentalidad antinatalista- entiende al hijo como «producto» utilitarista de «sentimientos de autorrealización». Están todavía poco estudiadas las consecuencias psicológicas en los niños de estas últimas técnicas.17

 

A la lista de las agresiones contra la familia hay que añadir la cada día más frecuente ausencia del padre en la vida de los niños y jóvenes. Por esa ausencia de la persona y figura del padre varón, precisamente en las etapas más importantes del crecimiento, queda el niño abocado a un mundo de subjetivismo afectivo -promocionado a su vez por una ideología pedagógica de corte feminista-. Los problemas vinculados con la ausencia de la figura paterna (o con un padre que es un mal padre) suelen presentarse a nivel psicológico por mucho tiempo, y no necesariamente en forma aguda. Lo más característico a este nivel es la vivencia de la falta de protección, inseguridad, inmadurez y emotividad desordenada, tendencias homosexuales (tanto masculinas como femeninas), personalidades desestructuradas, agresividad y violencia, por citar algunas de ellas.18 La negación de la paternidad que mina y corrompe todo el orden humano contemporáneo encuentra su máxima expresión cuando se afirma y se vuelve posible una concepción sin el concurso del varón. La negación de la paternidad es también la negación de la maternidad y de lo más femenino en la comunidad familiar, porque la cúspide de la negación de la paternidad ocurre cuando se afirma que los hijos pueden concebirse sin el acto conyugal, es decir, de alguna manera, sin el padre.19 Es ya desde esta perspectiva tecnicista que se está consolidando una imagen despectiva del padre varón que le presenta si no como «superfluo», sí, por lo menos, como «fracasado».

 

         Tras la llamada «ideología de género» se esconde la particular filosofía de la primacía de la voluntad, con un consiguiente desprecio de la realidad -que es especial desprecio de la naturaleza humana y muy especialmente un desprecio del hombre concreto- y que, en el fondo, es desprecio de Dios. Las consecuencias que conlleva la negación o el intento de supresión de la inclinación natural son, en el orden psicológico, devastadoras. Y lo son por diversos motivos. Primeramente, porque suponen una pretendida «superación de la naturaleza» que lleva irrevocablemente a una. negación de la corporeidad sexuada (esa corporeidad sexuada es de importancia extrema pues es la patentización de que cada uno de los hombres y mujeres, cada uno de nosotros, es individualizado por la materia concreta de su cuerpo sexuado). Las consecuencias psicológicas que una tal negación de la corporeidad sexuada, sobre todo por lo que se refiere a la formación y al crecimiento de la personalidad, supondrían ya tan sólo en el ámbito escolar y educativo deberían ser pensadas con detenimiento. Se destacan aquí algunas de ellas más inmediatas como son la banalización de la sexualidad, el desprecio por el propio cuerpo, la negación de la normalidad en la corporeidad humana y, por último, la negación y el olvido de que el cuerpo humano está hecho para la maternidad y la paternidad.

 

El obrar y el comportarse del hombre no se determinan exclusivamente por el ser de la persona en sí misma, sino además por la actitud de esta persona ante su ser.20 Para la formación y confirmación del hombre en su propio ser, el hombre no sólo necesita un crecimiento personal propiciado por un debate moral interno a partir de certezas y seguridades internas y externas, sino que, además, necesita culminar ese debate interno en la emisión de un juicio personal sobre sí mismo. Y ese juicio puede emitirse a edades ya muy tempranas y, a lo más tardar, en el momento en el que el niño es capaz de pensar sobre sí mismo y a quien debe ordenar todas las cosas como a su fin.21

 

Atacando a la familia, se obstaculiza cuando no se impide la emisión de ese juicio sobre sí mismo -juicio que ha de formarse y configurarse indispensablemente bajo la orientación y educación de los padres-. Sin la formación de la conciencia -que es en el fondo en lo que consiste la emisión del juicio sobre sí mismo- el niño y el joven quedan sometidos al vaivén de sus emociones y afectos. Y el hombre queda desposeído de lo que es y por lo mismo, a la deriva de las corrientes de pensamiento, bajo la presión y el ahogo de las modas, que todo lo infiltran, desarraigando las buenas costumbres.

 

Por este motivo, hoy más que nunca, es necesario atender a la llamada de Juan Pablo II cuando vehementemente insistía diciendo: «asiento el deber de pedir un empeño particular a los hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio maravilloso de Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés la realidad de la familia en este tiempo de prueba y de gracia. Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna concreta y exigente. Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado.»

 

Gravísimos son los males y ataques que la familia soporta en nuestros días, ataques que la hieren y debilitan seriamente, por eso es muy necesario recordar que es en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y en la consagración de las familias al Corazón de Nuestro Señor que la familia, y más particularmente la familia cristiana, ha de encontrar el remedio a tantos males. «Ante tantos males que, hoy más que nunca, transtornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano122

 

«Digámoslo sencillamente pero con claridad: sólo la devoción al Corazón amoroso y omnipotente de Jesús puede ser el punto de arranque de una renovación cristiana de las conciencias extraviadas y la meta e ideal supremo para todas las empresas colectivas que pueden, y deben en nuestros tiempos, entusiasmar a las almas nobles».23

 

A pesar de todas las terribles cosas que suceden, nosotros podemos fiarnos del Corazón de Jesús, porque especialmente en tiempos de peligro y de cambio radical, «Él nos es cercano y su Corazón se conmueve por nosotros, y se inclina sobre nosotros. Para que el poder de su misericordia pueda tocar nuestros corazones, es necesario que nos abramos a El. Se necesita la libre disponibilidad para abandonar el mal, superar la indiferencia y dar cabida a su Palabra. Dios respeta nuestra libertad. No nos coacciona. Él espera nuestro "sí"y, por decirlo así, lo mendiga.»24