CONTEMPLANDO LA VIDA DE CRISTO

Artículos seleccionados:

La primera Pascua de Jesús                                               Marzo 2010

 

Las Bodas de Caná                                                            Febrero 2010

 

Los primeros discípulos de Jesús                                     Enero 2010

 

La huída a Egipto                                                            Diciembre 2009

 

Ayuno y tentaciones de Jesús en el desierto        Noviembre 2009

 

El Bautismo de Jesús                                                        Octubre 2009

 

El realismo en el relato evangélico          Agosto - Septiembre 2009

 

Jesús escoge a Simón Pedro                                  Junio - Julio 2009

 

El Centurión de Cafarnaum ...                                               Mayo 2009

 

El Camino de la Cruz                                                                Abril 2009

San Juan Bautista, el Precursor                                      Febrero 2009

Betania                                                                                       Enero 2009 

NAVIDAD, Dios se hace niño                                        Diciembre 2008

Cafarnaum "La Ciudad de Jesús"                             Noviembre 2008

Los "hermanos" de Jesús                                                 Octubre 2008

La concordancia en el Nuevo Testamento             Septiembre 2008

Entre el Cenáculo y Getsemaní                                 Junio - Julio 2008

La Resurrección                                                                         Mayo 2008

 

Santa María Magdalena y la familia de Betania                 Marzo 2008

 

La Adoración de los Magos                                                Febrero 2008

 

San José y la Sagrada Familia en Belén                             Enero 2008

Bautismo y tentaciones de Jesús                                 Diciembre 2007

Los últimos cinco meses de la Vida de Jesús          Noviembre 2007

Jesús se pierde en el Templo                                                    Abril 2007

Jesús en el huerto de los olivos                                            Marzo 2007

Los milagros de la Multiplicación                                       Febrero 2007

 

La figura humana de Jesús                                                     Enero 2007

 

El nacimiento del Hijo de Dios                                        Diciembre 2006

 

Jesús, ¿de Nazaret?                                                        Noviembre 2006

Yo le resucitaré en el último día ...                                      Octubre 2006

No quedará piedra sobre piedra                                  Septiembre 2006

La lanzada: Se abre el Corazón de Jesús                            Junio 2006

Madre, he ahí a tu hijo ...                                                             Mayo 2006

La Crucifixión y muerte                                                                Abril 2006

La narración evangélica y el sentido de la realidad       Febrero 2006

¿Luego Tú eres Rey?                                                       Noviembre 2005

Cómo fue la Institución de la Eucaristía                     Septiembre 2005

 

 

La primera Pascua de Jesús

 

"... Después bajó -Jesús- a Cafarnaum, con su madre, sus parientes y discípulos permaneciendo allí no muchos días. Próxima ya la Pascua de los judíos, subió Jesús a Jerusalén ..." (Jn 2, 12 - 13)

 

      Como sabemos, los tres años de la vida pública de Jesús, vienen dados por las tres celebraciones pascuales, cuyo narrador es el evangelista Juan. De hecho, en nuestra concordancia, la primera Pascua se presenta muy pronto, casi de improviso, lo que puede explicarse de dos maneras:

 

- El inicio de la predicación, tras los primeros discípulos y las Bodas de Caná, fue muy inmediato a la primera celebración de la Pascua. El primer año sería, por tanto, muy corto si tenemos en cuenta que el mes de Nisán, en cuyo día 14 se celebraba la Pascua, era el primer mes del año. Esto sería conforme con la manera de contar de los Judíos (recordemos cómo se cuentan los tres días de Jesús en el sepulcro. fue "al tercer día", pero se cuentan tres como si fueran completos)

 

- Realmente hay una parte de este primer año que no aparece en la narración. Sería seguramente un año incompleto, pero no tanto como parece. La parte no narrada sería, sin duda, desde su llegada a Galilea procedente de la zona cercana a Jericó, donde Juan bautizaba. Este hecho se producirá de nuevo con la segunda pascua, que siendo un año natural, parecerá realmente más corto.

 

      Cualquiera de las dos versiones es aceptable. La primera sería más literal: "... al día siguiente decidió Jesús salir hacia Galilea ..." (Jn 1, 43); "... Tres días después, se celebró una boda en Caná ..." (Jn, 2, 1); "... Después bajó a Cafarnaum .... permaneciendo allí no muchos días ..." (Jn 2, 12). En tanto que en la segunda hay que suponer que tras su llegada a Galilea, y hasta conocer a Felipe y a Bartolomé, estuvo más tiempo predicando.

 

Expulsión de los vendedores:

 

      Sea como fuere, Jesús llega a Jerusalén en esta Pascua y se encuentra el Templo plagado de vendedores y cambistas, se supone que por los atrios y la explanada:

 

"... Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y también a los cambistas sentados tras de sus mesas. Y haciendo un látigo con unas cuerdas, los arrojó a todos del templo, también a las ovejas; desparramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas. Y dijo a los que vendían palomas: Llevad esto fuera de aquí; no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado. Recordaron sus discípulos la frase de la Escritura: "Me consumirá el celo de tu templo" (Ps 68, 9). Los judíos, encarándose con El, le preguntaron: ¿Qué señal nos muestras que justifica lo que haces? Jesús les respondió: Destruid este templo y yo lo reedificare en tres días. Le dijeron los judíos: Cuarenta y seis años se tardó en la construcción de este templo, ¿y tú lo vas a edificar en tres días? Mas El aludía al templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se percataron los judíos de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra de Jesús. Durante su estancia en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron el El, viendo los milagros que hacía. Jesús, en cambio, no se fiaba de ellos, porque los conocía bien. Y no necesitaba que nadie le diera testimonio de nadie, porque El mismo conocía bien el interior de cada uno ..." (Jn 2, 14 - 25)

 

      Veamos el texto: al llegar la Pascua Jesús "sube" a Jerusalén. Jesús acude a Jerusalén por Pascua y, a lo largo de los tres años, también en otras ocasiones (fiesta de los Tabernáculos, de la Dedicación, etc.). Es curioso observar la expresión "sube": Efectivamente desde Cafarnaum, situada bajo el nivel del mar, hasta Jerusalén, hay un desnivel de más de mil metros. Este tipo de comentarios aparecerá frecuentemente en los evangelios.

     Respecto a la presencia de vendedores y cambistas en los atrios del Templo, hay que considerar que desde la cautividad de Babilonia, los judíos dispersos no podían llevar animales para el sacrificio. Su alejamiento de Jerusalén se lo impedía. Para facilitar la adquisición de las víctimas y el cambio de la moneda pagana, se establecieron en los alrededores del Templo, comerciantes, cambistas, etc. Estos comerciantes, poco a poco fueron penetrando hasta los atrios, y las galerías circundantes, de modo que al final llegaron a constituir un elemento más de la celebración pascual.

      Llama la atención que san Lucas sitúa la expulsión de los vendedores después de "dóminus flevit", a propósito de la entrada triunfal del Domingo de Ramos. Jesús entra directamente en el Templo al llegar a Jerusalén. Algunos comentaristas creen que, en realidad, se trata de la misma expulsión que san Juan narra en la primera Pascua de la vida pública de Jesús. Según esto, san Lucas no lo ha narrado antes porque este evangelista no describe más que una visita a Jerusalén. Es cierto que sólo san Juan separa en la narración los tres años de predicación, porque sólo él nos dice cuándo Jesús iba a Jerusalén cada año por Pascua, pero esto no es argumento suficiente para admitir pura y simplemente que san Lucas (y también san Marcos, que lo menciona) faltan a la cronología en su relato.

      Nosotros preferimos creer que son dos distintas. Ya se ha visto en estos comentarios, que hemos mantenido siempre la literalidad de la narración, y cuando las duplicidades no cuadran se han mantenido separadas. No importa al relato si es una o son dos expulsiones, pero hay que admitir estrictamente que, en lo sustancial, los evangelios son rigurosamente históricos.

      Nosotros leemos los evangelios concordados para vivir y contemplar la vida de Cristo, no debemos  por tanto hacer lecturas críticas. Jesús pudo muy bien repetir la expulsión de los mercaderes, dos años después de haberlo hecho también por Pascua. No hay ninguna razón para pensar que desde aquella primera vez, y estando Jesús en Galilea, los mercaderes hubieran renunciado a su actividad, con el abuso que ya se ha explicado; seguramente la costumbre debía estar muy arraigada, y Jesús estuvo mucho tiempo alejado de Jerusalén. Incluso cabría pensar que hubo, al menos, una tercera expulsión no mencionada, en la segunda Pascua de la Vida pública de Jesús.

Vista de Jerusalén desde el Noroeste

      Esta celebración pascual es especialmente conocida, además del episodio de los mercaderes del Templo, porque en ella conoció a Nicodemo, el fariseo que fue a visitarle, de noche, y que después será mencionado en dos ocasiones más. En el próximo comentario hablaremos de este encuentro y también de la actividad que desarrolló por el territorio de Judea, antes de volver de nuevo a Galilea.

 

Las Bodas de Caná

 "... Tres días después, se celebró una boda en Caná de Galilea. La madre de Jesús estaba entre los invitados. Fueron también invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Faltando el vino, dijo a Jesús su Madre: No tienen vino. Le respondió Jesús, ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no ha llegado mi hora. La madre dijo a los sirvientes: Haced lo que El os mande. Había allí seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, cuya capacidad oscilaba entre los setenta a cien litros. Jesús ordenó a los sirvientes: llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Luego añadió: Sacad ahora y llevad al jefe del comedor. Así lo hicieron. Apenas el jefe de comedor probó el agua convertida en vino, no sabiendo de dónde era (aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), llamó al novio, para decirle: Todos ponen al principio el vino mejor; y cuando los invitados ya han bebido bien, sirven el mas flojo. Tú has guardado hasta ahora el vino mejor. Este fue el primer milagro de Jesús. Lo hizo en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en El ..." (Jn 2, 1-11)

      Caná de Galilea, hoy llamada Kefr-Kanna, es una población que en tiempos de Jesucristo era bastante más importante que Nazaret, y se hallaba muy próxima a Séforis, la que fue capital de Galilea antes de la edificación de Tiberíades, junto al lago. En la actualidad, Nazaret se ha extendido por encima de la montaña que la circunda hacia el noroeste, y casi no hay solución de continuidad con los pueblos cercanos, entre los que se encuentra la antigua Caná. Es decir, Nazaret era una aldea insignificante pero que no estaba a más de diez o quince kilómetros de la que era entonces la capital, y también de la mencionada Caná. San José, y más tarde el propio Jesús seguramente pudieron realizar trabajos en ambas poblaciones.

      Pero ahora, cuando la Virgen María es invitada a esta boda, Séforis que sigue siendo una ciudad importante, ya no es la capital, sino Tiberíades. Jesús ha iniciado ya su vida pública, y después de conocer a Felipe y a Bartolomé junto al Lago de Galilea o Genesaret, va a Caná acompañando a María, su madre. Dice san Juan que esto ocurría "Tres días después", lo que permite muy bien la composición de lugar.

      La escena está relatada con mucho detalle por el evangelista, María, la madre de Jesús, observa que falta el vino y se compadece de los anfitriones "no tienen vino"; la respuesta de Jesús es muy curiosa ya que da a entender que no quiere ayudarles "porque no ha llegado su hora". Textualmente la traducción latina de la Vulgata dice ".. quid mihi et tibi est, mulier? ..." Es decir: "... Mujer, a mí y a tí, ¿que? ...", aunque se suele suavizar la frase con lo que se ha leído en el texto anterior: "...  ¿qué nos va a mí y a ti? ..." .

      Se dice de la santísima Virgen que es "la omnipotencia suplicante" y este atributo, que es una definición muy propia, resulta de una gran claridad en este pasaje de las Bodas de Caná. Efectivamente, Jesús va a realizar el milagro, pero su madre no va a esperar su respuesta: "... La madre dijo a los sirvientes: Haced lo que El os mande ...". Jesús "cede" a la petición de la Virgen María, prácticamente con los hechos consumados; María "compromete" a su hijo, al remitirle a los criados. Es muy bueno contemplar esta escena cuando recurrimos a Ella en petición de ayuda. Si lo observamos con perspectiva histórica, la Iglesia Católica ha sido muy coherente con este pasaje evangélico, al colocar la devoción mariana es este lugar preeminente en el culto.

El escenario del milagro:

      La narración de san Juan aporta, además, multitud de detalles referentes a estas bodas, que nos permiten situarnos en la escena. Veamos algunos.

      Dice la narración que había seis tinajas de piedra, para las purificaciones. Según la ley judía, los recipientes del agua de las purificaciones sólo podían ser de piedra, porque era el único material que podía ser considerado puro; no eran utilizables por tanto las tinajas de barro cocido. Para una celebración de este tipo se utilizaba una gran cantidad de agua, porque los judíos se lavaban las manos, los platos y utensilios, etc. y esto a lo largo, normalmente, de tres días. Su volumen oscilaba entre dos y tres medidas de las usuales entre los judíos, denominadas "metretas", de unos 37 l. cada una. Es decir, cada tinaja contenía entre setenta y ciento diez litros.

      Jesús mandó llenarlas "hasta arriba" porque sin duda se habría consumido una buena cantidad de agua; no es probable que el vino se hubiera terminado a poco de comenzar las bodas. Así pues una vez llenos los recipientes de piedra, Jesús convirtió en vino una medida de no menos de cuatrocientos litros. Es mucho vino!!

      En Caná, los peregrinos, conmemoran el pasaje de las bodas en dos capillas: una de titularidad católica y otra ortodoxa. En ambas, los peregrinos casados suelen realizar, por devoción, la renovación del consentimiento matrimonial. También hay, en la ortodoxa, una tinaja de piedra de características similares a las que se describen en el evangelio. Aunque se venera como tal, no hay constancia fidedigna de que fuera de las seis que se describen en el texto, pero da una idea de como debían de ser. Como hemos visto antes, serían realmente de mayor tamaño.

Las Bodas:

     El Matrimonio entre judíos solía realizarse con dos ceremonias separadas en el tiempo: Los desposorios, y las nupcias. Los primeros eran algo así como la petición de mano, y los desposados seguían viviendo con sus padres. La boda se celebraba algún tiempo después (podían ser semanas, o incluso algunos meses más tarde). A pesar de ello, desde los desposorios, a los contrayentes se les consideraba ya casados, aunque se tratare de un matrimonio no consumado. Y esto era de tal modo, que en caso de fallecimiento de uno de los contrayentes, el otro contrayente se le consideraba viudo, y podía heredar.

 

      A este respecto, leemos en “Vida de Jesucristo” de Giuseppe Ricciotti, Punto 231: “… Entre los judíos, el matrimonio legal se realizaba, después de alguna gestiones preparatorias, mediante dos procedimientos sucesivos, que son los desposorios y la nupcias. Los desposorios no eran, como entre nosotros, la simple promesa de matrimonio futuro, sino el perfecto contrato legal de matrimonio, o sea el verdadero matrimonium ratum. Por lo tanto, la mujer desposada era ya esposa, podía recibir el acta de repudio de su desposado-marido, a la muerte de éste pasaba a ser viuda en toda regla, y en caso de infidelidad era castigada con arreglo a las normas del Deuteronomio (Dt. 22, 23-24) … Cumplido este desposorio-matrimonio, los dos desposados-cónyuges permanecían algún tiempo todavía con sus respectivas familias. Semejante tiempo, habitualmente, se extendía hasta un año si la desposada era virgen y hasta un mes si viuda, y se empleaba en los preparativos de la nueva casa …” 

      “… Las nupcias (hebr.  Nissu’in ) se celebraban una vez transcurrido el tiempo susodicho, y consistía en la introducción solemne de la esposa en casa del esposo. Empezaba entonces la convivencia pública y con esto, las formalidades legales del matrimonio estaban cumplidas …"

      La celebración de esta solemne recepción de la esposa solía durar tres días, aunque en el caso de familias modestas se podía reducir a una jornada. En todos los casos se iniciaba con una cena según el siguiente ritual:  A la puesta del sol, iba el consorte con sus compañeros, a buscar a la esposa a casa de sus padres; y ella les seguía con sus compañeras (recordemos las diez vírgenes de la parábola). Así ordenado el cortejo, se ponía en marcha muy alegre al resplandor de las lámparas. Llegados al lugar donde se celebraba el banquete, entraban los invitados y empezaba el festín.

      Pues bien, transcurridos los tres días, se volvían a reunir ambos cortejos, y al son de los instrumentos populares en uso, acompañaban a los esposos hasta la casa del esposo, que "recibía" a la esposa. Si la casa del esposo era lo suficientemente grande, se celebraba otro banquete allí, y entonces el cortejo acompañaba a los esposos hasta la alcoba. Como se puede imaginar, tres días de celebraciones y banquetes, en los que se consumía mucho vino.

      San Juan nos llevará ahora a Cafarnaum, donde se instalará con su Madre, la omnipotencia suplicante, que propició de forma tan sutil y amorosa este primer milagro de Jesús.

 

 

Los primeros discípulos de Jesús

 

      Tras el pequeño paréntesis navideño, en el que hemos introducido un comentario referente a la infancia de Jesús, en este caso la huída a Egipto, vamos a proseguir con el orden cronológico de los evangelios concordados, que nos hemos propuesto seguir. Corresponde, tras el ayuno y tentaciones de Jesús en el desierto, al relato del evangelista san Juan, sobre los primeros discípulos que siguieron a Jesús.

      Jesús coincidió en el lugar cercano a Jericó, donde san Juan Bautista ejercía su misión en el Jordán, con tres de los que más tarde formarán parte de los doce Apóstoles: Pedro, Andrés, y Juan hijo de Zebedeo. Este último es el que, todos los santos Padres y la mayoría de los escrituristas, reconocen como el propio Juan evangelista. No vamos a entrar en las polémicas sobre esto, que no todos reconocen en estos tiempos de confusión. Pero lo cierto es que es este evangelista el que narra con cierto detalle cómo fueron los primeros encuentros de Jesús, tanto en Judea como pocos días más tarde en Galilea, a orillas del lago de Genesaret, con los que iban a ser sus discípulos.

 

Juan, Andrés y Pedro

 

"... Al día siguiente continuaba allí Juan con dos de sus discípulos, y viendo pasar a Jesús, dice: Mirad el Cordero de Dios. Al oír esto los discípulos se fueron en pos de Jesús. Volviéndose Jesús y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Respondiéronle: Rabbí, que quiere decir Maestro, ¿dónde vives? Les contestó: Venid y lo veréis; fueron, pues, y vieron dónde vivía y aquel día lo pasaron en su casa; eran las cuatro o cinco de la tarde, poco más o menos. Uno, de los dos que había oído a Juan y seguido a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro. Con quien primero se encontró fue con su hermano Simón, al cual refirió: Hemos hallado al Mesías, que quiere decir Cristo. Le condujo hasta Jesús. Fijando en él su mirada, dijo Jesús: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir Pedro. (Jn 1, 35-42)

      Contemplemos esta escena: Jesús sigue en la zona en la que Juan Bautista administraba su bautismo de penitencia, al pasar ente él y dos de sus discípulos, que han venido de Galilea, es señalado por el Precursor como "el Cordero de Dios". Como sabemos, nuestro Señor comenzó su misión en Galilea, pero es precisamente lejos de allí donde encontrará a tres de estos galileos que le van a seguir. Es muy notable observar que san Juan evangelista no se nombra a sí mismo, aunque es evidente que el compañero de san Andrés que se señala aquí es él mismo. Esta actitud la mantendrá el evangelista a lo largo de toda su narración de la vida de Cristo, y esto confirma claramente esta afirmación.

     Comentando este mismo pasaje, hace algún tiempo, tuvimos ocasión de recalcar el indudable atractivo personal de Jesús. En aquella ocasión quisimos buscar una aproximación a su rostro, analizando la efigie marcada en la Sábana Santa con las correcciones técnicas (incluso de proporción), que se pueden realizar actualmente con medios informáticos. Sobre esta imagen, se ha pintado un "rostro vivo". El resultado tiene cierto parecido con el rostro de Jesús, que realizó Heinrich Hofmann en la obra "Jesús Maestro". Vale la pena contemplarlo con un poco de imaginación, para entender este atractivo.

 

 

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      Pero no vamos esta vez a reincidir en este atractivo personal; veamos la situación: "... Maestro, ¿dónde vives? ..." le preguntan Andrés y Juan, cuando el Señor se da cuenta de que le siguen. Dice el evangelista, que suele proporcionar referencias espaciotemporales muy claras : "eran las cinco de la tarde aproximadamente" ("... erat quasi hora décima ...").

      Los discípulos pasan el día con Jesús y, enseguida, Andrés va a buscar a su hermano Simón y le lleva a su presencia. Dice el evangelista san Juan que ya en aquel momento Jesús le impone un sobrenombre profético: "Piedra" ("Cefas" o "Kefas" en lengua aramea). Como veremos, será al menos dos años más tarde cuando le dirá: "... tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia ..." (Mt 16, 18)

      Pero ahora esta narración de san Juan da un salto en el espacio y en el tiempo, pero siguiendo con estos primeros discípulos que siguen a Jesús:

"... Al día siguiente decidió Jesús salir hacia Galilea y, encontrándose con Felipe, le dijo: Sígueme. Era Felipe natural de Betsaida, el pueblo de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: Hemos hallado a Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y los Profetas, a Jesús, hijo de José el de Nazaret. ¿De Nazaret, puede salir algo bueno? le contestó Natanael. Felipe insistió: Ven y lo verás. Viendo Jesús que Natanael venía hacia él, exclamó: aquí llega un auténtico israelita, en quien no cabe doblez. Natanael le preguntó: ¿De qué me conoces? Le respondió Jesús: Antes de que Felipe te llamase, te vi yo cuando estabas debajo de la higuera. Replicó Natanael: Rabbí, tu eres el hijo de Dios, tu eres el Rey de Israel. Jesús le contestó: ¿Has creído porque te he dicho que te vi debajo de la higuera? Cosas mayores verás. Y añadió: En verdad, en verdad os digo: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre ..." (Jn 1, 43-51)

      El personaje a quien san Juan llama Natanael, es con toda probabilidad el apóstol san Bartolomé. Se sabe que era de Caná de Galilea, porque el propio evangelio de san Juan lo dice en Jn 21-2 (punto 326), y esto ha dado pie a que algunos piensen, con escaso fundamento, que fuera el esposo de las bodas de Caná.

      Leyendo los evangelios se puede comprobar que:

      1º: El nombre de Natanael no consta en los sinópticos, pero éstos nombran a Bartolomé junto al apóstol Felipe.

      2º: san Juan, en cambio, no nombra a Bartolomé en su evangelio, ni tampoco da la lista completa de los apóstoles, pero se ve enseguida que pone a Natanael entre los doce, porque refiere su vocación junto a la de Simón, Juan, Andrés y Felipe.

      Recordemos que Jesús se encuentra ahora en Galilea. Se dice al iniciar la narración; y aunque no se indica específicamente, se supone que están a orillas del lago, pues Felipe es de Betsaida y Andrés, Simón y Juan son pescadores. También es de notar que en el punto siguiente dirá san Juan "tres días después se celebró una boda en Caná de Galilea" (Jn 2-1). Todo esto concuerda perfectamente, a la vista del entorno del lago, y volviendo a ver el esquema de las primeras actividades de Jesús.

      Respecto de la personalidad de san Bartolomé o Natanael, san Gregorio y la mayoría de los santos Padres lo creen letrado, y lo consideran Doctor de la Ley, por lo que se deduce de la conversación entre él y san Felipe: "Hemos hallado a Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y los Profetas ...". De todas maneras, parece por la narración que convivía habitualmente con los pescadores, por lo que podría serlo también, y sin embargo tener un buen conocimiento de las Escrituras como muchos judíos fieles, asistentes habituales a los actos de la Sinagoga.

      El evangelio de san Juan, después de este episodio narrará el primer milagro de Jesús, con ocasión de las bodas de Caná y, como es frecuente en este evangelista, nos proporcionará una referencia de tiempo: "Tres dias después, se celebró una boda en Caná de Galilea". Jesús asistirá a esta boda "con sus discípulos", no sabemos cuantos, pero gracias a san Juan sabemos que, al menos le seguían los primeros cinco.

 

 

La huída a Egipto

     

      Como cada año por estas fechas, vamos a contemplar un episodio de la infancia de Jesús, relacionado con su nacimiento en Belén, y otros episodios de los que son narradores exclusivos los evangelistas san Mateo y san Lucas. En esta ocasión nos centraremos en la huída a Egipto, y la posterior estancia de la Sagrada Familia allí, hasta la muerte de Herodes, y su regreso a Nazaret. Veamos en primer lugar el texto de san Mateo, tras la visita de los Magos.

 

"... Después de su partida -de los Magos-, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo. Levantándose de noche, tomó al Niño y a su Madre y se retiró hacia Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo que había pronunciado el Señor por su profeta, diciendo: 'De Egipto llamé a mi hijo' ..." (Mt 2, 13-15).

 

La huída, de noche:

 

      El ángel advierte en sueños a José, del peligro que corre Jesús niño. La visita de los Magos, la Epifanía, ha trastocado por permisión divina, la estabilidad de la Sagrada Familia en Belén y deben huir al extranjero, fuera del alcance del tiránico rey. José, sin perder un instante, coge a su Familia y lo más imprescindible (seguramente un asno también, como hizo para llegar a Belén) y de noche emprende el camino hacia Egipto.

 

 

"... Levantándose de noche

tomó al niño y a su madre ..."

 

      Egipto siempre fue tierra de emigración para los judíos, lo había sido en tiempos del Patriarca Jacob, y seguía siéndolo en tiempo de Jesús. Muchos judíos vivían en Egipto, y tendían a agruparse en pequeñas comunidades, como ocurre siempre con los emigrantes.

      En el camino de Palestina a Egipto, unos 10 Kilómetros al norte de El Cairo, se halla el pequeño y silencioso lugar de Matarieh, junto a las ruinas de Heliópolis en la orilla derecha del Nilo. No es preciso, pues, atravesar la corriente del río. Era una región ya conocida por los judíos emigrantes de todos los tiempos. Allí se veneraba hace algunos años un sicomoro (especie de higuera, de gran tamaño) y no lejos se alza la Iglesia de la Sagrada Familia. Allí se supone se instaló José con María y el niño, durante el tiempo en que huyeron de Herodes. No obstante, hoy, algunos comentaristas piensan que que la Sagrada Familia no tuvo que llegar tan lejos, y se instaló más cerca de la frontera, en la actual franja de Gaza, en el límite correspondiente a la Jurisdicción de Herodes.

      En cualquier caso, el viaje debió ser realmente penoso, nada comparable al desplazamiento a Belén. Antes viajaron agrupados en caravana, ahora van solos y de noche. Los apócrifos narran multitud de hechos fantásticos, refiriendo este viaje de la Sagrada Familia. Hay que advertir de la escasa o nula credibilidad de estas narraciones, pero lo que sí es cierto es que, para quien viajara solo, por esta ruta, era un desplazamiento lleno de peligros. Más de doscientos kilómetros por el solitario desierto de Judea, expuestos a los ladrones y salteadores, san José debió sentir sobre sí el peso de la responsabilidad. Su confianza en la divina Providencia debió alcanzar el más alto grado de lo que cabe esperar en un alma santa, y así, entre tremendas dificultades José llega con su Familia a su destino.

      ¿Cuánto tiempo permaneció la Sagrada Familia en Egipto? No es posible saberlo con precisión, pero no debió de ser mucho, porque Herodes murió poco después como veremos. No es probable que san José quisiera permanecer mucho tiempo en Egipto, una vez muerto el tirano, y seguramente no llegaron a vivir allí de una forma estable, como habían hecho en Belén. Es muy posible, por tanto, que esta permanencia fuera de tan sólo algunos meses.

El regreso, vuelven a Nazaret:

 

      Así pues, algún tiempo después: "... muerto ya Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño. Levantándose, tomó al niño y a la madre y partió hacia la tierra de Israel. Mas habiendo oído que en Judea reinaba Arquelao en lugar de su padre Herodes, -sabiendo que había grandes matanzas,- temió ir allá y, advertido en sueños se retiró a la región de Galilea, yendo a habitar en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese lo dicho por los profetas: 'Será Nazareno' ..." (Mt 2, 19-23).

      José recibe nuevamente un aviso del ángel: Ha muerto Herodes. El hecho de que san José reciba la noticia por medio del ángel, nos hace pensar que tuvo realmente la revelación extraordinaria antes de que la noticia fuera conocida en Egipto (en aquel tiempo podían pasar meses). Por esto nos inclinamos a pensar que la Sagrada Familia estuvo poco tiempo allí, y volvió a su tierra enseguida. La estancia en Egipto pudo ser incluso de menos de un año.

Muerto ya Herodes, la Sagrada Familia

vuelve a Nazaret

      Pero entonces ocurren grandes revueltas y matanzas en Judea. Herodes al morir, no sólo dejó mucho odio, sino también un reparto de reinos desigual. En Judea reinaba Arquelao, y debió sofocar una rebelión y envía tropas sobre Jerusalén. Hubo tres mil muertos. José, dice san Mateo, "temió ir allá" y decide regresar a Galilea, a su Nazaret de antes. Son sin duda decisiones de san José, al ser informado por el ángel; en efecto, éste le dice lo que ocurre (la muerte de Herodes, las revueltas de Jerusalén) y él decide ir con su Familia de nuevo a Nazaret.

      Después de la muerte de Herodes El Grande, en Galilea gobernó otro de sus hijos, en este caso Herodes Antipas. Este, que debía ser muy joven entonces, es el mismo que seguirá en el poder en tiempo de la vida pública de Jesús. Es el que hizo degollar a san Juan Bautista, y el mismo que se burló de Jesús en la Pasión, remitiéndolo a Pilato, el Gobernador de Judea. Herodes Antipas era sólo Tetrarca de Galilea (y Perea) y nada sabía del nacimiento de Jesús. Arquelao no gobernaba en su territorio y por esto la Sagrada Familia quedaba a salvo en Nazaret.

      Si lo pensamos con detenimiento, esta decisión debió dolerle humanamente a san José. Ya la huida a Egipto fue sin duda un gran contratiempo, y como ya hemos descrito, de una gran dureza; pero al volver del exilio José, sin duda quiso volver a Belén, por esto san Mateo menciona a Arquelao; y al no poder hacerlo ha de volver a Galilea, la tierra de colonización de sus antepasados. Para el trabajo de san José, Nazaret representaba un estatus más modesto, pero de lo que no hay ninguna duda es de la fidelidad de san José, y su confianza absoluta en la Providencia. Por esto, al margen de sus planes, el santo Patriarca acepta siempre la voluntad de Dios.

      Y aquí es donde comienza lo más oculto de la vida de Jesús, su vida familiar, su adolescencia y el oficio de carpintero, que sin duda heredó de su padre san José. Tan sólo el episodio de la pérdida en el Templo, en una festividad de la Pascua, y cuando Jesús tenía doce años, es narrada, en este caso por san Lucas. Pero sí sabemos por este mismo evangelista que: "... les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres ..."  (Lc 2, 51 - 52)

 

 

Ayuno y tentaciones de Jesús en el desierto

 

"... 1 Entonces, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo [(Lc 4) viviendo con los animales salvajes] 2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre. 3 Se acercó a El el tentador 4 y le dijo: Si eres Hijo de Dios manda que estas piedras se conviertan en pan. El respondió: Está escrito 'El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios' (Deut 8, 3) 5 Entonces el diablo le llevó a la ciudad santa [(Lc 4) de Jerusalén], le colocó sobre el pináculo del templo 6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: 'Dará órdenes a los ángeles acerca de ti y te cogerán en sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra alguna' (Ps 90, 10-11) 7 Jesús le respondió: También está escrito: 'No tentarás al Señor tu Dios' (Dt 6, 10) 8 De nuevo le llevó el diablo a un monte muy elevado, le hizo ver todos los reinos del mundo con su magnificencia, 9 y le dijo: Todas estas cosas te daré, si caes postrado para adorarme. 10 Entonces Jesús le contestó: Vete Satanás !; porque está escrito: 'Adorarás al Señor, tu Dios, y solamente a El darás culto' (Dt 6, 13) 11 Entonces le dejó el Diablo [(Lc, 4) hasta otra ocasión] y se acercaron los ángeles para servirle ..."  [Mt 4, 1-11 (Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13)]

 

      Escribe san Mateo, al iniciar este relato, una frase sorprendente: Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto "para ser tentado por el diablo". Es decir, es Dios mismo quien somete a su Hijo a la tentación diabólica. ¿Por qué quiso el mismo Hijo de Dios, permiéndolo el Padre y movido por el Espíritu Santo, sufrir tal humillación?. No lo vamos a considerar como una "prueba" porque evidentemente Jesús no podía, en ningún caso, "caer" en tales tentaciones; pero sí podemos pensar que, si nuestro divino Maestro quiso ser en su naturaleza humana igual que nosotros, excepto en el pecado, no quiso tampoco pasar por alto uno de nuestros más duros enemigos del alma, mostrándonos además, con ello, muy claramente, de qué manera nos acosa el Tentador.

 

      Todo este pasaje es ciertamente un misterio, y hay que pensar que si los evangelistas hablan de ello es sin duda por el propio Jesús, que debió de instruirles al respecto, del modo como obra el demonio, engañando y promoviendo sus debilidades, o ambiciones. Pero en ningún caso este pasaje hay que tomarlo como una alegoría o una parábola: Jesús, Dios y hombre verdadero, fue tentado realmente por el demonio.

 

      Los tres sinópticos tratan el ayuno y las tentaciones de Jesús, aunque con extensión y orden distintos: San Marcos sólo indica que Jesús fue tentado por el diablo, mientras que san Mateo y san Lucas dan el relato completo pero invirtiendo el orden de la segunda y tercera tentaciones. Se suele adoptar, no obstante la versión de Mateo, por ser un orden más lógico y sistemático.

 

Desarrollo de las tentaciones:

 

      La primera tentación (tanto en la versión de san Mateo, como en la de san Lucas) es la que pretende inducir a Jesús a realzar un milagro en su propio provecho, es decir, porque tiene hambre. El Maestro le responde con una cita del Deuteronomio.

 

      La segunda, siguiendo a san Mateo, es peor que la primera ya que no sólo le tienta a Hacer un milagro en provecho propio, sino que además, se trataría de un acto ostentoso impropio de nuestro Señor. Además, el tentador se atreve a su vez a citar el Salmo 90 para apoyar su pretendida seducción. Jesús a su vez le responde con otra cita del Deuteronomio.

 

      La tercera, igualmente según san Mateo, es la verdadera tentación satánica: le pide adoración! (misterioso atrevimiento del demonio). Finalmente Jesús le desenmascara: "Vete Satanás" al tiempo que, de nuevo, le cita el Deuteronomio.

 

      Una cosa que llama la atención es el hecho de que el demonio "se atreviera" a tentar a Jesús ¿Acaso no conocía realmente su filiación divina? Los comentaristas clásicos, especialmente los Santos Padres, creen que realmente, o no lo sabía o no estaba seguro de ello; tal vez intuyera que se trataba del Mesías, pero sin saber que como tal, era el Hijo de Dios. Es creencia muy arraigada entre los escolásticos que el demonio, aunque como ángel que fue, tiene el conocimiento muy por encima de la capacidad humana, sin embargo no puede conocer el futuro y así, yerran frecuentemente en sus vaticinios los magos y adivinos que le son fieles. De la misma manera podemos suponer que la naturaleza divina de Jesús, oculta como estaba, escapaba a su capacidad de comprensión. Una cosa digna de ser notada: el demonio presenta "... todos los reinos del mundo con su magnificencia ..." como "suyos".

 

Lugar de las tentaciones:

 

       No es muy preciso el evangelio respecto del lugar de las tentaciones, aunque parece claro que se trata del desierto de Judea, y probablemente no muy lejos de donde san Juan predicaba ya que fue poco después de que Jesús se hiciera bautizar por él.

       En Jericó, mirando hacia el oeste hay una barrera montañosa desde la que se divisa no sólo la ciudad, sino todo el oasis en el que está edificada. Es conocida como el "Monte de la Tentación" y la tradición la identifica con el lugar, porque además de estar situada ya en el desierto, en dirección a Jerusalén, es fácil imaginarlo como el lugar en que el demonio dice "todo esto te daré..." No es que se vean "todos los reinos del mundo", pero la visión del oasis y la ciudad, que en tiempos de Herodes fue grande y rica, puede dar perfectamente esta sensación.

                                   

Monte de las Tentaciones                                            Vista de Jericó                 

 

      De todas formas, no es imprescindible que la  ubicación sea materialmente exacta, ya que siendo el demonio un espíritu puro, estas tentaciones pudieron realizarse dentro del ámbito de lo sobrenatural. Ello no quitaría ni un ápice de realidad a dichas tentaciones, y Jesús podría estar situado en la zona porque allí es donde se retiró para ayunar. A este respecto se puede pensar que estos "transportes" que realiza el demonio al colocarle en el Pináculo del Templo, o en el "Monte de las tentaciones" son visiones que infunde para tentar, sin que necesariamente se debe estar físicamente allí.

 

      Respecto al ayuno de cuarenta días, que parece desmesurado, y podría tratarse de una cifra simbólica como la mayoría de las cantidades numéricas en la Biblia, sin embargo no es necesario apelar a este simbolismo para interpretarlo. Un autor tan prestigioso y solvente como Giuseppe Ricciotti, evita recurrir a este carácter sobrenatural y extraordinario de este pasaje de los evangelios, y no deja de notar que Jesús al entrar en oración, pudo tener una comunicación extática con el Padre Eterno, que dejara en suspenso todas sus propias funciones vitales; no es necesario, por tanto, apelar a ningún sentido alegórico. En todo caso, al salir de este éxtasis de oración, "sintió hambre", y es entonces cuando Satanás le tienta.

 

      Al final del relato,  dice san Mateo: "... y se acercaron los ángeles para servirle ...", pero es notable el detalle aportado por san Lucas: "... Entonces le dejó el Diablo hasta otra ocasión ..." (Lc 4, 17). Esta otra ocasión se produjo en la Pasión; recordemos la frase de Jesús en el prendimiento en Getsemaní: "... esta es la hora y el poder de las tinieblas ..." (Lc 22, 53)

 

 

El Bautismo de Jesús

 

      San Juan Bautista, hijo de Zacarías, predica y bautiza "en la región del Jordán", en las tierras bajas al sur de Jericó. Es allí donde se halla situado el conocido vado para atravesar el río, es decir, dentro de los dominios de Herodes Antipas, el tetrarca designado por Roma. Este vado es también mencionado en el Antiguo Testamento (Capítulo 3 del Libro de Josué), con ocasión del paso de los israelitas hacia la tierra prometida, viniendo desde el desierto de Moab, al este del Jordán. Dios colaboró a esta masiva travesía con una detención prodigiosa de las aguas del río.

     

      Este lugar, aunque está muy claramente localizado, no puede ser visitado actualmente por los peregrinos porque es zona militar; por esto se ha habilitado para la rememoración del Bautismo, otra zona del Jordán, mucho más al norte, pero sabiendo que efectivamente Juan predicaba en la zona desértica cercana al mar Muerto. De todas formas, según aparece en el evangelio de san Juan, no era este el único lugar en el que el Bautista realizaba su misión: "... Jesús marchó con sus discípulos al territorio de Judea, donde moraba con ellos y bautizaba. También Juan bautizaba en Ainón, cerca de Salim, donde el agua era abundante y la gente venía a hacerse bautizar ..." (Jn 3, 22 - 23). Este lugar llamado Salim se encontraba al sur de Galilea, fronterizo con Samaria, y era también dominio de Herodes Antipas.

 

                                                 

 

      En la narración del evangelista san Juan, queda bastante claro que Jesús fue bautizado en el vado de Jericó (junto a la Betania transjordana, es decir, una población de la Perea, que nada tenía que ver con la Betania de Lázaro y sus hermanas, al lado de Jerusalén). Es curioso que allí se encontrara con otros galileos, con los que inició su Misión (Juan, Andrés y Simón Pedro) siendo éste el punto más alejado. Precisamente será al inicio del segundo año de la vida pública de Jesús, en el que el evangelista nos situará al Bautista en Salím, dentro del territorio de Galilea. Pero esto es tal como se narra en los evangelios, y probablemente no hay ninguna inexactitud de lugar o tiempo: Los Apóstoles, y el Propio Jesús, fueron realmente hasta Jericó para bautizarse, aunque después, un año más tarde, Juan Bautista se fue al norte, probablemente para ser más accesible a los galileos.

 

El Bautismo de Jesús:

 

      ¿Qué hacía Jesús entretanto, en Nazaret, antes de ser bautizado por Juan en el vado de Jericó?. Pues sin ninguna duda trabajar como san José, su padre. Que Jesús ejerció en Nazaret el oficio de su padre durante algún tiempo, se deduce como ya se ha dicho, en (Mc 6, 3) cuando se dice de El: "... ¿no es este el carpintero? ...". San Mateo, en el mismo pasaje, le denomina el hijo del carpintero. Por esto se cree generalmente que Jesús ayudaba a su padre mientras vivía, y que los últimos años antes de iniciar su Misión, faltando su padre, ejerció El mismo el oficio, con el que podía ganarse el sustento. 

 

      María, siempre solícita, cuidaría de que a Jesús no le faltase nada, de la casa y los alimentos, como ya lo había hecho con su santo esposo José. Si, como parece probable, Jesús realizó trabajos fuera de Nazaret, tal vez tuviera que ausentarse en alguna ocasión más de una jornada. Podemos contemplar entonces a la Virgen María, arreglando cuidadosamente la casa para cuando Jesús volviera, mientras oraba y meditaba en su interior. María esperaba el momento de la partida definitiva de su Santísimo Hijo, nuestro Redentor.

 

      Y ese día llegó. Jesús tendría algo más de treinta años, y según la Antigua Ley, podía ejercer como Doctor. Dios tenía previsto desde la eternidad cuándo sería este momento, y quiso que también los requisitos legales fueran cumplidos. Ese día, Jesús se despide amorosamente de María, a la que volverá a ver en Caná, y en gran parte de la vida pública, pero que con su partida queda sola en Nazaret, sin duda encomendando a Dios Padre la obra que su Hijo iba a comenzar.

 

      Jesús se encaminó hacia el valle del Jordán, y cruzando por el vado de Salim y Enon (Ver mapa), se dirigió a la Perea, donde Juan bautizaba, al otro lado de Jericó:

 

"... [(Lc 3) Después de que todo el pueblo se hubo bautizado (Mc 1) vino Jesús de Nazaret, de Galilea, y fué bautizado por Juan en el Jordán] Juan intentaba disuadirlo diciendo: soy yo quien tiene necesidad de ser bautizado por tí y ¿vienes tú a mí? Jesús le respondió: Déjame hacer ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan le dejó hacer. Una vez bautizado Jesús salió del agua [(Lc 3) Estando en oración] Súbitamente los cielos se abrieron; y vió al Espíritu de Dios descender como una paloma y venir sobre El. Y una voz, que venía del cielo, dijo: "Este es mi Hijo muy amado en quién me complazco" [(Lc 3) Tenía Jesús al comenzar, unos treinta años] ..." (Mt 3, 14-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-33)

 

      ¿Por qué Jesús se hizo bautizar por Juan, siendo El el Cordero Inmaculado? Ciertamente no tenía necesidad de ello, pero de la misma manera que fue prevista por la Providencia la figura del Precursor, y su dilatada misión penitencial, invitando a la conversión a quienes venían al bautismo, también quiso Dios que su santísimo Hijo, cumplimentara con esta acción ejemplarizante, el enlace de su Misión con el último gran Profeta del Antiguo Testamento. Por esto, cuando al reconocerlo el Bautista, se resiste a bautizar al divino Maestro, Jesús le responde como hemos visto: "... Déjame hacer ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia ..."

 

      Como saben nuestros lectores, el conocimiento de la Vida de Jesús se nutre principalmente de los textos evangélicos, cuya fiabilidad hemos comentado en varias ocasiones. Recordemos que la elaboración concordada de estos textos es muy útil para la lectura contemplativa que proponemos. No pretendemos, por tanto realizar una exégesis escriturística. Pero sí conviene aprovechar esta fiabilidad narrativa, para desmentir algunas afirmaciones, hoy por desgracia muy visibles, que llevan frecuentemente a errores cristológicos graves.

 

      Tal es el caso de los que quieren situar en el Bautismo de Jesús, el momento en el que nuestro Señor adquiere conciencia de Sí mismo como Mesías. También piensan que tendría conciencia de su filiación divina en el momento de oírse la voz: "... Este es mi Hijo muy amado ...". Pero esto es erróneo y, de hecho, lleva incluso a la negación misma de esta filiación divina. Recordemos que, en la narración de san Lucas, cuando Jesús se pierde en el templo a la edad de doce años, siendo niño se le ve actuar en su obra mesiánica ante los doctores de la Ley. Seguramente debió de ser la primera vez. En este episodio se observa que el niño Jesús se manifiesta conscientemente como Hijo de Dios: "... es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre ...".

 

      Para no caer en el mencionado error cristológico, hay que advertir que Jesús es Dios y hombre desde el momento de su concepción en el seno de María, y desde este momento poseyó la ciencia beatífica. Pero de la misma manera que hemos de admitir que, como niño, debió de aprender de su madre, también en el orden de la conciencia debió de haber un despertar de su naturaleza humana. Este despertar en lo humano, debió a su vez misteriosamente, permitir a  Jesús que su divinidad obrara en El como quien era: La segunda persona de la Santísima Trinidad. Esto que es así, y así puede ser contemplado, nos permite comprender que cuando Jesús va a ser bautizado tiene plena conciencia de ser el Mesías, Hijo de Dios; conciencia, no adquirida, y que tiene por naturaleza.

 

      Después de esto, Jesús se retiró al desierto "... para ser tentado por el diablo ..." (Mt 4, 1).

 

 

 

 

El realismo en el relato evangélico

 

      No es la primera vez que realizamos este comentario contemplativo de la Vida de Cristo, refiriéndonos a la narración evangélica propiamente dicha. Saben nuestros lectores que, cuando comentamos pasajes concretos de la Vida de Jesús, damos un valor absoluto a la literalidad de los evangelios como fuente principal del estudio de los hechos narrados, es decir, creemos en la narración evangélica.

 

      Como es sabido, la Biblia cristiana se divide en dos partes claramente diferenciadas, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Ambas son igualmente inspiradas por Dios, y constituyen el fundamento de la Revelacion. La Biblia es "una". No obstante hay que reconocer que su lectura, aún siendo igualmente recomendable, no se puede comparar. En el Nuevo Testamento, y especialmente en los evangelios, a diferencia de los libros históricos del Antiguo Testamento, la narración es de un gran realismo y además, contiene relatos de gran verosimilitud. Esto, que también es aplicable a los Hechos de los Apóstoles, en el caso de los evangelios tenemos además cuatro narraciones paralelas y parcialmente distintas, aunque en ningún caso contradictorias, cuya complementariedad es muy enriquecedora.

 

      Decimos no contradictorias, y ello es verdad no sólo en lo fundamental, sino también en cuestiones accesorias, y especialmente en circunstancias de lugar y tiempo. Se puede excluir a veces algún pequeño matiz, que no hace sino dar credibilidad a la coincidencia general -por ejemplo en Mc 5, 1-20 en el episodio de la región de los gerasenos, se habla de un endemoniado, en tanto san Mateo menciona a dos (Mt 8, 29-34)- pero nunca se puede afirmar que un evangelista desmiente a otro.

 

      Podemos afirmar, por lo tanto, que si hay relatos literalmente fiables y contrastados en la Biblia éstos son precisamente los evangelios. Esto no significa que no lo sean los demás libros de las Sagradas Escrituras: su inerrancia es, además, artículo de Fe; pero la Palabra de Dios, aún en los libros históricos, encierra frecuentemente un significado profético que trasciende a la literalidad de la narración, a veces grandilocuente, y con cierta desmesura formal, pero que el lector fiel acepta con humildad y con fe. Su lectura es conveniente que sea orientada por un director espiritual. En contraste con esto, se observa perfectamente que la historicidad de los evangelios está fuera de este estilo narrativo. El relato evangélico es directo y "literal" y además de autenticidad contrastable, especialmente si analizamos las referencias de lugar y tiempo de cada uno de los evangelistas.

 

      Somos conscientes de que esta afirmación sería fuertemente discutida y rechazada por los comentaristas de lectura crítica. Las escuelas modernistas, desgraciadamente hoy muy presentes, niegan esta complementariedad y, además, restringen los hechos narrados a simples "puntos de vista" subjetivos de cada evangelista, a los que sólo otorgan un valor catequético, y ponen en tela de juicio su historicidad. Es obvio, por tanto, que mutilan claramente la narración al no querer aceptar la concordancia de los Evangelios que ya desde San Agustín fue estudiada, y muchas veces seguida por autores inspirados.

 

La lectura contemplativa:

 

      Pero nosotros, queremos hacer además una "lectura contemplativa", es decir, situarnos con la imaginación, en el espacio y en el tiempo en el que vivió nuestro Señor, y "ver" con los ojos del alma los relatos evangélicos tal como san Ignacio propone en los Ejercicios Espirituales. A esta forma contemplativa de leer la vida de Cristo, ayuda mucho la utilización de los "Evangelios Concordados".

 

      Como ya hemos comentado en otras ocasiones, los "Evangelios Concordados" se elaboran refundiendo las cuatro narraciones de los evangelistas: para cada pasaje, se elige el evangelista que mejor lo narra, pero se intercalan los detalles complementarios aportados por los otros tres.  La narración ha de ser completa, sin ninguna mutilación, y formando un texto único, ordenado cronológicamente. Es como una vida de Jesucristo, pero realizada única y exclusivamente con textos evangélicos. Estos Evangelios Concordados son muy útiles para contemplar la vida de Cristo, y si se les ilustra con notas y referencias de lugar y tiempo ayudan todavía más a vivir con el pensamiento los hechos narrados, como proponía san Ignacio.

 

      Un lector respetuoso, se da cuenta de que las cuatro narraciones evangélicas concuerdan perfectamente y se enriquecen de matices y detalles entre sí, con un relato puro y directo de todo aquello que la Providencia divina ha querido que llegue a nosotros de la vida de Jesús y el fundamento de la doctrina que El mismo enseñó.

 

      Cierto que, además, y en consonancia con todas las Sagradas Escrituras, en la Palabra de Dios se encierra un contenido catequético y doctrinal que en este caso, cada evangelista se encarga de resaltar según su propia vivencia personal, pero esto no excluye jamás el rigor histórico de la narración. En todo caso debemos admitir que todo cuanto se puede conocer a través de la narración evangélica es justamente lo que Dios mismo ha querido que podamos conocer. Como dice el propio san Juan al final de su evangelio, a modo de epílogo; "Este es el discípulo que da fe de estas cosas y las ha escrito. Y sabemos que su testimonio es fidedigno. Hay todavía muchas cosas que realizó Jesús, que si se redactaran una por una, creo yo que ni en todo el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir" (Jn. 21, 24-25). Es, por tanto, posible estudiar los hechos narrados, en la medida de lo que Dios ha querido que llegue a nuestro conocimiento.

 

      Visto con sentido sobrenatural, y aceptando la tutela providencial de nuestro Señor sobre la Iglesia y sobre las mismas Escrituras, podemos pensar sin temor a equivocarnos, que ésta fue sin duda la misión de estos cuatro relatos que figuran en el canon del Nuevo Testamento. Como ya hemos apuntado antes, hoy por desgracia, a muchos escrituristas les falta fe en la Providencia y por esto se equivocan gravemente al explicar los evangelios. La concordancia es también fruto de esta acción providencial, y constituye una gran ayuda para contemplar la Vida de Jesús.

 

Las circunstancias de lugar y tiempo:

 

      La lectura contemplativa se enriquece grandemente con el desarrollo de lo que los evangelios nos muestran con referencias a las circunstancias de lugar y tiempo y esto es particularmente posible al concordar los evangelios y examinar lugares sobre los mapas y contrastar los datos temporales con lo que hoy se sabe según la Arqueología y la Historia. Si los autores son veraces la coincidencia es grande, y aún cuando hay alguna discrepancia, p. ej. el censo de Quirino, que ya hemos comentado alguna vez, un examen riguroso permite alcanzar esta concordancia que buscamos. Pero para ello, el evangelista, debe tener para nosotros, "presunción de veracidad".

 

      Hemos comentado ya, en otras ocasiones, que al concordar los textos de los cuatro evangelistas en un relato único, refundido y lo más ajustado posible en la cronología de los hechos, se percata uno de que los tres años que se suponen de la vida pública de Cristo son narrados en extensión bastante desigual. Es decir, del primer año hay tan sólo unos pocos episodios, narrados básicamente sólo por san Juan, del segundo hay bastante más, y con intervención de todos los evangelistas; pero es precisamente el tercer año el que contiene mayor extensión de hechos, incluyendo además el desplazamiento desde Galilea hasta Judea, unos cinco o seis meses antes de la Pascua de dicho tercer año, en el que Jesús instituyó la Eucaristía y murió, para redimirnos, en el terrible suplicio de la Cruz.

 

      Pues bien, a fin de poder seguir con más detenimiento estos tres años de la vida pública de Cristo, vamos a realizar a partir de ahora nuestros comentaros, siguiendo un orden cronológico, desde el inicio de su Misión, tras el Bautismo en el Jordán. Y para ello comenzamos este mes con el texto de san Lucas que lo sitúa en la Historia, y junto a él el mapa político del Israel de su tiempo.

 

Lc 3, 1 - 6

 

1 En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, Tetrarca de Galilea, y Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias, tetrarca de Abilene,

2 bajo el pontificado de Anás y Caifás, fué dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto,

3 y vino por toda la región del Jordán predicando el bautismo de penitencia en remisión de los pecados,

4 según está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: "Voz que pregona en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.

5 Todo valle sea rellenado, y todo monte y collado allanado, y los caminos tortuosos rectificados, y lo escarpado sea nivelado.

6 Y toda carne verá la salvación de Dios (Is 40, 3-5)"

 

 

 

 

Jesús escoge a Simón Pedro

 

      Jesús confiere el primado al apóstol Simón, hermano de Andrés, a quien El mismo ha dado el sobrenombre de Cefas, es decir, "piedra" (o Pedro en español), en el episodio de la pesca milagrosa. Según los evangelios, la personalidad humana de san Pedro tiene un atractivo especial, es un hombre evidentemente fogoso y dispuesto, lanzado, todo corazón. Pero es también inconsecuente, y a veces débil y cobarde. Le ha pedido a Jesús andar sobre el agua, pero duda, y se hunde. Más adelante negará tres veces haber conocido a Jesús, y sin embargo ha sido capaz de defenderle con la espada. ¿Por qué nuestro Señor le escoge?

      Dios no necesita valores humanos en sus discípulos para crear su Iglesia, este Pedro que ahora es un pescador tan voluntarioso como rudo, tras recibir el Espíritu Santo será capaz de escribir dos inspiradas epístolas. Por esto se comprende que Jesús le diga: "esto no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Dios escoge a sus representantes según su Voluntad, pero nosotros podemos pensar sin contradicción alguna, que Jesús ama la buena disposición de Pedro.

      Pensemos, no obstante, que esta rudeza que vemos en san Pedro, es común a todo el que será el Colegio Apostólico. Los evangelios nos presentan a los apóstoles elegidos como gente "de dura cerviz", hombres poco o nada letrados, pescadores en su mayor parte y a los que les cuesta entender las enseñanzas de Jesús. Dios muestra su poder al fundar su Iglesia en estos hombres, y así ha sido la señal de su omnipotencia a lo largo de toda la historia: Sólo los humildes y los limpios de corazón son dignos de recibir la gracia que hace fructificar toda actividad apostólica.

      Y esta gracia la recibieron los Apóstoles de Jesús en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre sus cabezas, transformándoles completamente.

La "buena disposición" de san Pedro:

      El primero de los episodios en los que puede observarse esta buena disposición que hemos comentado antes, la relata san Juan a propósito de la reacción de los discípulos en general cuando les promete la Eucaristía.

      Después de la primera multiplicación de los panes y los peces, san Juan explica las idas y venidas de los que seguían a Jesús. Dice el evangelio que habían ido en gran parte desde la orilla oriental hasta la falda del monte de las Bienaventuranzas, donde se produce el milagro. Y lo hicieron a pie, siguiendo a distancia la barca en la que iba Jesús. Lo que ocurre después es que los discípulos volvieron en barca mientras Jesús se quedó solo, para orar.

      Las gentes buscan a Jesús en una y otra orilla, y por lo que se ve, tardan en encontrarle hasta que por fin van a Cafarnaum. Entretanto lo que ha ocurrido, es lo narrado por Marcos, Lucas y Juan: los discípulos se encuentran con una borrasca, y Jesús se les acerca andando sobre el agua. La narración nos describe cómo Jesús, no sólo anda Él mismo sobre el agua, sino que además hace que Pedro pueda también. Ocurre entonces que nuestro Señor pone a prueba la confianza de san Pedro, y finalmente ante la flaqueza de éste (le entra temor, y se hunde), le alarga la mano.

      Después de este episodio, la narración concordada nos permite deducir que al final de la travesía, han desembarcado en la zona de Betsaida y por fin vuelven a "su ciudad", Cafarnaum.

      San Juan nos explica cómo todo este afán por encontrarle, lo aprovecha nuestro Señor para prometerles la Eucaristía: "me buscáis porque os he dado de comer...". Ya hemos explicado en otras ocasiones, que san Juan no sólo narra los hechos (y con mucho detalle, por cierto), sino que además nos transmite las palabras de Jesús, sin duda con mucha fidelidad. Los puntos que siguen a continuación son para ser leídos con actitud contemplativa porque en ellos se nos promete el Santísimo Sacramento. Como se ve, muchos se escandalizan y quieren abandonar, y es el fogoso Simón Pedro el que da el gran argumento de Fe: "... Sabía Jesús quienes eran los que no creían y quien era el que le iba a traicionar, y añadió: Por eso os he dicho que nadie puede venir a Mí si no le es concedido por el Padre. A partir de este momento muchos de sus discípulos se retiraron y ya no caminaban en su compañía. Se dirigió Jesús a los doce: ¿También vosotros queréis marchar? Le respondió Simón Pedro: Señor! ¿A quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios ..."  (Jn 6, 64 - 69)

Jesús le confiere el Primado:

      Jesús se adentra en la gentilidad del norte, y visita las ciudades de Tiro y Sidón, para volver, dando un rodeo, a la orilla nororiental del Lago de Genesaret donde volverá a realizar la multiplicación de los panes y los peces. Entretanto, al pasar por Cesarea de Filipo, plantea Jesús a los discípulos una comprometedora cuestión: "... Llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos respondieron: Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros Jeremías o alguno de los profetas. Y vosotros, les dijo, ¿Quién decís que soy Yo? Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le contestó: Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos; y Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos y todo lo que atares en la tierra será atado el cielo; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo ..." (Mt 16, 13 - 19) 

      Jesús señala a Pedro como cimiento de la Iglesia, pero le advierte de que no por conocimiento propio, sino por gracia concedida de Dios Padre, ha reconocido él a Cristo Hijo de Dios.

      Respecto al lugar en que esto ocurre, Cesarea de Filipo, era la capital de Iturea y Traconítide, los dominios de Herodes Filipo, el hermano de Herodes Antipas. Recordemos que Filipo era el legítimo marido de Herodías, la que pidió de Antipas, la cabeza de san Juan Bautista.

      En la narración evangélica, Pedro da muchas otras muestras de su carácter de generosa fogosidad, que relataremos más detalladamente en otra ocasión, pero recordemos el episodio del lavatorio de los pies, en la Santa Cena en la que su actitud es realmente entrañable: "... Dícele Pedro: No me lavarás los pies jamás. Le responde Jesús: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dice entonces Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino además las manos y la cabeza ..." (Jn 13, 8 - 9)

 

      Pero Simón Pedro cae en el error de confiar en sus propias fuerzas, y se cree capaz de defender a Jesús con su propia vida. El Señor le advierte de sus negaciones: "... Dícele Simón Pedro: ¿Señor, a dónde vas? Respondió Jesús: Adonde Yo voy, no puedes seguirme ahora; me seguirás después. Pedro le dice: ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por Ti. Le respondió Jesús: ¿Tú darás la vida por Mí? En verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces ..." (Jn 13, 36 -38). Y efectivamente, san Pedro negó a Jesús en casa de Anás y Caifás al ser interpelado por los sirvientes.

 

      Este hecho podría, ciertamente, haber sido causa de la pérdida del Primado recibido en Cesarea de Filipo, pero como sabemos no fue así. El Señor le confirmará nuevamente en su cargo tras el triple reconocimiento de su amor, en la aparición junto al lago después de la Resurrección: "... Acabada la comida, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas más que éstos? Le dice: Sí Señor, Tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis corderos. Le dice de nuevo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le dice: Sí Señor, Tú sabes que te amo. Le dice: Apacienta mis corderos. Le dice por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Se contristó Pedro de que por tercera vez le dijera ¿me amas? y le dijo: Señor, Tú lo sabes todo: Tú sabes que te amo. Le dice: Apacienta mis ovejas ..." (Jn 21, 15 - 17)

 

      Tres negaciones que serán redimidas por tres manifestaciones de amor. Así es la Misericordia de Dios y esta es nuestra confianza en El. San Pedro cayó por confiar en sí mismo, en su propio carácter fogoso y su buena disposición, pero a nuestro Señor le bastaron estas tres manifestaciones de amor, que terminan con esta confesión: "Señor, Tú lo sabes todo: Tú sabes que te amo"

 

 

El Centurión de Cafarnaum, el de Jerusalén y el de Cesarea

 

[(Lc 7) 2 Había un Centurión que tenía un siervo, al que apreciaba, enfermo de muerte. 3 Y como oyese hablar de Jesús, le envió unos ancianos judíos, rogándole que viniera a salvar a su siervo. 4 Llegando a Jesús, le rogaban solícitos diciéndole: Es digno de que le atiendas, 5 porque aprecia a nuestras gentes, y nos ha edificado una Sinagoga]

5 Al entrar en Cafarnaum, se le acercó el Centurión, suplicándole,

6 en estos términos: Señor, mi criado yace en casa, paralítico, y sufre mucho.

7 Jesús le dijo: Yo iré y le curaré.

8 Señor, replicó el centurión, yo no soy digno de que entres en mi casa; di solamente una palabra y mi criado quedará curado.

9 Porque también yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados a mis ordenes, y digo a uno : Ve, y va; al otro: Ven, y viene; y a mi criado: Haz esto, y lo hace.

10 Al oírle Jesús, quedó admirado y dijo a los que le seguían: En verdad os digo: No he hallado fe tan grande en Israel.

11 Y os aseguro que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham y Jacob, en Reino de los Cielos;

12 mientras que los hijos del Reino serán arrojados fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el crujir de dientes.

13 Y dijo al centurión: Vete; hágase conforme has creído [(Lc 7) 10 Al volver, los enviados encontraron sano al criado, que había estado enfermo]

 

      Este centurión es el primer romano que aparece como convertido, o al menos influido por la gracia, ante las obras y enseñanzas de Jesús. Pero no será el único; luego será el centurión que comandará los soldados que crucificarán a Cristo, y más tarde, en los Hechos de los Apóstoles se habla de la conversión del centurión Cornelio y de toda su familia.

      Un centurión era un oficial que tenía mando sobre cien soldados. Vendría a ser como hoy en día el capitán de una compañía, en un Ejército moderno. El que nos presenta  el evangelio, manifestó hacia su siervo un sentimiento realmente caritativo, cosa rara en el mundo romano. Los esclavos eran vendidos cuando enfermaban o envejecían, como los animales o enseres inservibles.

 

 

Aspecto de un Centurión romano

      El centurión de este primer relato tenía aprecio, o cuando menos respeto por la religión judaica. Es curioso que envía previamente emisarios, temiendo el rechazo de Jesús. San Lucas complementa el relato, básicamente de san Mateo, con la petición de los ancianos enviados "... bien merece que le hagas este favor, pues simpatiza con nuestra gente, y nos ha levantado una sinagoga ...". Cuando Jesús se acerca, él mismo le suplica la curación, con una curiosa exhortación basada en argumentos de autoridad: "... porque también yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados a mis ordenes, y digo a uno : ve, y va; al otro: ven, y viene; y a mi criado: haz esto, y lo hace ..." Es un argumento sorprendente, pero Jesús lo valora, públicamente, como un acto de fe.

      El hecho de que un centurión romano pudiera construir una Sinagoga para los judíos, puede parecer extraño, y hasta poco creíble, sin embargo en sus comentarios al evangelio de san Lucas, el dominico P. Lagrange (ver bibliografía) dice lo siguiente: "... se admite generalmente que este centurión estaba destinado al servicio de Herodes Antipas ..." y añade después: "... cuando estaban fuera del servicio militar propiamente dicho, los centuriones se dedicaban a oficios tales como la explotación de minas ..." Es decir, podían actuar como empresarios de la construcción u otras actividades similares.

      El otro Centurión que aparece en el relato evangélico es el que mandaba el grupo de soldados que ejecutaron la Crucifixión de Cristo, La tradición lo identifica con el nombre de Abenader, y así lo designa la visión mística de la beata Ana Catalina Emmerich (y la película de Mel Gibson).

      Jesús muere con "gran voz" ante el estupor del Centurión: "... el Centurión, que estaba presente, viendo que expirase con gran clamor, dijo: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios ...". Era un hecho extraordinario, porque los crucificados morían faltos de respiración. El centurión, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce públicamente la filiación divina de Jesús. Por esto, también se le supone con razón, un converso.

      Por último está el caso del Centurión Cornelio; el único que es conocido por su nombre. Destacado en Cesarea, la capital política de Judea, es el primer gentil converso, y como tal bautizado, que aparece en el Nuevo testamento. Los Hechos de los Apóstoles lo narran con bastante profusión, y tiene una gran trascendencia, porque el pueblo judío había sido siempre muy endogámico y no admitía fácilmente la entrada de conversos de otras etnias; pero no era esta la enseñanza de Jesucristo: "... y os aseguro que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham y Jacob, en Reino de los Cielos ..." San Pedro acogió pues al Centurión Cornelio, y dice la tradición que fue el primer obispo de Cesarea.

 

Tres personajes de autoridad:

 

      Estrictamente, no hay motivo para suponer que estos tres militares romanos son un mismo personaje, aunque naturalmente no es imposible. Para que esto fuera posible, habría tenido que ser trasladado de Cafarnaun a Jerusalén, y de allí a Cesarea Marítima en el espacio de unos dos años, y además haberle tocado dirigir la crucifixión del Calvario. Ciertamente no es descartable, pero la probabilidad es realmente muy pequeña. Ni siquiera se puede comparar con la unificación que se hace en el caso de María Magdalena, María de Betania y la pecadora de Galilea de la que habla san Lucas; en este caso de las mujeres, la posibilidad de que realmente se trate de la misma mujer, con ser improbable, tiene una cierta base.

 

      Estos tres Centuriones son un claro ejemplo de la universalidad de la Iglesia que Cristo vino a crear: "... vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el reino de Dios ..." (Lc 13, 29). No en vano, tras el exhaustivo trabajo apostólico de san Pablo por los territorios gentiles de Asia Menor, los Apóstoles, con el Primado de Pedro, se trasladaron a Roma, la capital del Imperio. Así pues, que tres militares de las fuerzas de ocupación romanas en Galilea y Judea, aceptaran la fe de Cristo, es una muestra de cómo la Providencia dirige a su Iglesia y la lleva a dónde quiere, tocando el alma, a veces incluso de sus enemigos como en el caso de san Pablo, y en otros como este que contemplamos, con tres funcionarios gentiles, que representaban la autoridad.

 

      Juan Manuel Igártua, en su libro "El Misterio de Cristo"; a raíz del conocido pasaje sobre la legitimidad de pagar el tributo al César, escribe: "... Jesús reconoce en el poder ejercido, al menos legalmente, una autoridad dada por el mismo Dios. Dice en efecto a Pilato, cuando éste alega su poder judicial para condenarle a muerte: 'no tendrías este poder, si no te fuese dado desde arriba' (Jn 19, 11). Parece claro que Jesús reconoce en el poder legal del Procurador romano una potestad dada 'desde arriba', es decir por el Padre. Es la doctrina que enseñará san Pablo a los romanos respecto a la autoridad: 'todo poder viene de Dios, y el que resiste al poder, resiste a Dios' (Rom 13, 1 - 7).

 

 

El Camino de la Cruz

 

      "VIA CRUCIS". Así denominamos a la piadosa devoción que contempla paso a paso el doloroso camino de Jesús hacia la roca del Gólgota y su crucifixión. Esta devoción, que se remonta a los primeros cristianos en Jerusalén, era practicada en el camino mismo, reciente, por el que Jesús mismo había sido conducido, hecho una llaga viva por el suplicio al que había sido ya sometido. Se dice que la propia Virgen María inició esta devota práctica acompañada de los Apóstoles, por estas calles de la Vía Dolorosa.

 

      Hoy, esta Vía Dolorosa se corresponde sólo aproximadamente con la que recorrió Jesús. Después de la destrucción del año 70, el trazado de las calles no fue reconstruido tal como era; la nueva Aelia Capitolina que edificaron los romanos, sobre los escombros de la antigua Jerusalén, era una ciudad distinta. Sin embargo, y puesto que la situación del Pretorio de Pilato y la del Gólgota están muy claramente definidas, esta Vía dolorosa es una razonable aproximación, realizada sobre las calles actuales, entre los dos puntos de referencia (principio y final). Como ya hemos comentado otras veces, la visión contemplativa no precisa de hitos absolutamente fidedignos ni de reliquias certificadas para que podamos acercarnos con el pensamiento y la imaginación a la dolorosa Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

 

      El recorrido no es muy largo, sobre todo si tenemos en cuenta que el Calvario no era una montaña como frecuentemente se suele representar, sino solamente una pequeña elevación rocosa del terreno, en la que probablemente se realizaban este tipo de ejecuciones, que pretendían ser ejemplares. A muy poca distancia de la muralla,  junto a la puerta llamada de Efraim; los caminantes que cruzaban esta puerta, en dirección noroeste, forzosamente debían toparse con ellas. La prueba de que era un lugar utilizado no sólo para Jesús, está en la ejecución simultánea de los dos ladrones. Estos reos nada tenían que ver con los motivos que se adujeron contra Jesús, que en realidad era condenado por cuenta de otros.

 

El texto evangélico:

 

      El Via Crucis tradicional, cuyas catorce estaciones se han seguido sin variación, probablemente desde aquellos primeros cristianos de Jerusalén que hemos mencionado, incluye, además de lo narrado en los evangelios, la contemplación de unos hechos que, aunque no constan en el texto evangélico, constituyen una arraigada tradición en el pueblo de Dios. Tales son: las tres caídas, el encuentro de Jesús con su Madre, y la Verónica.

 

      Veamos, pues, cual es el texto concordado correspondiente al camino hacia el Calvario, es decir, hasta justo antes de ser despojado de sus vestiduras y crucificado:

 

"... 31 Y después de burlarse de El, le quitaron el manto, y poniéndole su vestimenta, le llevaron a crucificar. [(Jn 19) 17 Y cargaba consigo la Cruz]

32 Saliendo, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón [(Mc 15) 21 padre de Alejandro y Rufo (Lc 23) 26 que venía de una granja.] A él le obligaron a tomar la Cruz. [(Lc 23) 27 Le seguía una gran muchedumbre del pueblo, y de mujeres que lloraban y se lamentaban por El. (28) Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos, 29 Porque he aquí que vendrán días en que se diga: Dichosas las estériles, y dichosos los vientres que no concibieron, y los pechos que no amamantaron. 30 Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Sepultadnos. 31 Porque si hacen eso con el árbol verde, ¿en el seco, qué se hará? 32 También eran conducidos dos malhechores para ser ajusticiados con El]

33 Y vinieron al lugar llamado Gólgota, esto es lugar de la calavera ..." [Mt 27, 31-33 (Mc 15, 20-22; Lc 23, 26-32; Jn 19, 17)]

 

      Para enlazar con la práctica tradicional del Vía Crucis, la pieza fundamental está en el episodio del Cireneo. La ayuda del cireneo seguramente fue necesaria ante el evidente desfallecimiento de Jesús. En los evangelios, como hemos dicho, no constan las caídas que veneramos en el Vía Crucis, pero no hay ninguna duda de que debió de haberlas. En todo caso la Cruz pesaría mucho y no se sabe con seguridad si Jesús llevaba sólo el travesaño, como era frecuente, o como creen otros llevó la Cruz entera. También la flagelación, cuyas marcas están muy evidentes en la Sábana Santa, fue un castigo que pudo haber sido mortal por sí mismo, pero que además causó una gran debilidad en el cuerpo de nuestro Señor, especialmente debido a la pérdida de sangre.

 

      Por esto, en esta práctica del Vía Crucis se contemplan tres caídas que, en cambio, no se mencionan en los textos evangélicos. Respecto al encuentro con la Virgen, y el episodio de la Verónica son dos tradiciones, como hemos dicho, muy arraigadas, la primera de las cuales es tan verosímil como la que se admite, piadosamente, de la aparición de Jesús resucitado, a su Madre. En cuanto a la segunda, se cree que el personaje de esta Verónica se trata de la hemorroísa que Jesús curó en Cafarnaúm cuando se dirigía a resucitar a la hija de Jairo. No es un hecho contrastado pero, como tradición, tiene una muy amplia base y una gran antigüedad.

 

El Vía Crucis de base evangélica:

 

      En los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, se ha promovido en la Iglesia un nuevo Vía Crucis, que contiene catorce estaciones cuyo contenido está en los evangelios. En él se suprimen estas tradiciones de que hablamos. A algunos fieles no les acaba de encajar este cambio que, sin embargo, añade contemplaciones como la oración en el Huerto, la traición de Judas, las negaciones de Pedro, la flagelación, etc.

 

      Ciertamente, lo que más rechazo causa, es la desaparición del encuentro de Jesús con su Madre; también extraña que se suprima el hecho del despojo de las vestiduras que, aunque no tiene un texto evangélico explícito, en cambio, el contexto del reparto de la ropa de Jesús lo confirma sobradamente. Este despojo era práctica habitual entre los sayones del Imperio, y formaba parte de la humillación extrema de tan terrible e insoportable tormento, de una crueldad difícil de imaginar.

 

      Estas "carencias" del nuevo Vía Crucis, no obstante, son secundarias, si la contemplación de las nuevas estaciones se hace con unción y se acompaña, como suele hacerse, con la lectura de los correspondientes textos evangélicos. Veamos cómo quedan estas nuevas catorce estaciones:

  

  1. Jesús en el Huerto de Getsemaní

  2. Jesús, traicionado por Judas, es arrestado

  3. Jesús es condenado a muerte por el Sanedrín

  4. Jesús es negado por Pedro

  5. Jesús es juzgado por Pilato

  6. Jesús es azotado y coronado de espinas

  7. Jesús carga con la cruz

  8. El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

  9. Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

10. La crucifixión del Señor

11. Jesús promete su reino al ladrón bueno

12. Jesús colgado en la cruz, su Madre, el discípulo

13. Jesús muere en la cruz

14. Jesús es colocado en el sepulcro

 

 

 

La "síntesis" contemplativa:

 

      Como es claramente visible, se podría realizar un compendio de ambas contemplaciones, la tradicional y la evangélica. De esta forma se tendría un Vía Crucis que, comenzando en el Huerto de Getsemaní, contendría un total de 18 estaciones añadiendo una caída (en lugar de tres), el encuentro con María, la Verónica, y el despojo de las vestiduras. Naturalmente no es recomendable alargar tanto esta devoción, sin la aceptación de los fieles; por esto, lo que se hace generalmente en algunas Parroquias y Comunidades religiosas es alternar una y otra versión de esta edificante devoción que contempla el sagrado misterio de nuestra Redención.

 

      Pero en ningún caso sería conveniente que se postergara la versión clásica con las caídas, etc. Estas tradiciones, aún no teniendo base escriturística, son patrimonio de la fe del pueblo de Dios, y por ende, de la Iglesia, y deben ser respetadas. En todo caso, nos permitimos recomendar en forma de oración personal, esta síntesis de dieciocho estaciones. Sin duda su contemplación añadirá gran consuelo espiritual, y puede acercarnos mucho a vivir los padecimientos que Jesús aceptó voluntariamente para el perdón de nuestros pecados y abrirnos las puertas del Cielo.

 

 

San Juan Bautista, el Precursor

"... Hubo un hombre enviado por Dios, su nombre era Juan. Este vino como testigo para declarar en favor de la luz, a fin de que por medio suyo todos creyesen. No era él la luz, sino testigo para declarar en favor de la luz ..." (Jn 1, 6 - 8); "... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y nosotros hemos admirado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de Gracia y de verdad. Juan declara en su favor, y exclama: Este es aquel de quien dije: El que detrás de mí va a venir tiene preferencia sobre mí, porque existía antes que yo ..." (Jn 1, 14 - 15)

     

      Así menciona san Juan Evangelista la vocación del Bautista en el inicio de su evangelio, el denominado "prólogo", en el que resume todo el proceso de la venida de Dios Hijo (el Verbo) y su vida pública.

 

      La figura de este Precursor tiene una gran trascendencia para la obra de Cristo. Es un personaje que, aunque suficientemente citado en los evangelios, su actividad apostólica pasa un poco desapercibida, máxime si tenemos en cuenta que debió comenzar su Bautismo penitencial, antes de que Jesús comenzara su vida pública. Y es que, ciertamente, esta predicación en las zonas desérticas de la orilla oriental del Jordán (parte de la actual Jordania) constituyó la forma de que se valió la Providencia, para "preparar los caminos del Señor".

 

      En efecto, muchas veces se ha considerado la brevedad de la vida pública de Jesús que, por otra parte, permaneció oculto en Nazaret hasta la edad de treinta años, edad que la Ley tenía prevista para ejercer como Doctor. Pero no es esta la única razón. En efecto, Jesús supedita su acción Redentora a la voluntad del Padre, y sabe que Dios ha dispuesto la figura del Precursor. Así pues, mientras la Sagrada Familia reside en Nazaret, siguiendo los planes del Padre, Juan ha comenzado a Bautizar en la Perea al otro lado del Jordán. No sabemos cuándo inició el bautismo penitencial el Precursor, pero es coherente pensar que cuando Jesús fue para ser bautizado, cumplidos ya los treinta años, el Bautista llevara ya mucho tiempo, como decimos, predicando y bautizando en el desierto.

 

"... En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, Tetrarca de Galilea, y Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias, tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, fué dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto, y vino por toda la región del Jordán predicando el bautismo de penitencia en remisión de los pecados, según está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: "Voz que pregona en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo valle sea rellenado, y todo monte y collado allanado, y los caminos tortuosos rectificados, y lo escarpado sea nivelado. Y toda carne verá la salvación de Dios ..." (Lc 3, 1 - 6)

 

"... Acudían a él de toda la región de Judea, todos los moradores de Jerusalén, y se hacían bautizar por él en el río Jordán, confesando sus pecados ..." (Mc 1, 5)

 

      Si observamos las referencias temporales, todas ellas permiten este margen en la misión del Bautista, antes de la llegada de Cristo (*). Pero hasta que llegó este momento, Jesús mantenía su vida oculta, obediente a san José y a su Madre, y sin duda comenzó a ayudar en los trabajos del taller, en los que con el vigor propio de su juventud, pudo empezar a suplir la natural fatiga de su padre, que también avanzaría en edad. Y así, tras la muerte de san José, cuya cronología desconocemos, es comunmente aceptado que Jesús ejerció, algún tiempo, el oficio de su padre. Así se deduce del texto de san Marcos (Mc 6, 3)

 

      María esperaba el momento de la partida definitiva de su Santísimo Hijo, nuestro Redentor. Y ese día llegó. Jesús tendría algo más de treinta años, y según la Antigua Ley, podía ejercer como Doctor. Dios tenía previsto desde la eternidad cuándo sería este momento, y quiso que también los requisitos legales fueran cumplidos. Ese día, Jesús se despide amorosamente de María, a la que volverá a ver en Caná, y en gran parte de la vida pública, pero que con su partida queda sola en Nazaret, sin duda encomendando a Dios Padre la obra que su Hijo iba a comenzar.

 

      Observemos que, antes de que Jesús hubiera cumplido los treinta años, tampoco los debía tener Juan Bautista. Hay comentaristas que creen que Juan comenzó su predicación también a los treinta años, pero probablemente, para ejercer de Precursor, el Bautista no tuvo que esperar tanto. En efecto, si leemos lo que los evangelistas describen de su predicación, se ve claramente que no ejerce propiamente de Doctor de la Ley, sino que predica la penitencia y la conversión, a la espera del Mesías. Jesús sí ejercerá de Doctor, y enseñará "su" doctrina, la del Padre Celestial que le ha enviado.

 

      Jesús se encaminó hacia el valle del Jordán, y cruzando por el vado de Salim y Enon (Ver mapa), se dirigió a la Perea, donde Juan bautizaba, al otro lado de Jericó.

El Bautismo de Jesús:

 

"... [(Lc 3) Después que todo el pueblo se hubo bautizado (Mc 1) vino Jesús de Nazaret de Galilea y fué bautizado por Juan en el Jordán] Juan intentaba disuadirlo diciendo: soy yo quien tiene necesidad de ser bautizado por tí y ¿vienes tú a mí? Jesús le respondió: Déjame hacer ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan le dejó hacer. Una vez bautizado Jesús salió del agua [(Lc 3) Estando en oración] Súbitamente los cielos se abrieron; y vió al Espíritu de Dios descender como una paloma y venir sobre El. Y una voz, que venía del cielo, dijo: "Este es mi Hijo muy amado en quién me complazco" [(Lc 3) Tenía Jesús al comenzar, unos treinta años] ..." (Mt 3, 14-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-33)

 

      Cuando Jesús fue a bautizarse, san Juan Bautista posiblemente hacía mucho tiempo que no veía a Jesús. Existe incluso la posibilidad de que no se hubiesen visto más que ocasionalmente en la infancia, y probablemente con ocasión de la celebración de la Pascua en el Templo de Jerusalén. Sí sabemos que el Bautista se retiró al desierto relativamente pronto, aunque no iniciara enseguida su misión precursora. (Lc 1, 80)

 

      Así pues el Bautista pudo conocer a Jesús por inspiración del Espíritu Santo, lo que no sería sino uno más de los acontecimientos extraordinarios que los evangelios describen con ocasión del Bautismo de Jesús.

 

      Jesús coincidió con el Bautista durante poco tiempo; san Lucas menciona su apresamiento muy al principio de su evangelio, poco después de la narración del Bautismo de Jesús, pero si nos fiamos de la cronología de san Juan, mucho más precisa, este apresamiento, siendo también prematuro, se situaría después de la Pascua del primer año de vida pública de nuestro Señor.

 

      En este viaje de Jesús a Judea, no volvió directamente a Galilea como hizo en las otras ocasiones, sino que estuvo predicando por la región, al norte de Jerusalén, durante un período de tiempo indeterminado en el que, según san Juan evangelista, sus discípulos bautizaban también. Veamos la cita:

 

"... Pero cuando conoció Jesús que los fariseos habían sabido que El reunía más discípulos, y bautizaba más que Juan, aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos, dejó la Judea y partió nuevamente hacia Galilea ..." (Jn 4, 1-3)

 

      Así, Jesús vuelve nuevamente a Galilea, donde permanecerá hasta bien entrado el tercer año de su vida pública, y lo hace para no competir con el Bautista. Jesús quiso que fuera Juan, al menos hasta que fue encarcelado y posteriormente decapitado, el que se ocupara de Judea, mientras El evangelizaba Galilea; y con ella la gentilidad del norte, por el camino de Damasco y, por la costa, hasta Tiro y Sidón. Es decir, la predicación de Jesús no era alternativa, sino complementaria de la misión de Juan. Por esto El llegó en el momento preciso, dejando para el final, desaparecido ya el bautista, la región de Judea en la que iba a dar su vida por todos los hombres, judíos y gentiles.

 

Muerte del Bautista:

 

      Juan Bautista debió estar en la cárcel alrededor de un año. Desde allí, sabemos que siguió en contacto con sus discípulos, y por tanto, su labor apostólica pudo continuar; así lo revela el evangelio de san Mateo: "... Juan, enterado en la cárcel de las obras de Cristo, envió a sus discípulos para que le preguntasen: ¿Eres Tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? ..." Mt (11, 2-3). Jesús les responderá: "... Id y anunciad a Juan lo que estáis oyendo y viendo: Los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados ..." Mt (11, 4-5). Luego es evidente que la prisión de Juan no le impidió hablar con los suyos. Este carácter atenuado de la prisión de Juan, se puede intuir también en el relato de la muerte del Precursor.

"... Herodes había hecho prender a Juan y le había encadenado en la prisión, por causa de Herodías, la esposa de Filipo, su hermano, con la cual se había casado. Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano. Por lo cual Herodías le guardaba rencor y deseaba matarlo, aunque no podía, pues Herodes sentía respeto hacia Juan, ya que lo consideraba hombre santo y justo, [(Mt 14) él hubiera querido matarle, pero tuvo miedo del pueblo que le tenía por profeta], y procuraba protegerlo. Y cuando le oía, se llenaba de perplejidad, aunque lo escuchaba de buen grado ...."

 

      Vemos que tanto san Mateo como san Marcos dicen de Herodes que respetaba al Bautista, aunque san Mateo lo atribuye a la opinión del pueblo. En ambos casos se entiende que gozara de un trato relativamente respetuoso, dentro de la dureza de las prisiones de la época.

 

"... Habiendo llegado un día propicio, cuando Herodes, con ocasión de su cumpleaños, dio un convite a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la tal Herodías y con su danza agradó a Herodes y a sus comensales. Y dijo entonces el rey a la joven: Pídeme lo que quieras y yo te lo daré. Y le juró: Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino. Ella, saliendo de allí, le dijo a su madre: ¿Que pediré? Esta le contestó: La cabeza de Juan el Bautista. Y volviendo con toda prisa hasta el rey, le expresó su petición: Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. Se entristeció el rey, pero no quiso negarle lo que pedía, a causa del juramento y de la presencia de los invitados ..." (Mc 6, 17-29; Mt 14, 3-12)

      Como acabamos de ver, de la muerte de san Juan Bautista el evangelio da una narración muy viva. Pero es que es éste un hecho muy notable, porque también lo describe el historiador Flavio Josefo, que además, aporta detalles de lugar y tiempo muy interesantes. Aunque sólo fuera por este pasaje, la confirmación histórica de Flavio Josefo debiera bastar a los reticentes, respecto a la autenticidad de los hechos narrados por los evangelistas. Sería innecesario el discutido "testimonium flavianum" en el que se nombra específicamente a Jesucristo.

      El hecho descrito sucedió en la fortaleza de Maqueronte, en la orilla oriental del mar Muerto, y en territorio de la Perea, dentro de los dominios de Herodes Antipas. Esta fortaleza servía de palacio a Herodes, cuando se encontraba en la zona, alejada de Galilea. Su construcción se debió, como tantas otras fortalezas, a su padre Herodes el Grande.

      San Juan reprochaba a Herodes su adulterio con la mujer de su hermano. Es curioso observar, no obstante, que la animadversión la recibía el Precursor, principalmente de Herodías, la mujer. Como hemos visto, Herodes, a pesar de haber apresado a san Juan, no quería su muerte.

      Flavio Josefo añade algunos detalles a la narración, entre ellos el nombre de la hija de Herodías: "en un viaje a Roma había conocido Herodes a la mujer de su hermano, Herodías, y tanto le gustó que le ofreció su mano. Herodías la aceptó, aportando al matrimonio una hija suya llamada Salomé". El evangelio habla solamente de la hija de Herodías, pero no da su nombre. Lo que queda claro, según Josefo, es que la llamada Salomé, no era hija de Herodes Antipas.

      Los discípulos de Juan recogieron el cadáver y lo enterraron. Esta tumba se venera en Sebaste (la antigua Samaria) pero la cabeza cambió de lugar varias veces. En la actualidad, un trozo del cráneo del Bautista se conserva en la catedral francesa de Amiens, traída desde Constantinopla por los Cruzados.

Antecedentes:

 

      Es por san Lucas, en su primer capítulo, dedicado a la infancia de Jesús, que conocemos el origen y los antecedentes del Precursor. Sabemos que es el hijo del sacerdote Zacarías y su esposa Isabel, que era tenida por estéril. La concepción se produjo por una gracia extraordinaria, anunciada por el Arcángel Gabriel a su padre. La lectura completa de este primer capítulo de san Lucas da una composición muy completa de las circunstancias de lugar y tiempo que sitúan a Juan Bautista en relación con Jesús, debido al parentesco de la Virgen María con santa Isabel.

 

      Este parentesco no se define con absoluta claridad, aunque se las suele considerar primas de primer grado (lo que decimos primas hermanas) por una tradición que señala a una hermana de santa Ana, a la que se denomina Hismeria, como la madre de santa Isabel. Pero esta tradición no está suficientemente documentada y el parentesco no puede definirse con precisión. San Lucas que, aunque sin duda conocedor del arameo, era griego de lengua materna, no define a santa Isabel como hermana de la Virgen (recordemos que los evangelistas de origen judío denominan hermanos a los primos) sino que en la traducción latina, la Vulgata la denomina cognata, definiéndola directamente como pariente, pero sin especificar.

 

      La Virgen María, advertida por el ángel del embarazo de Isabel, corre a Ain Karem a unos diez kilómetros de Jerusalén, con el fin de asistirla. Este hecho nos sugiere que, efectivamente el parentesco debía de ser próximo, aunque este dato tampoco es terminante. Lo cierto es que, cercanos o no, Jesús y san Juan Bautista eran parientes y esto, como ya hemos explicado en otra ocasión, no es una circunstancia banal o extraña en la obra de la Providencia. Recordemos que Jesús escoge algunos de sus Apóstoles, parientes entre sí, e incluso primos suyos de primer grado.

 

      Siguiendo el evangelio de san Lucas, tras el nacimiento de Jesús en Belén, y pasado un tiempo de aproximadamente uno o dos años, la visita de los Magos enardece el furor del tirano Herodes, que quiere matarlo. Sabemos que Jesús se salvó de la matanza de Inocentes, porque san José, advertido por un ángel huyó de noche en dirección a Egipto, con María y el Niño ¿Qué ocurrió entonces con el pequeño Juan, hijo de Zacarías e Isabel, habida cuenta de que la distancia entre Ain Karem y Jerusalén es similar a la de Belén, y entraba dentro de la zona expurgada por Herodes? Naturalmente es imposible saberlo, pero existen tradiciones sobre ello.

 

      La tradición más arraigada dice que Santa Isabel, advertida por un ángel como la Sagrada Familia, se escondió. Incluso hay una especie de leyenda sobre un escondite que se abre milagrosamente en una roca al acercarse los soldados. Admitiendo que Dios pudo hacer un milagro para salvar a su Precursor, lo más probable es que se pudieran ocultar de una forma menos extraordinaria. Recordemos que el lugar en el que estuvo Isabel durante su embarazo debió de ser desconocido por los vecinos: "... concibió su mujer Isabel, y estuvo retirada durante cinco meses ..." (Lc , 24). Recordemos que en Tierra Santa, el lugar de la Visitación que se venera está alejada de la iglesia edificada donde se supone nació san Juan.

 

      Finalmente san Lucas nos dirá: "...  Y el niño crecía y se fortalecía en espíritu, y moraba en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel ..." (Lc 1, 80). Y así, durante un tiempo indeterminado, pero sin duda largo, san Juan Bautista vivió como un eremita y se preparó para su misión. Cabe suponerle una gracia extraordinaria, recibida de Dios, que debió iluminarle sobre la proximidad de la llegada del Mesías.

      Se ha dicho por algunos comentaristas que san Juan Bautista estuvo vinculado a la comunidad de los esenios de Qumrán. Como es sabido era esta una comunidad hebrea que practicaba un ascetismo estricto y sus miembros vivían apartados del resto de la comunidad judía. Respecto a esto hay que aducir algunas objeciones, especialmente cuando esta vinculación esenia, algunos pretenden extenderla incluso al propio Jesús que, en este caso sería algo así como un "condiscípulo" del Precursor. Veamos estas objeciones.

 

      Aunque san Juan estuvo bautizando en el vado cercano a Jericó, a poca distancia de Qumrán, está muy claro que su actividad nada tiene que ver con la de los esenios, que vivían en comunidad una especio de monacato, y se dedicaban al estudio de las Sagradas Escrituras. No es imposible que, antes de iniciar su predicación penitencial, pudiera haber pertenecido a esta comunidad, pero es realmente poco probable. Sí puede admitirse que durante el tiempo que estuvo cerca de Jericó tuviese algún tipo de contacto, dado su carácter ascético, pero no una pertenencia digamos "reglada". Fijémonos que los evangelios dan a entender claramente su calidad de anacoreta solitario, que moraba en el desierto: "... Llevaba Juan un vestido de pelos de camello, y un cinturón de cuero ceñía sus lomos, y se alimentaba de langostas y miel silvestre ..." (Mc 1, 6)

 

      Respecto a la posibilidad de la vinculación esenia de Jesús, ésta es absolutamente rechazable. En primer lugar porque sabemos de su vida en Nazaret, donde era conocido como el "carpintero" (san Marcos) o el "hijo del carpintero" (san Mateo), lo que descarta por completo la posibilidad siquiera material. Pero sobre todo, porque Jesús, aún adoptando costumbres propias de los judíos más fieles, no quiso pertenecer a ningún grupo ni secta de las existentes en su tiempo: fariseos, saduceos o, como estamos comentando, esenios.

 

      En el caso del Bautista, sí es posible en cambio, que tuviera un voto de nazareato como consagrado al Señor. Este voto, que es mencionado frecuentemente en la Biblia, es descrito con ocasión del nacimiento de Sansón (Jud. XIII, 5) del que se dice fue consagrado en el seno de su madre. Algunos exegetas asimilan esto con la plenitud de gracia que recibió san Juan en la acto de la Visitación de la Virgen María: "... al oír Isabel el saludo de María, el niño dio saltos de gozo en su seno, y quedó Isabel llena del Espíritu Santo ..." (Lc 1, 41), por esta razón se dice que desde su nacimiento fue nazareo o nazireo y como tal se preparó para su misión durante años de vida contemplativa y austera en el desierto.

 

      Pero la misión del Precursor debía terminar antes de la plenitud de la vida pública de Jesús. Juan era consciente de que él preparaba, por la penitencia, la llegada del Redentor, y por esto, antes de ser apresado, dijo a sus discípulos: "... no soy el Cristo, sino su heraldo. Quien posee a la esposa es el esposo; el amigo que está allí para escuchar la voz del esposo, se alegra intensamente al oír su voz. Esta es mi alegría; ahora es completa ya. Conviene que El crezca y que yo me achique ..." (Jn 3, 27 - 30)

 

      Pero, como no podía ser de otro modo, es el propio Jesús quien define a Juan Bautista y le elogia ante los que le conocieron y son discípulos de Cristo. San Juan está ya en la cárcel y, como hemos visto anteriormente, él mismo orienta a sus discípulos desde allí. Muchos vienen a aumentar los que siguen a Jesús. A todos ellos dice el Maestro: "... En verdad os digo: Entre los nacidos de mujer no ha aparecido ninguno mayor que Juan Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan Bautista, el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Todos los profetas y la Ley, hasta Juan, han profetizado ..." (Mt 11, 11 - 13)

 

 

(*). Tiberio año 14, P. Pilato, 26: Salvo en el caso de Poncio Pilato, las referencias temporales dan todas mucho margen para nuestra afirmación de que el Bautista estaba ejerciendo bastante antes de la vida pública de Jesús. En efecto, Jesús debió comenzar en el año 27 y Los hijos de Herodes estaban en Galiea y Traconítide desde la muerte de su padre, a los dos años del nacimiento Cristo. No obstante, en el caso de Poncio Pilato no hay margen prácticamente, y ello se debe a que san Lucas, en realidad, está presentando el momento en el que Jesús inicia su Misión, y se dirige a ser bautizado por san Juan.

 

 

 

Betania 

"... mientras iban de camino, entró El en cierta aldea; y una mujer de nombre Marta, le dio hospedaje en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, la cual sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba muy afanada con los muchos quehaceres del hospedaje. Y presentándose a Jesús, le dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con toda la labor? Dile que me ayude. Le respondió Jesús: Marta, Marta, te apuras y te afanas en muchas cosas, cuando una sola es necesaria; con razón María ha elegido la mejor parte, la cual no le será quitada ..." (Lc 10, 38-42) 

      Jesús y sus discípulos se dirigen a Jerusalén. La ocasión es la Fiesta de los Tabernáculos, que se celebra entre Septiembre y Octubre (el calendario lunar de los judíos hace variables las festividades), pero Jesús ya no volverá a Galilea porque dará su vida por nuestra Redención en la siguiente Pascua, unos cinco meses después. Durante este tiempo predicará en Jerusalén y por toda la Judea.

      Siguiendo, pues, el camino de Jerusalén que sube desde Jericó, paran en "cierta aldea". Sin duda Betania. Esta ciudad, cercana a Jerusalén, estaba en el camino pasando por el Monte de los Olivos. No se nombra aquí, pero las dos hermanas Marta y María son las hermanas de Lázaro, el que Jesús resucitará poco tiempo después, habiendo sido enterrado. San Lucas no nombra al hermano, pero sí lo hará san Juan repetidamente.

María ha elegido la mejor parte...

      Contemplemos ahora este episodio: María escucha atenta a Jesús, mientras Marta trabaja. Ante la queja de Marta, Jesús le muestra la excelencia de la actitud y de la vida contemplativas. No reprende propiamente a Marta, pero le hace ver lo que realmente es importante.

      Es esta la primera vez en la que que es nombrado el personaje de María de Betania, hermana de Marta. Tal como aparece aquí, no se la puede relacionar directamente con la pecadora que aparece en Galilea (Lc 7, 36 - 50), sin embargo María, aparecerá después, en el evangelio de san Juan y en los de Mateo y Marcos, como la mujer que, en una cena en Betania, unge y perfuma los pies de Jesús; la misma actitud que tuvo la mencionada mujer. También la llamada María Magdalena, que aparece en Galilea entre las santas mujeres que acompañan a Jesús y a su Madre, y después nuevamente en la Pasión y la Resurrección, tiene una actitud parecida. Siempre "a los pies de Jesús".

      El tema de estas tres mujeres y su similitud ya fue tratado en otro momento en esta serie de artículos, por lo que no vamos a incidir de nuevo en ello, pero fijémonos ahora en esta población, Betania, que será mencionada en los evangelios con motivo de tres episodios distintos, todos ellos relacionados con Lázaro y sus dos hermanas. Se ha supuesto, y con razón, que Betania constituyó la segunda "ciudad de Jesús", es decir la "base" de su estancia en Jerusalén, como lo fue Cafarnaum en el caso de Galilea.

      Jesús, durante su predicación en Judea, acudió a Jerusalén principalmente en las fiestas de los judíos. San Juan menciona la de los Tabernáculos, y la Dedicación y, naturalmente, la Pascua, en la que fue crucificado. En todos los casos aprovechó para quedarse unos días y predicar a las gentes que acudían al Templo, porque Jesús, no consta que predicara por las calles, sino en la "casa del Padre", su casa. Durante este tiempo, Jesús permanecía todo el día en el Templo, y después se retiraba con sus discípulos al Monte de los Olivos, donde seguía instuyéndoles y pasaban la noche. Tanto san Lucas como san Juan lo relatan así: "... durante el día enseñaba en el Templo y luego salía a pasar la noche en el monte de los Olivos ..." (Lc 21, 37); "... Jesús se fue al monte de los Olivos, pero al amanecer, de nuevo se presentó en el templo, y todo el pueblo acudía a El. Tomó asiento y los adoctrinaba ..." (Jn 8, 1 - 2).

      Pero en otras ocasiones, Jesús se fue a Betania, y se hospedó en casa de Lázaro. Como hemos mencionado, en los evangelios se narran tres, (Lc 10, 38 - 42; Jn 11, 1 - 44; Jn 12, 1 - 11) aunque se supone, con fundamento, que hubo bastantes más. Podemos considerar que pasaría siempre que viniera del valle del Jordán, muy habitual en los desplazamientos de los judíos, pero además pudo haber otras ocasiones. Por ejemplo, también partió de allí la comitiva del Domingo de Ramos, cuando al pasar por Betfagé tomaron el asno y la borrica. De hecho, podemos deducir que Jesús pernoctaba en el Monte de los Olivos con ocasión de las fiestas, pero pasadas éstas (duraban ocho días), Jesús prolongaba unos días más su estancia y, probablemente, se hospedó de forma habitual en Betania en casa de Lázaro y sus hermanas.

      Esta familia de Betania es considerada por todos los comentaristas como "los amigos de Jesús" y, en algunos casos, esta amistad se supone anterior al comienzo de la vida pública del Maestro. Esto se fundamenta, sobre todo, en un fragmento del evangelio de san Juan, correspondiente a la resurrección de Lázaro. Cuando le envían recado de su enfermedad le dicen literalmente: "... Señor, tu amigo está enfermo ..." (Jn 11, 3). Es difícil establecer el origen de esta amistad; la distancia y los antecedentes familiares de Jesús en Nazaret no lo hacen fácilmente imaginable. Lázaro y sus hermanas disfrutaban de una posición social, y probablemente económica, muy distinta de la de san José y la Virgen María. No es muy creíble que tuvieran trato frecuente. Parece probable, por tanto, que esta amistad se hubiera fraguado durante la vida pública de Jesús.

      Estrictamente, no es posible deducir más; pero hay una posibilidad que, aunque de imposible demostración, está muy arraigada en la tradición cristiana de occidente y que es mantenida por san Agustín en su "concordancia de los evangelios". Se trata de identificar, como hemos apuntado antes, a la pecadora arrepentida que llora a los pies de Jesús en Galilea, con esta María de Betania que "... ha elegido la mejor parte, la cual no le será quitada ..." (Lc 10, 42). Está claro que, en este caso, la amistad de los hermanos de Betania con Jesús, podría deberse al agradecimiento por la conversión de María, tras su vuelta a su casa con ocasión de la fiesta de los Tabernáculos. Es esta una piadosa consideración, que podemos permitirnos, dado el carácter contemplativo de estos comentarios.

Jesús, en Jerusalén

 

      Durante los días que siguieron a la Fiesta de los Tabernáculos Jesús adoctrinaba a los Judíos de Jerusalén, y predicaba habitualmente en los Atrios del Templo y la ladera del Monte de los Olivos. En una ocasión curó a un ciego de nacimiento, y como era sábado, los Fariseos lo acusaban de no observar la Ley. Mientras estuvo predicando en Judea, y particularmente en la ciudad de Jerusalén, Jesús tuvo muchos encontronazos dialécticos con los Fariseos que son narrados con mucho detalle por el evangelista san Juan, a raíz de esta curación, y hechos posteriores.

 

      Después de esto, el evangelio de san Lucas, explica cómo encontrándose en "cierto lugar" les enseñó el Padrenuestro. Este cierto lugar lo señala la tradición como una gruta en el Monte de los Olivos donde Jesús solía pernoctar con sus discípulos, y es venerado por los peregrinos de Tierra Santa. Jesús había enseñado esta oración en Galilea (en el Sermón de la Montaña), y la repite para los judíos de Jerusalén.

 

Predicación por la Judea

 

      Pasados unos días muy intensos, en los que Jesús fue acogido por una gran multitud: "... Entre tanto, habiéndose reunido mucha gente, hasta el punto de atropellarse unos a otros ..." (Lc 12, 1), dejó la ciudad de Jerusalén y siguió predicando por caminos y aldeas, hacia el norte y también al otro lado del Jordán (Perea). María debió de quedarse en Betania, junto a sus hermanos. Si María de Betania fue la pecadora de Magdala, sería razonable pensar que desea permanecer en su casa familiar, de la que tanto tiempo estuvo ausente, al menos hasta el regreso de Jesús. Si, por otra parte, hay una María Magdalena y una María de Betania, la primera debió de seguir a Jesús, mientras la segunda se fue a su casa, porque en ella habría residido siempre.

 

      Pero hay otra posibilidad que podemos piadosamente contemplar: La Virgen María pudo también permanecer en Betania con los hermanos de Lázaro. Efectivamente, en el tiempo de la predicación en Galilea, Jesús quiso probablemente, que su Madre viviera de una forma estable en Cafarnaum, en la casa de san Pedro. Tal se deduce de la narración, y así lo hemos descrito en su momento. Pero ahora Jesús no tiene un lugar "... donde reclinar la cabeza ..." (Lc 9, 58), va por los caminos y duerme al raso, o allí donde le ofrecen cobijo. ¡Qué mejor para su Santísima Madre que quedarse al cuidado de sus amigos de Betania!

 

      Así lo queremos contemplar. Mientras Jesús recorre Judea, su Santísima Madre se queda en Betania con los hermanos. Jesús volverá, como se ha dicho, en varias ocasiones: La Fiesta de la Dedicación (Diciembre - Enero), también irá resucitar a Lázaro poco después, y finalmente a preparar su Sacrificio Redentor; primero eucarístico, y después cruento en la Cruz. A partir de este planteamiento, toda la tradición que sitúa a María Magdalena (¿o de Betania?) siguiendo la Pasión junto a la Virgen María, además de una piadosa consideración, tendrá su fundamento en esta composición de lugar.

 

 

NAVIDAD, Dios se hace niño

8 Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando el rebaño.

9 Se les presentó un ángel del Señor, y les envolvió la luz de Dios y quedaron ellos sobrecogidos de gran temor.

10 Díjoles el ángel: No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría para todo el pueblo:

11 os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador que es el Mesías, el Señor.

12 Esto tendréis por señal: encontraréis al niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre

13 Al instante se unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo:

14 "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad"

15 Así que los ángeles se fueron al cielo, se dijeron los pastores unos a otros: Vamos a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado.

16 Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre,

17 y viéndole, contaron lo que se les había dicho acerca del Niño.

18 Y cuantos los oían se maravillaban de lo que les decían los pastores.

19 María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.

20 Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había anunciado

(Lc 2, 8 - 20)

 

Los que reconocieron a Jesús Niño

 

      El Hijo de Dios, para redimirnos, quiso nacer en humildad, y así fue como el divino Parto tuvo lugar en la oscura soledad de la cueva o establo. Días vendrán, aunque no sabemos cuándo, en los que volverá en gloria y majestad a juzgar al mundo. Pero en Belén nació humilde e ignorado. Sólo unos pocos tuvieron el privilegio de reconocerlo, y esto fue por una acción extraordinaria de la Providencia, que así lo dispuso. Sabemos por los evangelios, que durante su infancia, Jesús pasó generalmente desapercibido, oculto, pero en algunas ocasiones Dios inspira a algunos testigos el conocimiento de su presencia.

     

 

       En primer lugar, san Lucas refiere un hecho extraordinario: Unos humildes pastores son anunciados por un ángel, del Nacimiento del Mesías. Ocurre a poca distancia, por la ladera abajo, en una zona en que el terreno es propicio y varias grutas naturales permiten imaginar perfectamente la situación. En una de estas grutas, los peregrinos de Tierra Santa suelen oír Misa cuando visitan el llamado "campo de los pastores", rememorando este anuncio angélico a los pastores de Belén.

 

      Es de noche, de pronto "les envolvió la luz", es un hecho extraordinario dentro de un entorno ordinario, lo sobrenatural dentro de lo más natural: el Mesías es anunciado con gloria y poder, en la comunidad más humilde, entre unos pastores que guardan el ganado al raso.

 

 

      Dios se hace asequible a los hombres sencillos, que podrán ir corriendo a adorarle, porque El también ha nacido humilde y sencillo. Nadie más sabrá de su existencia, pero el anuncio del ángel y la multitud angélica que le aclama, excederá toda comprensión humana. Como dirá más tarde el propio Jesús:  "... Yo te alabo y te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeñuelos ..." (Mt 11, 25).

 

      Los pastores, siguiendo la narración de san Lucas: "Así que los ángeles se fueron al cielo", fueron a la cueva y adoraron al Niño. La imaginería navideña, nos proporciona excelentes referencias para contemplar esta escena: buscan al Niño, acostado en un pesebre, le obsequian a El y a sus padres con la sencillez de las gentes del campo, y explican "... lo que se les había dicho acerca del Niño ..."

 

      La narración del evangelio denota entusiasmo, "cuantos los oían se maravillaban" y también se dice que "los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto". En tanto que "María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón".

 

      Y así podemos contemplar cómo, primero los humildes pastores, en la cueva, y después, en la casa, los Magos venidos del extranjero, adoraron a Dios hecho niño. Recordemos también el recibimiento profético que Simeón y Ana otorgan a Jesús al ser presentado en el Templo.

 

      Muchos comentaristas suponen a Simeón permanentemente en el Templo, esperando al Mesías. Sin embargo, notemos que en la narración de san Lucas, va allí movido del Espíritu Santo. También ha habido quien ha supuesto que era, o había sido, Sacerdote como Zacarías, el padre de Juan Bautista, pero no hay verdadera constancia de ello. Lo cierto es que tenía promesa divina de ver al Ungido antes de morir, y el evangelio da fe de su cumplimento.

 

      Simeón ve a la Sagrada Familia cuando ésta entra en el Templo. Probablemente en la puerta de la fachada sur, a la que se accedía a través de escalinatas que llevaban al Pórtico Real, porque era la entrada más lógica para alguien que viniera de Belén. El anciano, inspirado por Dios, los reconoce entre las muchas personas que vienen a la casa de Dios, probablemente con la misma finalidad que los padres de Jesús y pronuncia sus palabra proféticas: "... han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel ..."

 

      José y María eran conscientes de quién era su hijo Jesús, pero no conocían lo que había de ocurrir en el futuro. Reciben con admiración y asombro la profecía de Simeón, y María queda especialmente conmovida por la "espada de dolor" que ha de herirla en algún momento de su vida, por causa de Jesús y su Misión redentora. María, nuestra Madre Dolorosa, habrá de ser testigo del atroz sufrimiento de su Hijo, en su Pasión y muerte, y le tendrá en sus amorosos brazos cuando, descendido de la Cruz con la ayuda de José de Arimatea y Nicodemo, muestre en su cuerpo las tremendas llagas y la profunda herida de su Corazón traspasado. Este Hijo suyo, es ahora un niño de poco más de un mes, del que se anuncian grandes y admirables cosas, pero que nadie puede, ni siquiera imaginar, en qué forma tiene Dios planeado salvarnos de nuestros pecados. Simeón se lo dice a la Virgen María, inspirado por el Espíritu Santo, y ella, como dirá san Lucas en otras ocasiones, "guardará estas cosas en su corazón.

 

Dios nace Niño

 

      La infancia de Jesús es siempre motivo de contemplación y da lugar a piadosas meditaciones. Que Dios quiso hacerse hombre, y padecer por nuestra salvación, en remisión de nuestros pecados, ya es algo absolutamente inconmensurable e incomprensible. Pero Dios no vino al mundo de forma espontánea siendo Jesús ya adulto, como afirman heréticamente algunos, que sitúan este hecho en el Bautismo del Jordán -aunque más tarde acaban negando la divinidad- Dios se hizo Niño, con sus carencias físicas, con sus limitaciones, pero con su naturaleza divina desde el primer instante de su existencia, en el seno de la Virgen. Por esto, insistimos en este comentario: Dios se hizo Niño, con todas sus consecuencias. Como se reza en el Te Deum, "sin desdeñar el seno de la Virgen"

 

      Contemplemos ahora a La Virgen María en su vocación maternal: El Hijo de Dios, débil e indefenso, como todos los recién nacidos, es cuidado, alimentado, limpiado y, sobre todo amado, por la más solícita de las madres. Jesús quiso asumir nuestra naturaleza en todo, excepto en el pecado. Y la asumió, incluso en aquellos males que padecemos por nuestra culpa original. Sufrió carencias y pobreza en su nacimiento, sufrió persecución en su vida pública, y llegó al mayor de estos males dando, en forma cruenta, su vida por nuestra redención.

 

CAFARNAUM "LA CIUDAD DE JESUS"

      Como sabemos, y hemos comentado ya en alguna ocasión, la vida pública de Jesús transcurrió durante más de dos años en Galilea, junto al lago de Genesaret. Allí formó a sus primeros discípulos y eligió entre ellos, a los doce apóstoles. También allí realizó la mayor parte de los milagros, y enseñó a las multitudes que le seguían de un pueblo a otro. Cruzó el lago varias veces para recorrer las poblaciones gentiles de la costa oriental, multiplicó los panes y los peces en ambas orillas, y mantuvo como centro de sus movimientos la población de Cafarnaum. Así llegó a ser ésta, la ciudad de Jesús.

      Cafarnaum era una población, situada en la orilla noroccidental del lago Tiberíades, que constituía un importante centro comercial entre oriente y occidente. Situada sobre la llamada "Vía maris" permitía las comunicaciones marítimas de la populosa Damasco, y por tanto una ciudad de paso de viajeros y caravanas. Precisamente gracias a esta circunstancia, veremos allí a san Mateo (Leví), siendo llamado por Jesús desde su mesa de recaudador de impuestos. Cafarnaum tenía aduana y guarnición romana, y además una Sinagoga de la que se conservan importantes restos. Allí ejerció nuestro Señor como Maestro de la Ley, por propio derecho.

     

      El evangelio de san Juan menciona que Jesús, después de las Bodas de Caná, se estableció allí con María, su madre. Al parecer fue la primera vez, y dice el evangelista que por pocos días: "... Después bajó a Cafarnaum, con su madre, sus parientes y discípulos permaneciendo allí no muchos días  ..." (Jn 2, 12). Probablemente se hospedarían en casa de san Pedro; esto se deduce por el pasaje de la curación de la suegra de Pedro, que ocurrirá más tarde. Pero en esta ocasión está de paso porque venían de las Bodas, y precisamente Pedro no hacía mucho que se había incorporado a los discípulos de Jesús, junto con su hermano Andrés.

      Conviene recordar este encuentro que ocurrió muy lejos de allí, en el lugar en el que Juan (el Bautista) bautizaba en el Jordán: "... Uno, de los dos que había oído a Juan y seguido a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro. Con quien primero se encontró fue con su hermano Simón, al cual refirió: Hemos hallado al Mesías -que quiere decir Cristo-. Le condujo hasta Jesús. Fijando en él su mirada, dijo Jesús: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas -que quiere decir Pedro- ..." (Jn 1, 40 - 42)

      Pero ahora los vemos en Cafarnaum. Desde allí, su predicación se extendía habitualmente por los alrededores, incluyendo algunos pueblos de la orilla nororiental como Betsaida, población natal de los apóstoles Felipe, Andrés, Simón Pedro y los Zebedeo (Santiago y Juan).

      El episodio de la curación de la suegra de Pedro, permite conocer algunos detalles de lugar y tiempo. La localización de la casa de san Pedro en Cafarnaum fue posible porque encima de los restos de una edificación, se encontraron los de una basílica bizantina de planta octogonal. Normalmente, la aparición de señales de culto antiguas, es muestra evidente de que se trata de un lugar considerado como reliquia.

      En este pasaje del evangelio se suele escoger de forma generalizada el texto de san Lucas por ser el más completo. Como se sabe, de san Lucas se cree era médico, y algunos exegetas incluso piensan que en sus descripciones de enfermedades, fiebre, etc. este hecho se trasluce. Nosotros no pensamos que esto sea tan evidente, pero los detalles de la escena son de gran realismo.

      Se advierte, por la existencia de una suegra, que san Pedro estaba o estuvo casado (algunos piensan que era viudo, cuando recibió la vocación) e incluso existe una antigua tradición que le atribuye una hija, venerada como santa Petronila, pero no hay verdaderos fundamentos para ello. Sí es evidente, leyendo el texto, que la casa de san Pedro era el "Cuartel general" de nuestro Señor, durante su larga residencia en Cafarnaum.

      Esta primera predicación, teniendo como base la casa de san Pedro, se extiende como se ve en el texto, no sólo por la Galilea sino también hacia Siria, la Decápolis, etc. es decir por territorio pagano o gentil. Esto volverá a ocurrir más veces durante la estancia en la región del lago Genesaret.

"... 42 Al ser de día, [(Mc 1) antes de amanecer, se levantó Jesús, salió y se alejó a un lugar solitario, donde se puso en oración. Tras El se fueron Simón y sus compañeros, y al encontrarlo le dijeron: Todos te andan buscando. El les respondió: Encaminémonos hacia otra parte, a los poblados cercanos, para predicar yo allí también; pues para esto he venido.] Y cuando dieron con El, intentaron retenerle a su lado. 43 Mas El les dijo: También debo anunciar la buena nueva del reino de Dios a las demás ciudades, pues para esto he sido enviado ..." [Lc 4, 42 - 44 (Mc 1, 35 - 39)]

      Jesús madruga y va al monte a orar. Los peregrinos que han tenido ocasión de recorrer los alrededores de Cafarnaum, desde Tabga hasta el monte de las Bienaventuranzas, pueden imaginar perfectamente los lugares por los que nuestro Señor andaba, oraba y predicaba.

      Jesús pasaba frecuentemente a la orilla oriental, unas veces por mar, o también por tierra hacia Betsaida, es decir por la "vía maris" en dirección a Damasco, como ya hemos mencionado.

"... Su fama se extendió a toda la Siria; y le traían a todos los que se encontraban mal de cualquier clase de enfermedad y oprimidos por cualquier dolor, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. Y le seguía una gran muchedumbre de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén y del otro lado del Jordán ..." (Mt 4, 23 - 25)

      En uno de los episodios más conocidos, el del paralítico, Jesús viene de la orilla oriental, cruza el lago y vuelve a Cafarnaum.  La descripción es magnífica: llega a su ciudad, y las gentes se agolpan a su alrededor hasta el punto de que en su casa (la de san Pedro, sin duda) no caben ni en el patio.

"... Subiendo a una barca, atravesó el lago y vino a su ciudad. Le llevaron allí un paralítico, acostado en el lecho. [(Mc 2) Y tantos se congregaron, que ni en el patio cabían. El les dirigía la palabra. Entonces le trajeron al paralítico, transportado por cuatro personas. Y al no poder presentárselo a causa de la multitud, descubrieron el techo por donde El estaba y, hecho un agujero, fueron descolgando la camilla en que yacía el paralítico ...]  Mt 9, 1-18 (Mc 2, 1-12; Lc 5, 17-26)

      Esta bajada del paralítico desde el tejado, puede resultar chocante, o al menos poco comprensible si pensamos en el tipo de construcción de nuestras casas. Por ello hemos incluido un dibujo comentado, que ilustra muy bien el epidsodio

 

      Pero también Cafarnaum mereció le reprensión de nuestro Señor cuando, acercándose la plenitud de su Misión redentora, se dirigió a Jerusalén para predicar en Judea y, cinco meses más tarde, dar su vida en la Cruz. Jesús, al abandonar Galilea, reprende la incredulidad de los habitantes de estas ciudades ribereñas de Genesaret:

 "... Ay de ti Corazaín!, Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los prodigios que se han realizado en vosotras, hace tiempo que cubiertos de cilicio y ceniza, sentados en el suelo, hubieran hecho penitencia. Por eso, Tiro y Sidón serán tratados más benignamente en el juicio que vosotras. Y tú Cafarnaum, ¿piensas que serás encumbrada hasta el cielo?; pues serás precipitada en el infierno ..." (Lc 10, 13-15)

       Y así fue como la ciudad de Jesús en Galilea, cobijo de tantos milagros y predicaciones, recibe este dolorido reproche de nuestro Señor. Más tarde, también llorará por Jerusalén al contemplarla desde el Monte de los Olivos. ¡Cómo sangra el Corazón de Jesús ante nuestra infidelidad!

 

 

 

Los "hermanos" de Jesús

Mt 12, 46-50 (Mc 3, 31-35; Lc 8, 19-21)

46 Todavía estaba hablando a las muchedumbres, cuando llegaron su Madre y sus hermanos, que se quedaron fuera, y deseaban hablar con El, [(Lc 8) y no podían llegar hasta El, a causa del gentío. (Mc 3) La muchedumbre se había acomodado alrededor.]47 Alguien le dijo: Mira, tu Madre y tus hermanos están fuera y desean hablar contigo.48 El respondió al que se lo había anunciado: ¿Quién es mi Madre y quiénes mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos [(Mc 3) y mirando a los que hacían corro a su alrededor], dijo: Estos son mi madre y mis hermanos.49 Porque mi Madre y mis hermanos son aquellos que hacen la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

      La Madre de Jesús, María Santísima, aparece aquí entre las santas mujeres que acompañan a Cristo. No será la única vez. La Virgen María debió acompañar a Jesús en su misión, al menos en gran parte de ella. Pero aquí, lo que aparece con mucha claridad, y por primera vez es el término "hermanos" de Jesús, que vamos a comentar.

      Gente mal intencionada y con escaso conocimiento, ha querido utilizar este término (que saldrá repetidamente) con la pretensión de negar la virginidad de María y la filiación divina de Jesús. Esto fue así ya desde el siglo IV (Helvidio) y fue combatido por san Jerónimo en su tratado De perpetua Virginitate Mariae adversas Helvidium y por otros Padres de la Iglesia. También en los tiempos actuales, en los que renacen frecuentemente la viejas herejías se pueden ver y oír tales errores, que la magnificación de los medios de comunicación acaba convirtiendo en auténticas blasfemias.

      Los antiguos Padres de la Iglesia griega, especialmente los llamados "Padres Capadocios" (Epifanio, Gregorio Niceno y Cirilo de Alejandría), salvaguardando la virginidad de María, explicaban este problema suponiendo a estos "hermanos", hijos de un primer matrimonio de san José, anterior a su desposorio con la Virgen María. Este error, que también fue refutado por san Jerónimo, es el que dio pie a la idea, difundida por todo el oriente cristiano, de que san José fue elegido para esposo de María por ser viudo y de avanzada edad. Esta idea, tan extendida como equivocada, viene también reflejada en los Evangelios apócrifos denominados "de la infancia".

Los parientes de Jesús

      La verdad de la cuestión está en el uso de la palabra "hermano" que se debe al origen arameo de los evangelios. Hay que tener en cuenta, que aun siendo escritos en lengua griega, sus autores los "pensaban" en su legua materna. No en vano procedían de la enseñanza oral. Pues bien, la expesión "primos" no existe en lengua aramea y se asimila al término "hermanos".

      Esto es así, sin ningún género de duda, y una de las pruebas más evidentes está en el Nuevo Testamento, en el inicio de la la epístola de san Judas y en Mt 13, 55. En efecto, san Judas se dice hermano de Santiago (el menor) mientras san Mateo dice en el evangelio "¿No es Este el hijo del artesano, no es María su madre, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?". Como se ve en el cuadro, la madre de Santiago y José es María de Alfeo, hermana de san José, mientras que Simón y Judas son hijos de Cleofás. Por tanto Jesús, primo de todos ellos, y Santiago y Judas, primos entre sí. De los cuatro nombres citados, el segundo (José), no aparece en el relato evangélico, y se desconoce si se contaba entre los seguidores de Jesús; los otros tres pertenecen, como sabemos, al colegio apostólico.

      Es evidente que se usa indistintamente el término; pero, además no sólo designa lo que llamamos primos carnales, la expresión se usaba en una forma mucho más amplia. Por esto es perfectamente correcto traducir "fratres" de la Vulgata, por "parientes". Más adelante san Juan llamará "hermana" de la Madre de Jesús, a María de Alfeo, (Jn 19, 25) que como se puede observar era su "cuñada" según nuestra forma de hablar.

      Hay que notar que la mayoría de los comentaristas unifican Alfeo con Cleofás, es decir los consideran ambos como la misma persona, hermano de san José, eso sí. Sin embargo, analizando con cuidado todos los lugares en que son citados por los evangelios, se distinguen perfectamente como distintas personas; y teniendo en cuenta que cuando se trata de hermanos de sangre, rara vez se les llama así sino con referencia a sus padres ("... los hijos de Zebedeo ...", "... la madre de los hijos de Zebedeo ...", "... Santiago de Alfeo ..." etc.) cabe afirmar que la expresión "hermanos" no significa lo que habitualmente entendemos.

El parentesco entre los Apóstoles

      Es muy llamativo comprobar cómo, entre los discípulos de Jesús, había muchos emparentados entre sí; y esto ocurría también, como vemos, con el propio Jesús. Sorprende, no obstante, que según expresa san Juan, no todos los parientes de Jesús le creían:  "... Se acercaba la fiesta judía de los Tabernáculos; Sus hermanos -parientes- le rogaron: Sal de aquí y vete a Judea, para que también aquellos discípulos tuyos vean las obras que haces, porque nadie que pretende darse a conocer realiza estas obras en privado. Puesto que haces tales cosas, date a conocer al mundo. Ni sus hermanos creían en El ..." (Jn 7, 2 - 5). Por esto, tampoco debe extrañarnos que el tal José, hijo de Alfeo, no figure entre los Apóstoles; pudo ser discípulo, pero pudo también ser de éstos de los que dice san Juan: "... Ni sus hermanos creían en El ..."

      Así pues, entre los Apóstoles, sabemos que Santiago el menor, Judas Tadeo y Simón eran primos de Jesús y primos entre sí, que Santiago el Mayor y Juan eran hermanos (hijos de Zebedeo) y que Simón Pedro y Andrés, que son denominados "hermanos" en los evangelios, al no ser mencionados sus padres podrían ser primos. También es notable la amistad previa entre Felipe y Bartolomé. Es digno de ser contemplada esta "base familiar" que Jesús mismo escogió de entre los que le seguían, para formar el Colegio Apostólico. En ellos, los naturales "lazos de sangre" que Dios bendice y promueve como base del crecimiento humano, son sublimados por la Gracia y, tras la acción del Espíritu Santo en Pentecostés, serán la base de la definitiva Familia que ha de formar la Iglesia.

      Conviene mencionar aquí, aunque de poca consistencia, por la cual, la madre de los Zebedeo también sería familia de la Virgen María, a través de dos sucesivos matrimonios de santa Ana, después de la muerte de san Joaquín. Esta tradición nace del siglo XV, fruto de una visión mística de una monja de Gante, santa Coleta. Algunos comentaristas de la época la daban por cierta, pero se observa que en esta visión no se distingue la dualidad entre Alfeo y Cleofás que hemos mencionado, y se fuerza mucho la explicación de los llamados "hermanos de Jesús", es decir sus primos.

      No vamos a desarrollar todo este árbol genealógico, bastante complejo por cierto, porque no parecen probables las repetidas nupcias de santa Ana. Lo cierto es que, después del Concilio de Trento, que desautorizó las tradiciones legendarias paralelas a las Sagradas Escrituras, esta genealogía fue desestimada. Centrémonos por tanto en lo que sabemos por los evangelios, que es materia cierta, y sirvan para ello los cuadros genealógicos que hemos aportado. Esto será la base de lo que se puede contemplar respecto a los parientes de Jesús, y el parentesco de los Apóstoles.

 

La concordancia en el Nuevo Testamento

      Al contemplar los hechos evangélicos, tal como solemos hacer en esta sección, nos hemos basado siempre en una narración concordada de los cuatro evangelistas, procurando ver los detalles de lugar y tiempo que nos los sitúan en la Historia. Queremos ahora analizar brevemente el valor y autenticidad de esta narración, y la conveniencia de utilizar estas versiones concordadas.

     La narración que nos muestran los evangelios tiene unas características muy distintas de los relatos bíblicos del Antiguo Testamento. En éstos, la narración histórica, que es verdadera, sin embargo toma literariamente una forma épica, y por tanto, puede haber algo de exageración o desmesura en los detalles narrativos; aunque en lo esencial, se narra un hecho que ciertamente ocurrió. Para entender esto, y compararlo con los textos evangélicos, debemos considerar en aquellos casos, que se encierra en ellos una "verdad esencial". El lector que las acepta con humildad es capaz de percibir nítidamente esta verdad esencial. Pero pensemos que esta aceptación humilde, pasa por "creerse" efectivamente lo que se narra, y tal como se narra.

      En el caso del Nuevo Testamento, además de la verdad esencial hay también una autenticidad narrativa. Es decir, hay detalles de lugar y tiempo de gran fiablilidad. En efecto, al leer los Evangelios, y en general todo el Nuevo Testamento, lo primero que salta a la vista es su absoluta verosimilitud. No hay propiamente un estilo literario, en el sentido de lo que el Papa Pío XII menciona en la encíclica Divini afflante Spíritu, y que se aplica al Antiguo Testamento, sino que es un relato directo y, en muchos casos minucioso de la Buena Nueva del mensaje de Cristo. Esto es así, porque lo principal que encierra dicha narración es precisamente la acción del Verbo, que se encarna en María Virgen y da su vida por la Redención de los hombres. Esto son hechos, que se sitúan en la Historia y que son dados a conocer a todo el mundo, principalmente por los textos evangélicos.

Los cuatro evangelios canónicos

       Pero el relato evangélico tiene además una característica que lo convierte en un caso único, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, y es el hecho de que que esté contenido en cuatro narraciones distintas, de autores también distintos, y que siguen una cronología aproximadamente paralela, pero frecuentemente también complementaria. Es decir, la Iglesia ha colocado en el Nuevo Testamento cuatro narraciones de la vida de Jesús, con el mismo valor canónico. Esto no ocurre, por ejemplo, en el caso de los Hechos de los Apóstoles, que también es un relato histórico. [1]

      Visto con sentido sobrenatural, y aceptando la tutela providencial de nuestro Señor sobre la Iglesia y sobre las mismas Escrituras, podemos pensar sin temor a equivocarnos, que ésta fue sin duda la misión de estos cuatro relatos que figuran en el canon del Nuevo Testamento. Hoy por desgracia, a muchos escrituristas les falta fe en la Providencia y por esto se equivocan gravemente al explicar los evangelios. La concordancia es fruto de esta acción providencial. Por esto cabe perfectamente que nos planteemos esta pregunta: ¿Por qué Dios ha querido que los evangelios fueran cuatro?

      Para entender esto, hay que tener en cuenta que la forma de narrar de los evangelistas es algo restrictiva. En la época, parece que las crónicas escritas no se hacían con un rigor cronológico absoluto, ya que además se tendía a unificar los hechos repetidos. Es posible que esto fuera debido a la necesidad de simplificación propia de la transmisión oral. Se nota por ejemplo en casos como la Multiplicación de los Panes, la expulsión de los mercaderes del Templo, el ciego de Jericó, y otros muchos: Hay Evangelistas que narran un hecho una vez, aún habiendo constancia de, por lo menos, dos distintos. Por esto al cotejar y compendiar las cuatro narraciones, el resultado necesariamente se ha de acercar más a la narración cronológica completa. En nuestra opinión, también esto es una acción de la divina Providencia. Hoy, por desgracia, muchos comentaristas ponen en duda la complementariedad de la que hablamos, y no falta quien niegue incluso el valor histórico de los evangelios, y muy especialmente el de san Juan; pero no vamos a polemizar con ellos, al menos por el momento.

      Nosotros, como siempre, queremos proponer la lectura contemplativa del relato evangélico a fin de facilitar aquella composición de lugar que San Ignacio proponía en los Ejercicios. Para ello seguiremos comentando la vida de Cristo, basándonos en los Evangelios Concordados, pero en este artículo hemos querido poner de relieve la importancia de su complementariedad en la narración. Terminaremos este comentario con un ejemplo tan llamativo como fundamental: la institución de la Eucaristía, concordada de los tres Sinópticos, y a su vez comparada con la Epístola a los Corintios.

 

Ejemplo de concordancia: La institución de la Eucaristía

 

      La institución de la Eucaristía, con las palabras de Jesús al consagrar el pan y el vino, es narrada por san Mateo y san Marcos, prácticamente sin diferencia entre ellos, mientras que san Lucas, que difiere ligeramente, añade dos detalles significativos. Uno que sitúa la consagración del cáliz "después que hubo cenado", y el otro que complementa el destino de la redención referido también a los Apóstoles. El evangelio de san Juan no relata la Institución de la Eucaristía, porque como es habitual sólo complementa lo que, a su juicio, faltaba en los sinópticos. San Juan escribió su evangelio mucho más tarde y, por otra parte, nadie debe olvidar el largo texto con las palabras de Jesús cuando promete la Eucaristía (Jn 6, 27 - 58). Así pues el texto concordado queda como sigue:

 

Mt 26, 26-28 (Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20)

 

26 Mientras estaban cenando, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, y lo partió, y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, Este es mi Cuerpo [(Lc 22) 19 que se entrega por vosotros: haced esto en memoria mía]

27 [(Lc 22) 20 Del mismo modo tomó el cáliz, después que hubo cenado] dio gracias, y se lo dio diciendo: Bebed todos de él

28 Porque ésta es mi sangre, del nuevo testamento, que será derramada [(Lc 22) 20 por vosotros], por muchos, para remisión de los pecados.

 

      Si analizamos este texto, después de haberlo concordado, veremos que coincide también con la fórmula que la Iglesia propone para la consagración en la Santa Misa. Pues bien, este mismo texto prácticamente igual, aparece en la primera Epístola de san Pablo a los Corintios, con ocasión de expresar el respeto exigible en la celebración eucarística. Veamos el fragmento:

(I Cor 11, 23 - 25)

23 Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan,
24  y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía.»
25  Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía.»
 

      Esta comparación debiera bastar a los reticentes. En efecto, san Pablo no realizó ninguna concordancia al redactar su Epístola a los Corintios sino que transcribió, en este caso, la fórmula de la Consagración que ya utilizaba aquella primitiva Iglesia. Al cotejarla con la concordancia que se puede hacer sobre los tres evangelios sinópticos, uno no puede menos que reconocer la coincidencia. Así pues, se puede y se debe admitir que la complementariedad de los evangelios canónicos es un hecho querido por Dios y que, para quien lo quiera admitir, es en sí misma un motivo más de credibilidad.

 

[1] Existen algunos precedentes, en el Pentateuco, y también en las Crónicas que repiten en parte los Libros de los Reyes, pero no son comparables. Los Evangelios, además de ser cuatro, tienen una fidelidad narrativa muy superior.

 

 

 

Entre el Cenáculo y Getsemaní

 

      La lectura de los evangelios, y muy especialmente los evangelios concordados, causan una notable impresión muy especialmente a partir del comienzo de la Santa Cena. Toda la narración evangélica, a partir de esta momento, alcanza una minuciosidad y una verosimilitud ciertamente únicas. Si el lector se asoma a un texto concordado, como ya hemos explicado frecuentemente, puede llegar a "vivir" lo que se narra como si estuviera viendo una película. Esto es muy evidente en la Pasión, pero también en muchos otros momentos; se nota que los evangelistas (y muy especialmente san Juan) lo han sentido así al escribir. Vamos esta vez a contemplar este espacio de tiempo que va, desde el momento en que se acaba la celebración pascual, hasta la entrada en el Huerto de los Olivos, porque las palabras de Jesús adquieren un tono amoroso y confidencial realmente conmovedores.

 

      Como sabemos, al salir del Cenáculo después de la Cena Pascual, Jesús fue con sus apóstoles al Huerto de los Olivos. La narración de los Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es relativamente breve, pero es como siempre san Juan, quien va a enriquecer con los detalles más ilustrativos y, desde luego, aportando con fidelidad las palabras de Jesús.

 

      Ya antes de la cena, san Juan nos habla del alcance de este amor: "... La víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de su tránsito de este mundo al Padre; como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amó hasta el extremo ..." (Jn 13, 1). Toda la Cena Pascual será un acto de amor infinito, en el que se nos da como Verbo encarnado en sustento de nuestra alma: "... Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré en el último día ..." (Jn 6, 54). Pero será después de la Cena pascual, tras la Institución de la Eucaristía, cuando este amor sensible se manifestará de una forma más visible, más textual podríamos decir.

 

Les abre su Corazón

 

      Después de la Santa Cena, y cuando ya se había marchado Judas, tiene Jesús esta entrañable escena con sus apóstoles, a los que "abre" su Corazón. Este Corazón será literalmente abierto de nuevo, en el Calvario, por la acción de la profética lanzada del soldado, al que la tradición designa con el nombre de Longinos. Pero ahora les muestra su insondable amor, instándoles a tomarlo como signo de su propia identidad de apóstoles suyos. Este Corazón todavía palpitante, se estremece con los afectos del amor que profesa a los que creen en El.

 

"... Hijitos, por un poco de tiempo estoy aún con vosotros. Vosotros me buscaréis, y así como dije a los Judíos: Adonde Yo voy no podéis venir vosotros; eso mismo digo a vosotros ahora. Un nuevo mandamiento os doy: Que os améis unos a otros como Yo os he amado, que os améis unos a otros. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros ..." (Jn 13, 31-35)

 

      Poco antes había lavado los pies a sus apóstoles, en un acto de humillación inaudita (era un trabajo de esclavos), y ahora les llama "hijitos" (fillioli dice la Vulgata). San Juan narra la mayor parte de este discurso entrañable en los capítulos 13 a 17, pero no todo transcurre en el interior del Cenáculo; después, dirigiéndose a Getsemaní, Jesús seguirá hablándoles en el mismo tono amoroso y confidencial. Ahora Todavía están en el Cenáculo. Jesús prosigue su discurso amoroso, del que hemos extractado tres párrafos, y que además contiene una buena parte de la base sobre la que se sustenta la doctrina Trinitaria de la Iglesia Católica:

 

"... No se turbe vuestro Corazón, creed en Dios, creed también en Mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si eso no fuera así os lo hubiera dicho. Allí voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os habré preparado un lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros. Sabéis adonde voy, sabéis también el camino. Le dice Tomás: Señor, no sabemos adonde vas ¿cómo podemos saber el camino? Le responde Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí."

 

"Si me hubieseis conocido, también hubieseis conocido a mi Padre; le conoceréis, y de hecho ya le habéis visto. Dícele Felipe: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le responde: Tanto tiempo que estoy con vosotros y ¿aún no me habéis conocido? Felipe, quien me ve a Mí ve también al Padre. ¿Pues cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No creéis que Yo estoy en el Padre, y que el Padre está en Mí? ... Y cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, Yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, Yo lo haré. Si me amáis, observad mis mandamientos y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Paráclito que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni lo conoce; pero vosotros le conoceréis, porque permanecerá con vosotros y estará dentro de vosotros ..."

 

"... Si alguien me ama, guardará mis enseñanzas y mi Padre le amará; y vendremos a él y haremos mansión dentro de él. El que no me ama, no guarda mis enseñanzas. Y mis enseñanzas no son mías, sino del Padre que me ha enviado. Esta cosas os he dicho, estando con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará cuantas cosas os tengo dichas. La paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente .... Mas para que conozca el mundo que Yo amo al Padre, y que cumplo con lo que me ha mandado. Levantaos, vámonos de aquí." (Jn 14, 1-31)

 

Salen del Cenáculo

 

      En este punto salen del Cenáculo. San Mateo y san Marcos escriben ambos "... Y dicho el himno salieron hacia el monte de los olivos... " y así podemos situar su relato en concordancia con san Juan. También estos evangelistas sitúan aquí las promesas de fidelidad de san Pedro, que Jesús desmiente cariñosamente: "... Le dijo Jesús: En verdad te digo que en esta noche, (Mc 14) antes de la segunda vez que cante el gallo, (Mt 26) me negarás tres. A lo que dijo Pedro: Aunque me fuera preciso morir contigo, yo no te negaré. Eso mismo dijeron todos los discípulos ..." (Mt 26, 30 -35; Mc 14, 30)

      El camino que va desde el monte Sión hasta el Huerto de los Olivos desciende por la ladera, pasando por el lugar conocido como san Pedro en Gallicanto, hasta el valle del Cedrón. En el lugar mencionado existe una Iglesia, edificada sobre lo que fue el palacio del sumo sacerdote (ocupado por Anás y Caifás en tiempo de Cristo), y que es visitado por los peregrinos.

                   

      Este Palacio de Caifás estaba bastante cerca del Cenáculo, y Jesús pasó cerca de él cuando bajaba con sus discípulos hacia Getsemaní. En el dibujo ya adjunto se puede observar esta circunstancia, ya que en esta noche triste, pasaron una vez camino del Huerto, para volver luego tras el prendimiento. Los peldaños de piedra que hay en el camino debido a su fuerte pendiente, pueden venerarse hoy aún porque su antigüedad permite considerarlos contemporáneos de Jesús.

 

Oración Sacerdotal de Jesús

      Jesús, camino de Getsemaní, continúa hablando con el Corazón: "... que os améis unos a otros como Yo os he amado ...". Finalmente dirige al Padre lo que la Iglesia ha denominado "la oración sacerdotal". El capítulo 17 de san Juan (versículos 1 al 26), que no podemos transcribir completa por falta de espacio, muestra esta oración en la que ruega por nosotros al Padre:

"... Por ellos ruego: No ruego por el mundo sino por estos que me diste, porque tuyos son. Y todas mis cosas son tuyas, como las tuyas son mías: Y en ellos he sido glorificado. Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en el mundo y Yo vengo a Ti. Padre Santo! guarda en tu nombre a estos que Tú me has dado, a fin de que sean una misma cosa, como Nosotros lo somos. Como estuviese con ellos, Yo los guardaba en tu nombre. He custodiado los que Tú me diste y ninguno se ha perdido, sino el hijo de la perdición, cumpliéndose la Escritura. Mas ahora vengo a Ti y te digo esto estando aún en el mundo, para que tengan en ellos el gozo que Yo tengo. Yo le he dado tus palabras, y el mundo los ha aborrecido porque no son del mundo, como Yo no soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal. No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo ..." (Jn 17, 9 - 16)

      Esta es la oración en la que ruega al Padre por los Apóstoles, y con ellos por todos los que a lo largo de la historia hemos seguido a Cristo y a su Iglesia. A sus discípulos, de los que dice no somos del mundo como tampoco El lo fue, nos invita con ello a apartarnos de este espíritu mundano que aborrece a su Redentor. Jesús, en el insondable misterio de su amor llega a decir:  "... en ellos he sido glorificado ..." Glorificado en nosotros, en los pecadores, los que le negamos tan a menudo, los inconstantes y negligentes ... Ciertamente hasta estos extremos llega la Misericordia de su Corazón amoroso. Pues bien, a cambio sólo nos pide que nos dejemos amar por El, mientras le dice al Padre Celestial: "No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo"

 

 

 

LA RESURRECCIÓN

 

      "Si Jesucristo no ha resucitado, vana es nuestra fe" (1 Corintios 15, 14). Así se expresa San Pablo, para recalcar que la fe en Cristo resucitado es el pilar fundamental de todo el Nuevo testamento, y patrimonio insoslayable de la fe de la Iglesia. Por esto, cuando leemos o escuchamos una exégesis escriturística, lo primordial para conocer si el autor está con la Iglesia, estriba en comprobar si realmente cree en la divinidad de Jesucristo, y su Resurrección.

 

      Esta Resurrección de Cristo, narrada en los evangelios como vamos a ver, es sustancialmente distinta de las otras resurrecciones que Jesús obró en su vida pública. Los evangelios relatan directamente tres: La hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naim y, naturalmente, la de Lázaro de Betania, pero probablemente no fueron las únicas. Jesús mismo da fe de ello cuando los discípulos del Bautista le preguntan en su nombre. Dice el Maestro: "... Los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados ..." (Mt 11, 5). Pero, como decimos, la Resurrección de Cristo es diferente. Nuestro Señor resucita glorioso y triunfante, y su cuerpo deja de ser un cuerpo mortal para ser un cuerpo con las características preternaturales de los Bienaventurados. Ellos lo son, por la Gracia de la Redención, y Jesús por derecho propio, como Dios Hijo.

 

      Jesús tiene cuerpo, pero a diferencia de Lázaro, por ejemplo, ya no ha de morir más. Lázaro, evidentemente, murió dos veces (se venera una tumba en Marsella, de donde se dice que fue obispo). Jesús ya no podrá morir, aunque se hará visible, e incluso tangible en algunos casos, es un cuerpo verdadero, aunque glorioso. Comerá con los Apóstoles y dejará introducir la mano de Tomás en su costado, aunque curiosamente no se dejará tocar por María Magdalena, que se arroja a sus pies. El cuerpo glorioso, a decir de los Santos Padres, posee la agilidad y la sutileza sometidas a su voluntad; sólo se hace visible y corpóreo cuando quiere.

 

      Naturalmente, algunos tal vez hubieran preferido una Resurrección como la de Lázaro: en cuerpo mortal. Probablemente tampoco así hubieran creído. Pero Cristo, al resucitar en cuerpo glorioso, nos ha abierto a nosotros el Cielo: "... En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si eso no fuera así os lo hubiera dicho. Allí voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os habré preparado un lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros ..." (Jn 14, 2 - 3). Para esto es imprescindible la fe, por esto es tan fundamental aceptar estas verdades. Veamos ahora su fundamento evangélico.

 

 

La contemplación de los hechos acaecidos en la Resurrección de Cristo:

 

      Hay una cierta diversidad en las narraciones evangélicas tras la resurrección de Cristo. Las cuatro narraciones son coherentes en sí mismas, como ya es habitual en los evangelios, pero no todas narran lo mismo ni se sitúan en los mismos lugares.

 

      La dificultad en compaginar las cuatro narraciones se debe a que relatan en realidad hechos diferentes, y situados en diferentes lugares, aunque las cuatro arrancan del hecho común y absolutamente coherente de la Resurrección y las primeras apariciones en Jerusalén. A partir de ello, san Mateo narra una aparición multitudinaria en Galilea, en un monte, que es anunciada a las mujeres que van al sepulcro (este anuncio lo narra san Marcos aunque no habla propiamente de tal aparición). Esta aparición será también relatada por san Pablo que cifra en unas 500 personas las que asisten. San Lucas, en cambio, no dice nada de tal desplazamiento a Galilea pero sí habla de la Ascensión en Jerusalén (san Marcos habla de la ascensión sin concretar el lugar). En san Juan se trata de otra aparición en Galilea (junto al lago) después de narrar otras dos en Jerusalén. No llega hasta el relato de la Ascensión porque se acaba el evangelio.

 

      En esta parte de la narración evangélica se puede decir que los cuatro son sinópticos, en el sentido de complementarios. Incluso san Juan, que en la parte descriptiva de la Resurrección no difiere, como siempre, complementa y enriquece con detalles a los otros tres evangelistas.

 

      En una lectura detenida e individual, comparando con el texto completo de los evangelios hasta la Crucifixión, da la sensación de que a partir de la Resurrección el ritmo narrativo varía, avanza rápidamente y se ciñe a lo más importante. En este resumen, queda claro lo siguiente:

 

      1. Cristo se aparece varias veces, primero a las mujeres y particularmente a María Magdalena, y luego a los discípulos de Emaús. Se menciona a su vez que se ha aparecido a san Pedro.

 

      2. Les indica que vayan a Galilea y que allí le verán

 

      3. Antes de que vuelvan a Galilea, se les aparece estando todos reunidos, por lo menos dos veces, en el Cenáculo, en el espacio de ocho días. En la segunda, santo Tomás "toca" las llagas de Jesús.

 

      4. De vuelta ya a Galilea se aparece en un monte (puede ser el Tabor) a un grupo, que san Pablo cifra en unos 500

 

      5. También se aparece a Pedro, los Zebedeos, Tomás etc. (los pescadores) junto al mar de Tiberíades mientras estaban pescando (han retomado su anterior oficio)

 

      6. Después de esto, y sin que la narración aclare el momento, los Apóstoles vuelven a Jerusalén donde se les vuelve a aparecer, les da las últimas recomendaciones y finalmente salen al monte de los olivos y Jesús asciende al Cielo ante ellos. Esto ocurre diez días antes de Pentecostés (que también celebraban los judíos) y ellos se quedan en Jerusalén por expreso deseo de Jesús, a la espera de la venida del Espíritu Santo.

 

      7. Llama la atención la forma misteriosa de estas apariciones, en las que en un primer momento no le reconocen. Es curioso observar que no le reconocen por su apariencia y sí claramente por sus palabras o acciones. Este hecho no añade ni quita ningún motivo de credibilidad, pero permite reflexionar sobre la resurrección de los muertos prometida por Cristo, y las facultades de los cuerpos gloriosos que hemos comentado y que esperamos en la Bienaventuranza.

 

 

Texto concordado de la Resurrección: Lc 24, 1-11 (Mt 28, 1-11 + 27, 52; Mc 16, 1-11; Jn 20, 1-2)

 

1 El primer día de la semana, muy de mañana [Jn 20) 1 cuando aún estaba oscuro,] fueron [(Mt 28) 1 María Magdalena con la otra María] al sepulcro, llevando los aromas que tenían preparados, [(Mc 16) 3 y se decían entre ellas: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? (Mt 28) 2 y he ahí que hubo un gran terremoto. Un Angel del Señor descendió del cielo y llegando, revolvió la piedra (Mc 16) 4 que verdaderamente era muy grande,(Mt 28) y se sentó sobre ella. 3 Era su aspecto como el relámpago, y su vestimenta como la nieve. 4 Los guardas quedaron como muertos por el temor, (Mt 27) 52 y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos, que habían muerto, resucitaron]

2 -las mujeres- encontraron removida la piedra del sepulcro.

3 Pero habiendo entrado, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.

.... (sigue el texto según las citas numéricas del enunciado)

      Las mujeres van al sepulcro, aunque no saben si van a poder entrar en él ("¿ quién nos removerá la piedra ?"). Pero ocurre un hecho extraordinario: "... he ahí que hubo un gran terremoto. Un ángel del Señor descendió del cielo y llegando, revolvió la piedra y se sentó sobre ella. Era su aspecto como el relámpago, y su vestimenta como la nieve...". Los guardias, evidentemente quedan aterrados y salen huyendo.

      También aquí corresponde situar el texto de san Mateo que se refiere a la resurrección de algunos Santos, ("(Mt 27) 52 y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos, que habían muerto, resucitaron") y que en el evangelio se asocia a los hechos extraordinarios que ocurrieron al morir Jesús en la Cruz.

      Las mujeres no encuentran el cuerpo de Jesús en el sepulcro, en  cambio dos ángeles primero, y el propio Jesús que se les aparece después, les dan un aviso muy importante: "... he aquí que os precedo camino de Galilea, allí me veréis ...". Este recado, que van a transmitir a los Apóstoles es muy importante, porque preanuncia la multitudinaria aparición de Jesús en una montaña de Galilea, probablemente el Tabor, como ya se ha dicho.

      Una breve consideración más a los fenómenos descritos: Jesús resucita, acompañado por un terremoto. Tal ocurrió también, como ya se ha mencionado, con su muerte en el Calvario. Se aprecian rastros de ello en la roca que se venera en la iglesia del Santo Sepulcro. Para los que rechazaron con pertinacia a Cristo, este segundo terremoto sería simplemente una réplica del anterior. También hoy los avisos de la Providencia pasan por ser hechos casuales, no debe extrañarnos por tanto que ocurriera así.

 

 

 

 

Santa María Magdalena y la familia de Betania

 

  Santas mujeres: Lc 8, 1-3

 

1…  pasaba Jesús de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, predicando la buena nueva del reino de Dios, y con El iban los doce,

2 y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios,

3 Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana y otras muchas, las cuales les sostenían con sus bienes.

      Manteniendo la finalidad contemplativa de nuestros anteriores artículos, éste quiere tratar esta vez de un personaje femenino de los evangelios, que despierta gran interés a las personas piadosas. Queremos proporcionar a los lectores motivos de meditación, examinando a la luz de los evangelios, el gran consuelo espiritual que esta santa mujer proporciona a los que nos reconocemos pecadores.

La pecadora, a los pies de Jesús

      Con el título "María Magdalena y la familia de Betania" hemos querido definir, en la medida de lo posible, a esta mujer, o a estas mujeres, porque como veremos de forma lo más detallada posible, podría tratarse de dos o incluso tres mujeres diferentes. En efecto, aunque la Iglesia latina, desde san Gregorio Magno, rinde culto a un único personaje, denominado María Magdalena, cuya festividad se celebra el 22 de Julio, de hecho muchos exegetas la distinguen de María de Betania, como veremos, o incluso de la pecadora innominada que aparece en el evangelio de san Lucas (Lc. 7,37-38)

¿Son realmente tres mujeres distintas?

      Orígenes y otros comentaristas creen que, efectivamente estos tres nombres corresponden a tres personas diferentes. En general se decantan por esta versión la mayoría de los escrituristas actuales, pero hay muchos motivos para pensar que esta distinción de los personajes no está tan clara como se dice. Téngase en cuenta además, que en la narración de los cuatro evangelistas, estas mujeres nunca aparecen simultáneamente.

      San Agustín y otros, identifican a la pecadora con María de Betania, hermana de Lázaro, a la que distinguen de María Magdalena. Esta opinión se encuentra con la dificultad de que no se dice en ningún caso que María de Betania hubiera tenido su residencia en Galilea, donde predicaba Jesús en el momento de la primera unción, que describe san Lucas; pero no es imposible. En este caso María de Betania habría vivido apartada de Dios, lejos de su casa de Judea, antes de seguir a Jesús.

      San Gregorio, como hemos dicho, hace de las tres una misma persona. Aceptando esta unificación, se trataría de que la mujer pecadora que unge los pies de Jesús, sería hermana de Marta y Lázaro de Betania, pero suponiendo que debía vivir en Magdala cerca de Tiberíades, donde llevaría una vida, probablemente disoluta.

      Vamos a analizar, pues, esta diferenciación entre los tres personajes femeninos que aparecen "a los pies de Jesús", como se puede comprobar. De todas formas, debemos advertir que, si nuestros lectores esperan que con estos comentarios más o menos razonados se va a resolver el problema, lamentablemente les vamos a decepcionar. Hay que reconocer con humildad que el problema, que se remonta a los primeros años del Cristianismo, es insoluble y seguirá siéndolo, hasta que nuestra contemplación, sumamente imperfecta en este mundo, alcance por la gracia de Dios su plenitud en la Bienaventuranza.

      Pero no por ello nos hemos de desanimar. ¿Qué más da si cuando contemplamos las escenas de Betania, esta María, que escucha a Jesús sentada junto a sus pies, es o no la misma María que, en Galilea, se dice que era de Magdala?. La piadosa contemplación de esta María, no será muy distinta de la que, ante Jesús resucitado, se arroja a sus pies mientras Jesús le dice con dulzura "... No me toques, que aún no he subido a mi Padre ...". Es por tanto indiferente esta identificación, cuando lo que analizamos es el hecho, y el verdadero protagonista es nuestro Señor Jesús. 

 

Razones para diferenciarlas:

 

      La opinión de que se trata de personajes diferentes, parece muy consistente en una primera lectura de los evangelios. En efecto, después del pasaje de la pecadora, a la que san Lucas no pone nombre, aparece en el capítulo siguiente la que, por primera vez es designada con el nombre de María Magdalena; es decir, una mujer que se llama María y que procede de Magdala, una ciudad a orillas del lago de Genesaret, cercana a la capital romana de Galilea, denominada Tiberíades. El evangelio da una misteriosa explicación; dice san Lucas: "... de la cual habían salido siete demonios ...". ¿Se refiere expresamente a una posesión diabólica, o se trata de pecados perdonados?. Si esta pregunta tuviera respuesta, sabríamos ya si la anterior pecadora era realmente María Magdalena. Pero no puede darse por seguro en ningún caso, y así será en las siguientes comparaciones.

 

      Esto mismo ocurre con las dos hermanas Marta y María, que aparecen en la narración cuando Jesús y sus discípulos trasladan su misión a Judea, y son hospedados por estas dos hermanas en la población de Betania, cerca de Jerusalén. Esta tal María no tiene apelativo de su origen, y nosotros la llamamos María de Betania, entre otras cosas para identificarla en el evangelio. Hasta aquí no hay ningún motivo para suponer que esta María tenga ninguna relación con la otra María, la de Magdala.

 

      Unos meses después (se calcula que unos cinco o seis), Jesús es condenado a muerte y crucificado. En el Calvario, junto a la Cruz, María Magdalena está con la Virgen, madre de Jesús, tal como san Lucas había explicado en la predicación en Galilea. Es obvio que viene con los discípulos de nuestro Señor, y también ha permanecido en Judea los últimos cinco meses. A partir de este momento, el personaje de María Magdalena aparece varias veces, incluso después de la Resurrección, siempre con este nombre. Curiosamente la otra María, hermana de Marta y de Lázaro de Betania ya no es nombrada en lo que resta de la narración.

 

 

Razones para unificar el personaje:

 

     Todo el problema se centra en saber si María de Betania es María Magdalena o son dos distintas. La tercera, la pecadora, aunque puede ser un personaje diferente, cabe suponer con fundamento, que debió seguir a Jesús después de ser perdonada. Así pues no es nada improbable que se pueda identificar, dada su actitud "a los pies de Jesús", con una de las otras dos. Veamos los dos casos:

 

      1. La pecadora es María Magdalena y se incorpora a los discípulos en Galilea, y como dice san Lucas, acompaña a las otras mujeres, al servicio de Jesús y sus apóstoles.

 

      2. Es María de Betania que, apartada de su familia vive en Galilea (como otros muchos judíos, que habían colonizado el antiguo reino de Israel), y tras su conversión sigue a Jesús. Al asistir Jesús a la Fiesta de los Tabernáculos, llegan a su verdadera casa, en Betania. La familia, agradecida, acoge a Jesús y a sus discípulos. Los hermanos de María constituirán el núcleo principal de los amigos de Jesús en Jerusalén (Ver Jn 11, 1 - 5)

 

      La base de la identificación está en la actitud. Si observamos los textos evangélicos la mujer aparece, como hemos dicho, siempre a los pies de Jesús. En efecto, primero la pecadora, luego, María en Betania; y es esta misma, que en la cena de Simón el leproso unge los pies del Señor. Después aparecerá Magdalena, al pie de la Cruz, y también a los pies de Jesús resucitado.

 

      La frase de san Juan en el capítulo 11, art. 2 parece dirimir la duda, porque al decir "... María era la que ungió a Jesús con ungüento perfumado y enjugó sus pies con sus cabellos ..." parece evidente que se refiere a la pecadora innominada. Podía también esto dejar la cuestión resuelta, pero no es así. Muchos comentaristas creen que se refiere al hecho posterior de la cena en Betania. (Jn 12, 1 - 3)

 

      Esta cena de Betania es en cierto modo la "clave" de la cuestión, y así lo considera san Agustín que identifica a María de Betania con la pecadora de Galilea: "La misma mujer, Maria, derramó dos veces los perfumes; la primera vez, cuando, como narra san Lucas, su humildad y sus lágrimas le merecieron el perdón de sus pecados. San Juan no relata nada, a diferencia de san Lucas, sobre las circunstancias de este hecho, pero da a conocer igualmente que esta mujer era María" (Concordancia de los Evangelios, Libro 2, 79). Aquí san Agustín añade la cita de Jn 11, 2 que transcribíamos en el párrafo anterior.

 

      También conviene considerar que, aún sin haber una constancia clara en el evangelio, se suele suponer una amistad previa entre Jesús y la familia de Lázaro. Según esto, Jesús sería amigo de Lázaro desde antes de comenzar su Misión. Los comentaristas partidarios de ello aducen el texto de Jn 11, 3: "... Las hermanas, pues, enviaron a decirle: Señor, tu amigo está enfermo ...” pero esta frase no es en absoluto terminante. En efecto, existen muchas razones por las que Lázaro podría ser amigo de Jesús, pero difícilmente podían tener un trato frecuente antes del último año de la Misión de Jesús, cuando deja Galilea y va a Jerusalén, pasando por Betania.

 

      Esta amistad previa, que realmente es posible, tiene en su contra diversas consideraciones de carácter circunstancial. Hay, como decimos, dificultades de distancia, pero también una gran diferencia social entre esta familia de Betania y los parientes de Jesús que aparecen en los evangelios. La explicación más verosímil sólo se da unificando los personajes: La amistad procedería del agradecimiento de la familia de Lázaro, por causa de la conversión de María, suponiéndola en Galilea, y más concretamente en Magdala. Esto queda particularmente de manifiesto con la hospitalidad de los hermanos, cuando Jesús está en Jerusalén.

 

      Por último hay una circunstancia indirecta en los evangelios, que abogaría por la unificación. Se trata de que, aún siendo mencionadas las mujeres por los cuatro evangelistas (la pecadora innominada, sólo por san Lucas), nunca aparecen en la narración las dos, o las tres, a la vez. De hecho sus apariciones se alternan, y así, tras la mención de María Magdalena en Galilea, María aparece en Betania cuando Jesús va a la Fiesta de los Tabernáculos, y nada se dice de la otra María. Al final de la Pasión, vuelve a aparecer María Magdalena, y sobre todo después de la Resurrección. María "de Betania" no vuelve a ser mencionada.

 

 

Los pecados de la mujer

 

      Se ha dicho frecuentemente que la pecadora o, en su caso, María Magdalena, era una prostituta que se arrepiente y llora sus pecados, a los pies de Jesús. Sin embargo no parece que esto sea lo más probable. Si aceptamos la unificación que hemos propuesto, María procedería de un estatus social más bien alto, y esto no encaja con el perfil propio de una mujer pública. Parecería más lógico que se tratara de una mujer, que se habría dejado arrastrar por el espíritu mundano, y confraternizado con gente pagana.

 

      Que María Magdalena (o la pecadora) no fuera una prostituta, pudieran acreditarlo, precisamente, las palabras de Jesús refiriéndose a sus pecados: "... Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho ..." El transigir con las costumbres del paganismo, la promiscuidad y degradación moral que esto conllevaba, era (y es) mayor pecado que el hecho de ejercer la prostitución, y esto debía ser particularmente notable en Magdala y la cercana Tiberíades, con la corrupción de las costumbres grecorromanas.

 

      Sin embargo, no se puede descartar totalmente. En todo caso será más probable si aceptamos que la pecadora, y las dos Marías a que nos referimos, son personajes distintos. Así la pecadora podría ser una mujer más pobre que ellas. No olvidemos, por otra parte, las palabras de Jesús: "... las meretrices os precederán en el Reino de los Cielos ..." (Mt 21, 31).

 

      Sea lo que sea realmente, la lectura se ha de encaminar hacia nuestro propio reconocimiento como pecadores. Todos tenemos muchos motivos para llorar a los pies de Jesús y esta contemplación de María Magdalena, que es a su vez también contemplación de la vida de Cristo, ha de ser un estímulo para imitar la actitud de esta santa mujer.

 

 

 

 

 

La Adoración de los Magos

 

“… Habiendo pues, nacido Jesús en Belén de Judá en los días del Rey Herodes, llegaron del oriente a Jerusalén unos Magos, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se turbó y con él toda Jerusalén, y reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde debía nacer el Cristo. Ellos le contestaron: En Belén de Judá, pues así fue escrito por el profeta "Y tú, Belén, en el país de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre las ciudades principales de Judá; pues de tí saldrá el príncipe que será el pastor de mi pueblo Israel" (Miq 5, 2).

 

Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó diligentemente de ellos acerca del tiempo de la aparición de la estrella y, encaminándoles a Belén, les dijo: Id e informaos exactamente acerca de este niño, y, cuando le halléis, comunicádmelo, para que vaya también yo a adorarle. Después de haber oído al rey, se fueron, y la estrella que habían visto en oriente les precedía, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo, y entrando en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra.

 

Advertidos en sueños de no volver a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino …”  (Mt 2, 1-12).

 

 

Adoración de los Magos

      Este pasaje del evangelio de san Mateo es una pieza fundamental para entender la infancia de Cristo y los acontecimientos que, como sabemos, obligaron a san José a desplazarse entre Belén y Nazaret. En efecto, fue la llegada de los Magos lo que provocó el furor homicida de Herodes y ocasionó que la Sagrada Familia debiera huir a Egipto.

      Con la adoración de los Magos, el nacimiento del Mesías adquiere una repercusión universal: Unos sabios procedentes de países lejanos, países paganos de oriente, es decir "gentiles" según la denominación judía, tienen conocimiento del nacimiento de Jesús, Rey de los Judíos, y se desplazan para adorarle.

      Es un hecho realmente misterioso, obra de la divina Providencia, que humanamente no tiene explicación. Los relativistas y modernistas, que no suelen creer en la acción providencial de Dios sobre las narraciones bíblicas, consideran este pasaje un "Midrash", es decir, una epopeya aleccionadora que, según ellos, no tendría por qué ser histórica. Debemos advertir, no obstante, que esta consideración de "no histórico" del Midrash no es aceptable para los que sabemos de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras: El Midrash relata un hecho real, pero se adapta la narración a una forma literaria específica, que es propia de los libros históricos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, algunas narraciones del Génesis y del Exodo. (Ver encíclica Divino afflante Spíritu de PIO XII, 1943).

      Pero la Adoración de los Magos, de ningún modo debe considerarse un Midrash. Sirva este comentario para prevenir al lector contra los frecuentes ataques que la narración evangélica recibe en los medios escritos y audiovisuales. Sí es cierto que, a causa de las fantasías de los evangelios apócrifos, se han añadido datos que no se corresponden con la narración canónica y que han contribuido a esta apariencia exótica. Los Magos, no eran reyes, ni se sabe que fueran tres, ni tampoco constan sus nombres. Eran sabios estudiosos, y desde luego, aún siendo gentiles, tenían conocimiento de la historia del pueblo de Israel. Lo que sí hay que admitir, es que hubo una intervención providencial de Dios que, a través de lo que supieran o creyeran estos Magos, les hizo seguir un fenómeno que les llevó hasta Belén. Este fenómeno pudo ser un hecho natural, o ser también un hecho extraordinario; lo cierto es que les hizo emprender el viaje.

      De la estrella de Belén también se han hecho muchas especulaciones, suponiéndola un cometa, o también una conjunción planetaria. Ciertamente esto es irrelevante si tenemos en cuenta lo extraordinario del hecho de que desde lejanas tierras, unos estudiosos del firmamento tuvieran conocimiento de que había nacido Jesús. Se les denomina Magos, porque estudiaban las estrellas -en aquellos tiempos no estaba delimitada como hoy la frontera entre la astronomía y la astrología- y dice el evangelio que venían de oriente. Muchos suponen que procedían de Persia.

      Los Magos llegan a Jerusalén, guiados por el fenómeno que les ha servido de referencia (la estrella), y se dirigen a la máxima autoridad, el rey Herodes I, el Grande. Allí se les indica la cercana población de Belén y, además para mayor confirmación, la "estrella" señala igualmente allí. Pero esta visita al terrible tirano, al que tan cruel considera el historiador Flavio Josefo, traerá consecuencias graves: Provocará la matanza de inocentes, y obligará a san José a cambiar sus planes, abandonando para siempre su estancia en la tierra de Judá en la que, hace escasamente dos años se estableció con su santa Esposa, y donde había nacido Jesús.

      Dice el evangelista que los Magos adoraron al Niño Jesús: "... entrando en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra ..." No deja de ser sorprendente esto tratándose de gentiles, pero si nos fijamos en el relato de la vida pública de Jesús, este hecho se producirá en multitud de ocasiones, en Fenicia, en la Decápolis, etc. La expansión de la Buena Nueva por la gentilidad fue una característica de la predicación de Jesucristo, y así fue con la Iglesia que vino a fundar. En el caso de los Magos, esto fue un hecho extraordinario, promovido por Dios, para mostrarnos la vocación universal de la Misión de Cristo.

 

 

 

San José y la Sagrada Familia en Belén

      Contemplando la infancia de Cristo, hay un breve período de unos dos años escasos, que queda muy oculto en la narración evangélica, en los que la Sagrada Familia debió de permanecer en Belén, antes de la adoración de los Magos. El evangelio de san Lucas dice muy poco, aparte de la Circuncisión del Niño y su Presentación en el Templo. Pero es mucho lo que se puede deducir y contemplar, con los datos que ya conocemos, y sabiendo lo que, por la divina Providencia, habrá de ocurrir después.

      Durante este período es cuando más se evidencia el ejercicio de la autoridad familiar de san José. El santo Patriarca actúa en todo momento como padre de familia, y como veremos, asume su responsabilidad como tal, en momentos realmente difíciles. Siempre obediente a los designios de Dios, José deberá tomar decisiones, no sólo para el nacimiento de Jesús, sino también para establecerse en Belén, y finalmente para ponerse a salvo de la furia homicida de Herodes. Vemos pues como pudo ser este breve período de tiempo.

      La estancia en la cueva de Belén debió durar muy poco, tal vez unos días, o incluso sólo unas horas. Está claro que sirvió para acoger a la Sagrada Familia en la intimidad del parto, pero no parece que fuera a constituir un alojamiento estable. En esto hay que diferir de nuestros tradicionales belenes navideños, en los que también la adoración de los Magos se representa allí, en una bellísima composición llena del encanto propio de las tradiciones populares.

 

      La realidad fue sin duda más normal, y san José debió encontrar pronto una casa donde alojarse. Hay comentaristas que suponen que san José, al llegar a Belén, se encaminó a la casa de sus antepasados. Incluso la visión mística de la beata Catalina Emmerich lo supone así. Sin embargo, según estos comentaristas, debido al censo de Augusto, la casa podía estar realmente ocupada por mucha gente, y José debió de instalarse en los bajos, donde se albergarían los animales. Estos bajos serían, en este caso, la cueva que veneramos.

 

      Fuese así, o fuese una cueva alejada de la casa, lo razonable es que san José, finalmente, se alojara en la vivienda de sus ancestros, la casa de David, o en otra que sus parientes de Belén le proporcionaran. No podemos saber si la vivienda fue compartida con otros parientes, o se trataba de una casa, más modesta, pero sólo para ellos; lo que sí debemos considerar, es que en ella se debió instalar el Taller de san José, el que durante tantos años sirvió al santo Patriarca para ganarse el sustento.

 

Así eran las casas judías de nivel medio,

san José pudo vivir en una de ellas

 

      Es muy curiosa la descripción que hace la beata, de la casa de David en Belén, en tiempos de san José. Catalina cree que san José había nacido en Belén, y piensa asimismo que su padre Jacob nunca salió de allí, opinión que seguramente es discutible, pero la descripción que hace de la vivienda es digna de ser contemplada porque se corresponde bastante bien con las casas importantes de la época:

 

"... Sus padres vivían en un gran edificio que había antes de llegar a Belén, casa solariega de David, a cuyo padre Isaí o Jesé había pertenecido. En tiempos de José, del viejo edificio no quedaba mucho, aparte de las paredes maestras ..."

 

"... La casa tenía delante una atrio rodeado de columnatas cubiertas de una especie de enramadas, igual que las de la antigua Roma...  ...Encima la casa tenía alrededor una galería ancha que en sus cuatro esquinas tenía torreones parecidos a columnas cortas y gruesas, terminadas en grandes cúpulas esféricas con banderolas. Desde las mirillas de las cúpulas, a las que se subía por escaleras en el interior de los torreones, se podía ver todo el contorno sin ser visto. El el palacio de David en Jerusalén hubo también torreones de éstos ..."

 

"... Todos dormían el el centro del piso que tenía la galería alrededor... ...Sus dormitorios, que consistían en alfombras que se apoyaban, enrolladas, contra la pared, estaban separadas por tapices que también podían quitarse ..."

 

      Nuestra opinión es que, aunque seguramente la casa de David en Belén pudo realmente ser así, tanto san José como su padre Jacob, emigrados a Galilea como se supone con fundmento, debían tener un estatus social más modesto que el que se correspondería con este tipo de vivienda (la beata describe, además, la existencia de un preceptor y varios sirvientes). Ahora bien, el santo Patriarca tenía sin duda parientes, que podían habitar en esta casa, y que le podrían proporcionar, allí mismo o en otro lugar, una vivienda adecuada.

 

      Transcurren dos años de vida cotidiana en Belén. José trabaja en su taller, y posiblemente en la cercana Jerusalén, mientras María cuida de la casa y del Niño Jesús. Estos dos años que se suponen, y que son una referencia fundamental en nuestra narración, se basan en la matanza de Inocentes que ordenará Herodes, y que afectó a todos los niños de dos años para abajo.

 

      A nosotros nos ha servido, junto con el viaje de María a Belén, como base de nuestro razonamiento que nos lleva a pensar que san José, ha aceptado de buen grado establecerse en la ciudad de David. Para José, este cambio, aparte de la dificultad propia de toda mudanza, en realidad debía representar, como ya hemos dicho, una mejora en todos los ámbitos. En efecto, Nazaret era mucho más pequeño que Belén, y probablemente mucho más pobre. En cambio en Belén, la proximidad de la capital, Jerusalén, y las grandes obras que se estaban allí realizando, debían proporcionarle al santo Patriarca muchas oportunidades de desarrollar su trabajo.

  

      Es bueno contemplar el trabajo profesional de san José. La Sagrada Familia es el modelo en el que debemos fijarnos para orientar nuestra propia vida familiar, y san José, como decimos, además de padre fue trabajador, y un trabajador sin duda cumplidor y competente como el que más. Pero este trabajo de san José no debe hacernos perder de vista su Patriarcado, y su dulce cercanía con el Hijo de Dios al que contempló junto a María, su esposa. "Ora et labora" dirá bastantes siglos más tarde la regla monástica de san Benito: San José fue el primero en darle cumplimiento.

 

      Contemplemos ahora a La Virgen María en su vocación maternal: El Hijo de Dios, hecho Niño, débil e indefenso, como todos los recién nacidos, es cuidado, alimentado, limpiado y, sobre todo amado, por la más solícita de las madres. A veces se ha considerado si el Niño Jesús lloraba, o tenía las dificultades propias de todos los bebés en la lactancia (dolores, enfermedades, etc.) y no ha faltado quien ha creído que debía haberse librado de los males propios de nuestra naturaleza caída. Nada más erróneo. Jesús quiso asumir nuestra naturaleza en todo, excepto en el pecado. Y la asumió, incluso en aquellos males que padecemos por nuestra culpa original, llegando al mayor de estos males dando, en forma cruenta, su vida por nuestra redención.

 

      En apoyo de esta afirmación, dice santo Tomás en la Suma Teológica: "... el Hijo de Dios no nació idealmente, como teniendo un cuerpo imaginario, sino teniendo un cuerpo verdadero ..." (Sum. III q.5, a.1), o también, en la cuestión catorce: "... Fue conveniente que el cuerpo asumido por el Hijo de Dios estuviese sometido a las debilidades y defectos humanos ... porque el Hijo de Dios, asumiendo la carne, vino al mundo para satisfacer por los pecados del género humano. Y uno satisface por los pecados de otro cuando echa sobre sí mismo la pena debida a los pecados de ese otro. Ahora bien, los defectos corporales a que nos referimos, es a saber: la muerte, el hambre y la sed y otros por el estilo, son pena del pecado, introducido por Adán en el mundo, según Rom 5,12: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Por eso fue conveniente, en relación con el fin de la encarnación, que asumiese en nuestra carne las penalidades de esta naturaleza, en lugar nuestro, según Is 53,4: Verdaderamente se apropió nuestras enfermedades ..."

 

      Y así, con las carencias propias de un lactante, primero, y de un niño pequeño que balbucea y da sus primeros pasos, después, Jesús es guiado e instruido por su Santísima Madre. Y así, como decíamos al principio, transcurren dos años, probablemente los dos mejores años de la vida de la Sagrada Familia, porque además, estaban en su verdadero país, la Judea de sus antepasados.

 

Bautismo y tentaciones de Jesús 

 

“… 1 En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, Tetrarca de Galilea, y Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias, tetrarca de Abilene,

2 bajo el pontificado de Anás y Caifás, fué dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto,

3 y vino por toda la región del Jordán predicando el bautismo de penitencia en remisión de los pecados,

4 según está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: "Voz que pregona en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.

5 Todo valle sea rellenado, y todo monte y collado allanado, y los caminos tortuosos rectificados, y lo escarpado sea nivelado.

6 Y toda carne verá la salvación de Dios  …” (Is 40, 3-5)

 

San Lucas inicia la narración de la vida pública de Jesús, con una situación cronológica y geográfica muy precisa. Los sucesores de Herodes el Grande gobiernan los territorios respectivos, por los que van a transcurrir las actividades apostólicas del divino Maestro y esta precisión de tiempo y lugar son la mejor argumentación de autenticidad histórica.

 

Distribución de las Tetrarquías

 

San Juan Bautista, hijo de Zacarías, predica y bautiza "en la región del Jordán", en las tierras bajas al sur de Jericó. Es allí donde se halla situado el conocido vado para atravesar el río, es decir, dentro de los dominios de Herodes Antipas, el tetrarca designado por Roma.

 

Este lugar, aunque está muy claramente localizado, no puede ser visitado actualmente por los peregrinos porque es zona militar; por esto se ha habilitado para la rememoración del Bautismo, otra zona del Jordán, mucho más al norte, pero sabiendo que efectivamente Juan predicaba en la zona desértica cercana al mar Muerto.                                

 

El historiador Flavio Josefo define a san Juan como "un noble que exhortaba a los judíos a la perfección y les recomendaba que practicaran entre sí la justicia y la devoción a Dios haciéndose bautizar". Esta definición de "noble" es perfectamente acorde con la dignidad sacerdotal de Zacarías, su padre.

 

Jesús llega al vado, y se dispone a ser bautizado entre los que acuden a Juan. Veamos un texto concordado de los tres sinópticos:

 

“… [(Lc 3) Después que todo el pueblo se hubo bautizado (Mc 1) vino Jesús de Nazaret de Galilea y fué bautizado por Juan en el Jordán]

14 Juan intentaba disuadirlo diciendo: soy yo quien tiene necesidad de ser bautizado por tí y ¿vienes tú a mí?

15 Jesús le respondió: Déjame hacer ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan le dejó hacer.

16 Una vez bautizado Jesús salió del agua [(Lc 3) Estando en oración] Súbitamente los cielos se abrieron; y vió al Espíritu de Dios descender como una paloma y venir sobre El.

17 Y una voz, que venía del cielo, dijo: "Este es mi Hijo muy amado en quién me complazco" [(Lc 3) Tenía Jesús al comenzar, unos treinta años] …” (Mt 3, 14-17)

 

Este episodio del Bautismo de Jesús, que en la narración concordada resulta muy completa, entraña un misterio. El Bautismo de Juan era de penitencia por los pecados, y Jesús, el Inocente por antonomasia no lo necesitaba. Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en su “Jesús de Nazaret” lo asimila a su muerte redentora. Jesús, también inocente en la Cruz, se inmola por nuestros pecados, asumiendo sobre sí nuestra culpa.

 

Jesús tras ser bautizado, se retira al desierto para ayunar, y es tentado por el demonio. San Mateo dice expresamente: “… Entonces, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo …” (Mt 4, 1). Es decir, fue tentado porque Dios mismo lo permitió, y así ciertamente, se hizo igual a nosotros excepto en el pecado.

No es muy preciso el evangelio respecto del lugar de las tentaciones, aunque parece claro que se trata del desierto de Judea, y probablemente no muy lejos de donde san Juan predicaba ya que fue poco después de que Jesús se hiciera bautizar por él.

En Jericó, mirando hacia el oeste hay una barrera montañosa desde la que se divisa no sólo la ciudad, sino todo el oasis en el que está edificada. Es conocida como el "Monte de la Tentación" y la tradición la identifica con el lugar, porque además de estar situada ya en el desierto, en dirección a Jerusalén, es fácil imaginarlo como el lugar en que el demonio dice "todo esto te daré..." No es que se vean "todos los reinos del mundo", pero la visión del oasis y la ciudad, que en tiempos de Herodes fue grande y rica, puede dar perfectamente esta sensación.

Vista de Jericó desde el Monte de las Tentaciones

De todas formas, hay que tener en cuenta que si los evangelistas tienen noticia de los hechos es sin duda por el propio Jesús. No es imprescindible que la ubicación sea materialmente exacta, ya que siendo el demonio un espíritu puro, estas tentaciones pudieron realizarse dentro del ámbito de lo sobrenatural. Ello no quitaría ni un ápice de realidad a dichas tentaciones, y Jesús podría estar situado en la zona porque allí es donde se retiró para ayunar.

Respecto del misterio de estas tentaciones, y la osadía del demonio en hacerlas (¡le pide adoración!), conviene considerar que la opinión de los Santos Padres es que Satanás realmente no sabía, al menos con certeza, que Jesús era Dios, y quiso probarlo. Esto puede hacernos meditar sobre cuan verdaderamente hombre era Jesús, y cómo se ocultaba su divinidad. Esto se verá mucho más claramente en la Pasión, por esto el texto evangélico acaba diciendo: "... Entonces le dejó el Diablo [(!) hasta otra ocasión] ..." Esta ocasión se producirá en Getsemaní con ocasión del Prendimiento. La frase con la que Jesús se entrega a sus verdugos es tremenda: “…esta es la hora y el poder de las tinieblas …” (Lc 22, 53).

 

Los últimos cinco meses de la Vida de Jesús

      La vida pública de Jesús, desde el bautismo en el Jordán, hasta su muerte y Resurrección, duró aproximadamente unos tres años. Esto se sabe principalmente por los datos temporales que, con mucha precisión, aporta el evangelista san Juan. En efecto, es san Juan el que describe en su momento, los desplazamientos pascuales de Jesús acompañado por sus discípulos, y esto permite situar la narración evangélica en el tiempo. Naturalmente en los evangelios no está "toda" la vida pública de Cristo, y por tanto lo que sabemos de ella, como ya hemos dicho, es lo que Dios ha querido que podamos conocer. Salta a la vista que de los tres años de predicación de Jesús, la narración de los dos primeros es bastante limitada, según se desprende del "espacio narrativo" entre la Pascua del primer año y la del segundo.

      Así el primer año Jesús expulsa a los mercaderes, habla con Nicodemo y realiza un corto periplo por la Judea. El segundo año al acudir al Templo, cura a un paralítico en la piscina Probática, y es al tercer año cuando instituye la Eucaristía y es crucificado. Este último viaje a Jerusalén es narrado de forma más detallada, no sólo por la trascendencia de su finalidad, ya que se consuma la Redención, sino también porque se inicia cinco meses antes de la Pascua, con ocasión de la fiesta llamada de los Tabernáculos.

De esta fiesta, que marca el momento en el que Jesús abandona Galilea para evangelizar la Judea, y predicar en los atrios del Templo de Jerusalén, sólo habla san Juan. Lógicamente ello tiene su concordancia con los otros tres evangelistas, que no dicen cuando, pero sí indican que, en un momento dado abandona Galilea para dirigirse a Jerusalén.

 

(Lc 9, 51) "51 Cumpliéndose ya los días de su salida de este mundo, tomó Jesús la firme resolución de encaminarse a Jerusalén"

(Jn 7, 2) "2 Se acercaba la fiesta judía de los Tabernáculos;"

      Esta fiesta se celebraba hacia finales de septiembre, coincidiendo con la vendimia y la recolección de las últimas cosechas.

      Los galileos iban a Jerusalén normalmente por Pascua. De hecho Jesús, que ya sabemos que iba con sus padres desde pequeño (Lc 2, 40), va también por dicha fiesta, acompañado por sus discípulos. Este viaje, que ya hemos descrito en otras ocasiones, debía durar unos cinco o seis días, y lógicamente los peregrinos se incorporaban a las caravanas habituales en la época. No obstante no debía ser extraño entre los galileos ir también a la fiesta de los Tabernáculos. Así se entiende en el texto, en el que los parientes de Jesús van, y le insisten para que vaya con ellos.

3 Sus hermanos -parientes- le rogaron: Sal de aquí y vete a Judea, para que también aquellos discípulos tuyos vean las obras que haces,

4 porque nadie que pretende darse a conocer realiza estas obras en privado. Puesto que haces tales cosas, date a conocer al mundo.

5 Ni sus hermanos creían en El.

6 Díjoles Jesús: Mi hora aún no ha llegado; sin embargo, para vosotros siempre es tiempo propicio.

7 A vosotros no puede el mundo odiaros; a Mí sí me odia, porque Yo declaro de él que sus obras son malas.

8 Vosotros subís a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta porque aún no ha llegado mi hora.

9 Y dicho esto, se quedó en Galilea.

10 Pero después que ascendieran sus hermanos, El también se puso en camino para ir a la fiesta, no manifiestamente sino oculto. (Jn 7, 3 - 10)

      Como se ve, Jesús va, pero no con la "expedición" donde van sus parientes, irá más tarde con sus discípulos, de quienes había dicho:  "... Estos son mi madre y mis hermanos ..." (Mt 12, 48) y asistirá a la solemnidad del último día, para quedarse ya Jerusalén.

      Estos cinco meses desde la Fiesta de los Tabernáculos hasta la Pascua, son narrados con mucho detalle por los cuatro evangelistas y constituyen el núcleo principal de la evangelización en Judea. Muchas de las enseñanzas de Jesús, ya conocidas por la predicación en Galilea, vuelven a aparecer. Es esto particularmente notable en san Lucas, pero no solamente en él. En la concordancia de los evangelios se observa que estos cinco meses suman un texto narrativo casi tan extenso como los otros dos años y medio de la Vida pública de Jesús.

¿Y qué hace Jesús en Judea? No es fácil resumirlo en este espacio, pero podemos hacer una breve sinopsis:

 

- Jesús va a la fiesta de los Tabernáculos, hacia el final, y tiene una importante diatriba con escribas y fariseos. Luego se queda algún tiempo en Jerusalén, pernoctando en el monte de los Olivos (y alguna vez, sin duda, en Betania).

- Salva de morir apedreada a una mujer adúltera, arrepentida. Pretendían, los Fariseos, poner en contraposición la Ley y la Misericordia.

- Cura a un ciego en Jerusalén. Uno de los episodios más vívidos y sensibles de la narración de san Juan (Jn 9, 1 - 41)

- Predica por los alrededores de Jerusalén y repite, en cierto modo, el "sermón de la montaña" a los judíos que se van sumando a la multitud de sus discípulos, mientras recorren pueblos y aldeas.

- Entre finales de diciembre y primeros de enero (el mes judío de casleu) Jesús vuelve a Jerusalén, a la fiesta de la Dedicación del Templo. Será entonces, cuando en sus atrios dará a los judíos la expresión más clara de su divinidad: "... el Padre y Yo somos Uno ..." (Jn 10, 30)

- Luego se desplaza a Perea, al otro lado del Jordán, donde san Juan había estado bautizando. Estando allí intensifica sus enseñanzas, y explica las parábolas más importantes: la del "hijo pródigo" y la del "rico -epulón- y el pobre Lázaro", y otras como "la oveja perdida" o "el mayordomo infiel".

- Le mandan aviso de que Lázaro de Betania está enfermo, pero sigue algunos días más en Perea.

- Va a Betania, habiendo muerto Lázaro, y estando enterrado cuatro días. Le resucita ante gran número de personas.

- El sumo Sacerdote Caifás, alarmado por el milagro, decreta la muerte de Jesús, que decide retirarse a Efrén, al norte de Judea.

- Acercándose la fiesta de la Pascua, vuelve Jesús a encaminarse a Jerusalén, descendiendo una vez más por el valle del Jordán, y sigue instruyendo a los cada vez más numerosos seguidores.

- Pasa por Jericó. Se convierte Zaqueo, que le sigue; y cura a dos ciegos (o tal vez tres, según la concordancia) que le siguen también dando gracias a Dios.

- Al llegar a Betania celebran la resurrección de Lázaro con un banquete en, casa de un tal "Simón el leproso", estando las hermanas de Lázaro. María unge y perfuma a Jesús, como había hecho la mujer pecadora de Galilea, causando escándalo en Judas, que ya había decidido la traición.

- Después entra en Jerusalén de forma triunfal. Es el episodio conocido como el "Domingo de Ramos".

- Se inicia la semana de la Pasión, que culminará con la Institución de la Eucaristía, y el prendimiento, crucifixión y muerte de nuestro Señor en el Gólgota, donde consuma nuestra Redención.

 

      Estos son, en síntesis, los hechos principales, de los últimos cinco meses de la vida de Jesús que relatan los evangelios. Naturalmente no podemos entrar en los detalles de la Pasión, cuya narración es aún más minuciosa, ni de los cuarenta días que transcurrieron entre la Resurrección y la Ascensión.

 

      Hay que observar que no era la primera vez que Jesús llevaba a cabo su misión en Judea; de hecho, después de la entrevista con Nicodemo que tuvo lugar en la primera Pascua, se fue al norte de Jerusalén con sus discípulos, que bautizaban como lo hacía Juan. No se sabe cuanto tiempo duró esta predicación, pero se volvió a Galilea para no "competir" con el bautista, que "preparaba los caminos del Señor" precisamente en Judea y  Perea.

 

1 Pero cuando conoció Jesús que los fariseos habían sabido que El reunía más discípulos, y bautizaba más que Juan,

2 aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos,

3 dejó la Judea y partió nuevamente hacia Galilea. (Jn 4, 1-3)

 

      Jesús quiso que fuera Juan, al menos hasta que fue encarcelado y posteriormente decapitado, el que se ocupara de Judea, mientras El evangelizaba Galilea; y con ella la gentilidad del norte, por el camino de Damasco y, por la costa, hasta Tiro y Sidón. Es decir, la predicación de Jesús no era alternativa, sino complementaria de la misión de Juan.

 

      Dios quiso que cuando Jesús aún vivía en Nazaret, trabajando en el taller de su padre, san Juan Bautista hubiera ya comenzado a promover el bautismo de penitencia y arrepentimiento. La misión de Juan duró seguramente bastante más que la predicación de Jesús, por esto El llegó en el momento preciso, y dedicó la mayor parte de sus tres años de vida pública a la región de Galilea, dejando para el final, desaparecido ya el bautista, la región de Judea en la que iba a dar su vida por todos los hombres, judíos y gentiles.

 

      Si se mira con los ojos de la fe, y sin los prejuicios de que adolecen frecuentemente algunos escrituristas, la vida pública de Jesús tiene una lógica y una verosimilitud fuera de toda duda. Incluso si se analiza con criterios de eficacia, también es evidente que la misión evangelizadora de nuestro Señor transcurre de la mejor forma posible. ¡Cómo iba a ser de otra manera, siendo Jesús el Hijo de Dios hecho hombre! Pero ahí está el quid de la cuestión: la verdad evangélica es la piedra de escándalo de los que relativizan la narración.

 

Jesús se pierde en el Templo

 

El Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la Gracia de Dios estaba en El. Sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando era ya de doce años, al subir sus padres, cumplir el rito festivo, y volverse ellos, acabados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo advirtieran.

 

Pensando que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día. Buscáronle entre parientes y conocidos, al no hallarle, se volvieron a Jerusalén en busca suya.

  

Al cabo de tres días le encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando sus padres le vieron, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y El les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía. (Lc 2, 40-50).

 

 

      Los judíos que vivían en Galilea, iban a Jerusalén todos los años a la fiesta de la Pascua. San José y María santísima lo hacían así, y Jesús debió ir con ellos ya desde bastante pequeño. De hecho aunque la Ley no obligaba a las mujeres ni a los niños, muchas esposas iban con sus maridos y ambos llevaban también a los hijos.

 

      En realidad, las normas rabínicas consideraban que los niños sólo estaban obligados a partir de los doce años, edad que era considerada como de "uso de razón" para los deberes religiosos. Sin embargo se establecía  que podían ser llevados a la fiesta todos los niños que fueran capaces de subir las gradas de la entrada del Templo o ser transportados a horcajadas sobre los hombros de sus padres.

 

      Aunque la vida de los judíos en Galilea era muy estable, agrupados principalmente por clanes familiares en una región que habían colonizado, de hecho se desplazaban a Jerusalén al menos una vez al año, para esta celebración de la Pascua. Había también otras fiestas a las que también asistían a veces los galileos, pero la peregrinación realmente masiva era la celebración pascual.

 

      El camino era duro y largo (entre 140 y 160 Km. según la zona de Galilea de la que procedían) y lo recorrían mayoritariamente a pie. Solía durar unos cinco o seis días y la dificultad principal estaba en que el camino más recto, a través de Samaria, no podía ser utilizado por grupos numerosos debido a la oposición de los samaritanos. Como es sabido, y se trasluce en otros episodios del texto evangélico, se cruzaba el Jordán y se descendía el curso del río por su orilla izquierda. Los peregrinos formaban caravanas más o menos espontáneas y se agrupaban por pueblos, familias, amistades, etc.

 

      El niño Jesús, en la narración tenía doce años, era su primera Pascua legal, pero en el contexto se adivina que no era la primera vez que hacía la peregrinación pascual, y así se ha considerado. Este episodio que narra san Lucas es realmente muy sorprendente; "les estaba sujeto" dirá san Lucas poco después, pero este abandono, que protagoniza Jesús, de la custodia de sus padres para quedarse en el Templo, más bien parece indicar lo contrario ¿Qué sentido tiene este acto de aparente desobediencia? Ciertamente es un misterio.

 

      En la narración evangélica, es la única vez que, siendo niño, se le ve actuar en su obra mesiánica, y seguramente debió ser la primera. El niño Jesús obra conscientemente como Hijo de Dios: "... es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre ...". Para no caer en un error cristológico, hay que advertir que Jesús es Dios y hombre desde el momento de su concepción en el seno de María, y desde este momento poseyó la ciencia beatífica. Pero de la misma manera que hemos admitido que como niño ha debido de aprender de su madre, también en el orden de la conciencia debió haber un despertar de su naturaleza humana. Este despertar en lo humano, debió a su vez misteriosamente, permitir a  Jesús que su divinidad obrara en El como quien era: La segunda persona de la Santísima Trinidad. En un próximo artículo estudiaremos el crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia, y su explicación a la luz de la Suma Teológica de santo Tomás.

 

      Lo cierto es que se queda en el Templo y se produce, por primera vez, una intervención pública de Jesús entre los doctores de la Ley, que como dice san Lucas: "quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas" ¿De qué hablaría Jesús? Pensemos para imaginarlo, en los comentarios que hizo en su vida pública cuando hablaba con Escribas y Doctores.

 

      El evangelio describe con mucho detalle el momento en que san José y la Virgen María se dan cuenta de que Jesús no está con ellos. San Lucas habla de la caravana, y se advierte que, para un niño de doce años era normal que caminara con otros niños o con parientes. Por esto no le echan en falta hasta el anochecer, al final de la primera jornada.

 

      San José y la Virgen María vuelven angustiados y buscan a Jesús en Jerusalén, y es fácil imaginar su sufrimiento ante la tardanza en encontrarle. Sin duda recorrieron toda la ciudad y alrededores, preguntando entre los familiares que tanto José como María tenían allí. Ellos confiaban en Dios, sabiendo lo que el ángel Gabriel les había dicho, pero su sufrimiento era grande porque pasaba el tiempo y no le hallaban.

 

      Tras el hallazgo, en el Templo, el comentario de los padres de Jesús, y la respuesta de Este son para ser meditados. Es innegable que en las palabras de María hay un cariñoso reproche: "Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote", María sabe que Jesús es Dios, pero que aún así les está sujeto; parece, pues, que al menos por esta vez dicha sujeción no ha existido.

 

      Las palabras de Jesús lo aclaran, pero hay que reconocer que sólo de forma parcial: "¿Por qué me buscabais?" dice en primer lugar. ¡Cómo no iban a buscarle! Por mucho que confiaran en la Providencia, por muy presentes que tuvieran las palabra del arcángel Gabriel, no por esto podían abdicar de su responsabilidad para con Jesús. Dice también que se ha ocupado de su Padre, como hemos mencionado, y ellos ciertamente lo sabían, pero sin duda no hasta este punto ¿Por qué pues, esta especie de lección? Es ciertamente un misterio, pero podemos pensar, que Nuestro Señor sabía que san Lucas iba a relatar en hecho (todo el texto evangélico, existe por voluntad divina), y quiso que este hecho fuera un ejemplo para todos: para nosotros que lo contemplamos hoy, y también para José y María que lo vivieron y lo sufrieron.

 

      Jesús les causó un sufrimiento, desde luego, pero no podemos dejar de pensar en la espada de dolor que le espera a la Virgen María en la Pasión, de la que es prefiguración esta pérdida. No en vano son tres días, los que se encuentra perdido el niño Jesús. Dice san Lucas que ellos no lo entendieron, como tampoco nosotros sabemos entenderlo, pero añadirá después: "su madre conservaba todo esto en su corazón".

 

 

Jesús en el huerto de los olivos

1 Dicho esto, fue Jesús con sus discípulos [(Lc 22) 39 según costumbre hacia el monte de los Olivos], al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, [(Mt 26) 36 una finca llamada Getsemaní] en el cual entró El con sus discípulos [(Mt 26) 36 y les dijo: Sentaos aquí mientras voy más allá y hago oración.]

2 Judas, que le entregaba, conocía aquel sitio, que era frecuentado por Jesús con sus discípulos. (Jn 18, 1 - 2)

37 Y llevándose consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo [(Lc 22) 41 a la distancia como un tiro de piedra], empezó a entristecerse [(Mc 14) 33 a atemorizarse] y a angustiarse.

38 Y les dijo entonces: mi alma está triste hasta la muerte; permaneced aquí y velad conmigo.

39 Y avanzando unos pasos, se postró rostro en tierra, orando [(Mc 14) 35 que si fuera posible se alejara de El esta hora], y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz. Pero no se haga como Yo quiero sino como quieres Tú. (Mt 26, 37- 39)

Llegan al huerto de Getsemaní. Esta era una finca situada en la parte más baja del monte de los olivos, muy cerca del torrente Cedrón. Como dice el evangelio era utilizado frecuentemente por Jesús para retirarse con sus discípulos; por esto dice san Juan que: "... Judas, que le entregaba, conocía aquel sitio ..." y por esto fue allí a buscarlo. En el monte de los olivos hay una gruta, la llamada del Pater Noster, también frecuentada por Jesús cuando pernoctaba en Jerusalén. Getsemaní era también un lugar habitual y, de hecho, también allí se venera una cueva llamada "del prendimiento" a muy poca distancia de los olivos del huerto.

Jesús deja a sus Apóstoles en un lugar y se adelanta "como un tiro de piedra" con Pedro Santiago y Juan; El se avanza un poco más y se pone en oración. La llamada gruta del prendimiento, que ciertamente se encuentra como a un tiro de piedra del lugar, pudo ser perfectamente el sitio en el que se encontraban todos durmiendo, mientras Pedro y los hijos de Zebedeo acompañaron de cerca a Jesús hasta que el sueño les venció.

En Getsemaní hay una iglesia de construcción moderna, denominada "de las naciones" porque se edificó con donativos internacionales. En ella se venera una roca, de las muchas que afloran en la superficie del lugar, como aquella que recibió el sudor de sangre de Jesús en oración. Se encuentra junto a un jardín que cuidan los franciscanos, que contiene varios olivos milenarios. No son contemporáneos de Jesucristo, no es probable que tengan más de mil quinientos años, pero la veneración de los peregrinos los mira con la misma devoción que si lo fueran. La roca puede haber sido otra, de las que se ven en el exterior, y los olivos no son los mismos, pero el lugar es el mismo con absoluta seguridad y los hechos narrados por el evangelio ocurrieron allí.                  

El relato evangélico de la Oración del Huerto es uno de los puntos de meditación más consoladores que ofrece la Vida de Jesús. El sufrimiento de Jesús es incluso misterioso, porque a decir de algún santo doctor (especialmente el P. Enrique Ramière), en el huerto sufrió en su Naturaleza Divina al llegar a asumir nuestro pecado, ofreciéndose como Víctima propiciatoria. Por voluntad divina, el Hijo se sintió rechazado por el Padre, a pesar de que como Dios no podía sufrir.

También sufrió humanamente, ante los terribles padecimientos que le esperaban y que conocía hasta el menor detalle. Tanto sufrió, que llegó a sudar sangre según testimonio de san Lucas. Recordemos que a decir de san Pablo, de quien fue colaborador, san Lucas era médico. (Colos. 10, 11-14)             

Dicen los expertos que el sudor de sangre, aunque es muy excepcional, puede darse en casos de angustia muy extrema. Por esto no se duda en calificar de "agonía" al sufrimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní. Gran consuelo para los que en este mundo padecen angustias y ansiedades: "... venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré ..." (Mt 11, 28).

Finalmente es bueno considerar hasta qué punto llegó el sufrimiento humano de Jesús, que incluso le faltó, cuando más lo necesitaba, el apoyo moral de sus tres discípulos escogidos. Por dos veces "... los encontró dormidos, porque sus ojos estaban cargados ...", los pobres Apóstoles tienen sueño y no pueden darle su compañía en tan terrible momento. Esta contemplación del abandono de Jesús en Getsemaní es tema de meditación recomendado para las vigilias Eucarísticas, especialmente las propias del Sagrado Corazón de Jesús.

Estaba Jesús en oración cuando se oye el rumor de los que vienen a apresarlo, guiados por Judas. "... Levantaos, vamos ...". Estas palabras las dirige Jesús a todos los Apóstoles, a los que había dejado al principio, sin duda en la "gruta del prendimiento". La narración se complementa entre los cuatro evangelistas, aunque sólo san Juan describe el "impacto" del "Yo Soy" de Jesús que los derriba (Yo Soy es el nombre de Dios en el Exodo). El escalofriante beso traidor de Judas es narrado por todos, y luego viene una pequeña y desigual lucha, en la que, en un primer momento los Apóstoles defienden a Jesús. Los cuatro evangelistas narran también la acometida de san Pedro, cortando la oreja a un criado del pontífice. Este detalle merece un pequeño comentario:

Que no es sólo san Pedro el que acomete, se desprende perfectamente del texto de san Lucas: "... viendo los que estaban con Jesús lo que iba a suceder, le dijeron: Señor, ¿herimos con la espada? ..." (Lc 22, 49). Recordemos que, según el propio san Lucas, no sólo san Pedro iba armado: "... ellos le dijeron: Señor, he ahí dos espadas. A esto les respondió: es suficiente ..." (Lc 22, 38). Dice el comentarista dominico Lagrange, que los Galileos eran gente brava, que no solía salir de viaje sin espada.

¿Por qué pues, los Apóstoles acabaron huyendo?. La explicación más verosímil se encuentra al contemplar la actitud de Jesús, que se entrega a sus verdugos. Jesús no reprende propiamente a Pedro porque le defienda; en la época no había este "pacifismo" derrotista de hoy, Jesús le da una lección para que acepte la voluntad de Dios. Le dice lo que se ha convertido en el famoso refrán de "quien a hierro mata ...", pero añade: "... el cáliz que me dio mi Padre, ¿no lo beberé?. ¿Piensas que no puedo rogar a mi Padre y me enviará más de doce legiones de ángeles?. Mas ¿cómo se cumplirán las Escrituras según conviene que suceda? ...". Jesús por tanto se entrega voluntariamente. Esto desconcierta a los Apóstoles, y les entra miedo. Tanto, que tal como había predicho Jesús, huyen y le dejan solo. Ellos, sin duda no son cobardes ante la lucha, pero no se ven capaces de aceptar la Pasión, como su Maestro.

Un detalle, al final, narrado únicamente por san Marcos: "... un mancebo le iba siguiendo envuelto con una sábana sobre su cuerpo, y le cogieron, mas él, soltando la sábana, desnudo, huyó de ellos ...". Muchos piensan, aunque es controvertido, que se trataba del propio san Marcos. Los que lo niegan, afirman que san Marcos, que colaboró con san Pedro en la predicación, no estaba entre los discípulos de Jesús; pero si nos damos cuenta de que se trataba de un joven, que les había seguido, no es imposible que esta fuera precisamente la primera vez que se acercaba a Jesús. Esto tendría mucha verosimilitud si, como creen algunos, los padres del evangelista san Marcos eran los propietarios de la casa donde estaba el Cenáculo. Ciertamente pudo haber seguido a Jesús después de la Santa Cena. ¿Cómo no iba a conmocionar el alma del joven la tremenda escena del prendimiento?. Sin duda el joven, conmocionado aún más por la Pasión que nuestro Señor sufrió a continuación, habría de formar parte de aquella naciente iglesia.

 

Los milagros de la Multiplicación

Jesús hizo dos veces el milagro de la multiplicación. Lo narran tanto san Mateo como san Marcos, y parece claro que la segunda no es en el mismo lugar que la primera. Vamos a comentar aquí la primera de ellas, que tuvo lugar casi con seguridad, en las cercanías del lugar en el que se venera el Sermón de la Montaña, en la orilla noroccidental del lago, cerca de Cafarnaum.

Así pues, damos por sentado que hubo dos Multiplicaciones, y no solamente una como pretenden los relativistas, arguyendo una intención reiterativa de los evangelistas que a veces parece encontrarse especialmente en el evangelio de san Mateo. En efecto, no sólo san Mateo describe las dos, sino también san Marcos, y en éste nunca se produce la pretendida "duplicidad", y por otra parte si se examinan con detalle las narraciones, está muy claro que son hechos diferentes. Lo más esclarecedor en este sentido, está en un texto, que se encuentra casi idéntico en san Mateo y san Marcos. Veamos un fragmento de san Mateo:

¿Todavía no entendéis? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres?

¿Ni de los siete panes para los cuatro mil hombres? ¿Cuántas cestas recogisteis? (Mt 16, 9 - 10)

Se trata como se ve, de una recopilación de ambos milagros. Vamos a centrarnos ahora en el primero de ellos, como hemos dicho, y vamos a analizar cómo Jesús promete a continuación la Eucaristía.

[(Mc 6, 30-33) Los apóstoles, pues, reuniéndose con Jesús, le dieron cuenta de todo lo que habían hecho y enseñado. 31 Y El les dijo: Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposaréis un poquito. Porque eran tantas las idas y venidas, que ni aún tiempo de comer les dejaban, embarcáronse pues, fueron a buscar un lugar desierto](Jn 6) 2 Al otro lado del mar de Galilea y de Tiberíades [ (Mc 6) para estar allí solos. 33 Mas como al irse los vieron y observaron, muchos de todas las ciudades, acudieron por tierra a aquel sitio y llegaron antes que ellos.]

3 Subió Jesús al monte y allí se sentó en compañía de sus discípulos.

4 Se acercaba ya la Pascua, la fiesta de los judíos.

5 Levantando Jesús los ojos y viendo que venía hacia El una gran multitud, [(Mc 6) compadeciéndose de ellos, pues andaban como ovejas sin pastor, y comenzó a adoctrinarles en muchas cosas], dijo a Felipe: ¿Dónde podremos comprar pan para que coman estos? ... (Jn 6, 2 y ss.)

 

El texto sigue, narrando los detalles del milagro de la multiplicación.

Los Apóstoles han regresado de su primera evangelización. Jesús les propone reunirse, lejos del bullicio y cruzan el lago en barca. Parece probable que se encontraran en un lugar cercano a Betsaida y que se embarcaron para dirigirse cerca de Tabga, no lejos del monte de las Bienaventuranzas, como ya hemos dicho. Cuenta el evangelio que las gentes les siguieron por tierra, y que llegaron antes que ellos. Observando el mapa del lago se comprueba la perfecta lógica del comentario. Así pues, lo que describe el evangelio se produciría en el lugar que veneran los peregrinos, denominado Heptapegon o lugar de las siete fuentes, prácticamente tocando a Tabga. Jesús se encuentra allí una gran muchedumbre (cinco mil sin contar mujeres y niños) y como se ve, proceden en muy gran número del otro lado de la desembocadura del Jordán en el lago. Por esto Jesús se compadece de ellos.

La Multiplicación de panes y peces es un hecho de una relevancia muy grande. Hay que ponerse mentalmente en situación para hacerse cargo de la magnitud de lo que se describe. Jesús, a través de sus discípulos que actúan de repartidores, y organizados en grupos, da de comer a cinco mil personas. Es una verdadera "creación de materia" en manos de Jesús, y desde luego sin duda también en las de los Apóstoles que le ayudan. Es curiosa también la enumeración de lo que sobra.

Después Jesús se retira, El sólo, al monte. Evita a la multitud, que impresionada por los hechos quieren proclamarlo rey, pero además, como veremos en el siguiente punto, enviará a los Apóstoles nuevamente en dirección a Betsaida. Cruzarán otra vez el lago, no muy lejos de la costa, tal como habían venido.

Para este texto se ha escogido como narrador principal al Evangelista san Juan, por ser el que contiene más detalles, aunque se han añadido fragmentos de san Marcos. San Juan no narrará la segunda Multiplicación, pero este evangelista aprovechará para enlazar el hecho, con la promesa de la Eucaristía, y da muchos detalles de ello. San Juan transmite las palabras de Jesús, siempre que es posible, pero no suele narrar aquello que ya han explicado los otros evangelistas.

San Juan explica las idas y venidas de los que seguían a Jesús. Hemos visto que habían ido en gran parte desde la orilla oriental hasta la falda del monte de las Bienaventuranzas, donde se produce el milagro de la Multiplicación. Y lo hicieron a pie, siguiendo a distancia la barca en la que iba Jesús. Lo que ocurre después es que los discípulos volvieron en barca mientras Jesús se quedó solo, para orar. Los discípulos se encuentran con una borrasca, y Jesús se les acerca andando sobre el agua. Desembarcan en la zona de Betsaida y por fin vuelven a "su ciudad". Las gentes buscan a Jesús en una y otra orilla, y por lo que se ve, tardan en encontrarle hasta que por fin van a Cafarnaum.

San Juan nos explica cómo todo este afán por encontrarle, lo aprovecha nuestro Señor para prometerles la Eucaristía: "me buscáis porque os he dado de comer...", y comienza prometiendo "el pan del cielo". Los judíos le responden con una cita del Antiguo Testamento, referida al maná del desierto:

Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según afirma la Escritura: "Les dio a comer pan del cielo" (Ps 78, 24) Jesús les replicó: Con toda verdad os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Señor, le suplicaron, danos siempre este pan. Les contestó Jesús: Yo soy el pan de vida; quien viene a Mí, no tendrá más hambre, y quien cree en Mí no tendrá más sed ... Yo soy el pan vivo que baja del cielo; quien coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo os daré es mi carne, en favor de la vida del mundo. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (Jn 6, 31 - 55)

Ya hemos explicado antes que san Juan, no sólo narra los hechos (y con mucho detalle, por cierto), sino que además nos transmite las palabras de Jesús, sin duda con mucha fidelidad. Esta fidelidad, que humanamente no tendría explicación en un narrador octogenario, es sin duda obra de la Divina Providencia y la inspiración que el Espíritu Santo ejerce sobre los escritores sagrados. Todo el texto citado, del que hemos extractado una pequeña parte, es para ser leído con actitud contemplativa porque en él se nos promete el Santísimo Sacramento. Es también este texto aquel en el que san Pedro nos da el gran argumento, que ya en otras ocasiones hemos citado: Señor! ¿A quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

 

 La figura humana de Jesús

Contemplar la figura humana de Jesús, es también una manera de contemplar la vida de Cristo. En el pasado número de CRISTIANDAD del mes de Noviembre ya se inició el tema de una forma indirecta, al analizar la relación entre un fragmento del texto del evangelio de san Mateo con la imagen de Jesús en la Sábana Santa. Vamos a continuar ahora buscando nuevamente en el evangelio las referencias a esta figura humana, y vamos también a examinar nuevamente las imágenes de la sábana santa observando el rostro de Jesús.

Conviene tener en cuenta que la adoración de la humanidad de Cristo se da especialmente desde la expansión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Si en los primeros siglos del Cristianismo la figura de Cristo era adorada principalmente en su divinidad, es propia de los últimos tiempos la adoración de su figura humana. No hay ninguna contradicción en ello. En efecto Cristo es verdaderamente Dios y hombre, y se hizo hombre asumiendo plenamente nuestra naturaleza. Al adorar esta humanidad en Jesús, adoramos verdaderamente a Cristo Hijo de Dios.

Como siempre, la actitud que con estos comentarios pretendemos promover, es de adoración contemplativa. Queremos aproximarnos a la figura de Jesús, y por esto vamos a analizar, aunque sea brevemente, lo que se puede deducir de los textos.

¿Qué impresión causaba Jesús?

Veamos, en primer lugar, dos ejemplos:

"Juan ... viendo pasar a Jesús, dice: Mirad el Cordero de Dios. Al oír esto los discípulos se fueron en pos de Jesús. Volviéndose Jesús y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Respondiéronle: Rabbí (que quiere decir Maestro), ¿dónde vives? Les contestó: Venid y lo veréis; fueron, pues, y vieron dónde vivía y aquel día lo pasaron en su casa ..." (Jn 1, 36 - 39)

 

"Al día siguiente decidió Jesús salir hacia Galilea y, encontrándose con Felipe, le dijo: Sígueme. Era Felipe natural de Betsaida, el pueblo de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: Hemos hallado a Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y los Profetas, a Jesús, hijo de José el de Nazaret." (Jn 1, 43 - 45)

Lo que llama más la atención en este capítulo, y después en otras muchas ocasiones en que sucederán este tipo de encuentros, es el indudable atractivo personal de Jesús. Podemos pensar, sin cometer ninguna incorrección, en la naturaleza divina de Jesús que trasciende de su humanidad. Jesús debía producir una impresión de gran serenidad, que sin duda se transmitía hacia el exterior. Pero sabemos también que era visto como un hombre que hablaba con autoridad, y esto, sin duda, debía traslucirse:

"Cuando Jesús terminó este discurso, las turbas quedaron admiradas de su doctrina; porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas" (Mt 7, 28 - 29)

 

"Todos se quedaron atónitos, hasta el punto que se preguntaban unos a otros: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva y llena de autoridad!" (Mc 1, 27)

La dulzura y la dureza

Pero la dulzura de Jesús, que se manifestaba especialmente con los humildes, y los que confiaban en El, no impedía que en el uso de esta autoridad que traslucía, reprendiera con vigor a los que lo merecían, especialmente a los que se muestran engreídos. Hay muchos ejemplos, y en todos ellos aparece una dureza sorprendente. Escogemos también dos pasajes.

 

"Próxima ya la Pascua de los judíos, subió Jesús a Jerusalén. Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y también a los cambistas sentados tras de sus mesas. Y haciendo un látigo con unas cuerdas, los arrojó a todos del templo, también a las ovejas; desparramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas. Y dijo a los que vendían palomas: Llevad esto fuera de aquí; no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado." (Jn 2, 13 - 16)

 

Es muy duro con los Fariseos. No hay que olvidar que no todos los Fariseos eran perversos, aunque como se ve, Jesús les increpa repetidamente porque se han apartado de Dios, creando una religión humana. Nicodemo era Fariseo (Jn 3, 1) y no obstante se entrevista, aunque ciertamente en secreto, con Jesús. Pero ya hemos dicho que nuestro Señor reprende a los que más ama, e incluso es especialmente duro con los que quiere salvar.

 

"... Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo podréis escapar de la condena del infierno? Porque Yo os mandaré profetas, sabios y escribas; vosotros mataréis y crucificaréis unos, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad..." (Mt 23, 33 - 35)

 

Contrasta esto con el pasaje en que los Saduceos le preguntan capciosamente sobre la resurrección de los muertos. La secta de los Saduceos estaba muy extendida entre las familias sacerdotales en tiempos de Jesús. Como se advierte en el texto no creían en la vida eterna (Mt 22, 23 - 33). Jesús parece menos duro con ellos, y sin embargo no es así. Jesús a los saduceos los trata como a paganos, les desautoriza y simplemente les deja sin argumentos. Es decir, da la sensación que Jesús sólo reprende, y ciertamente con dureza, a aquellos a los que quiere. Jesús es muy duro con los soberbios, pero a los saduceos, en cierto modo los desprecia.

 

Esta secta, recibía un cierta protección por parte de Herodes y además los Saduceos mantenían la corrupción de costumbres propias del paganismo helenizante que habían combatido los Macabeos un siglo y medio atrás. Eran por lo tanto peores que los Fariseos, enemigos acérrimos suyos. Estos eran hipócritas, pero los Saduceos en cambio, al negar la resurrección, negaban la misma base de la fe en Dios, y desde luego se apartaban escandalosamente de la Ley y los Profetas.

 

Reprende a los que ama

También reprende a los suyos, a los que ama, a veces también con con una dureza que sorprende. Así le dice a Pedro, cuando quiere andar sobre el agua: "Hombre de escasa fe, ¿Por qué has dudado?" (Mt 14, 30). Y más aún: cuando pretende disuadir a Jesús de su Pasión redentora le dirá "Márchate de junto a Mí, Satanás; pues no tienes en cuenta las cosas de Dios, sino las de los hombres." (Mc 8, 33).

 

A veces Jesús es cortante. No transige con los tibios. Vemos dos ejemplos con los que ponen excusas a su entrega o a su confianza:

 

"... dijo a otro: Sígueme. Mas éste replicó: Señor, permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre. Y Jesús: Deja a los muertos que entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Dijo también otro: Te seguiré Señor, mas primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le replicó: Nadie que mira para atrás mientras tiene la mano en el arado, es apto para el Reino de los cielos ..." (Lc 9, 60 - 62)

 

La suavidad de su Corazón amoroso

Pero Jesús es ciertamente dulce y amoroso. Jesús ama a los suyos con su Corazón humano, y con la omnipotencia de su divinidad, su dulzura no tiene límites. Así lo manifiesta en la Santa Cena: "... como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13, 1). Poco después en Jn 13, 33 les dirá: "Hijitos, por un poco de tiempo estoy aún con vosotros ...". Les llama "hijitos" (fillioli según la Vulgata), es difícil imaginar un apelativo más cariñoso que éste, que da a aquellos a los que ha amado, corregido y enseñado a lo largo de su Misión. Las palabras de Jesús después de la Cena, y saliendo hacia el huerto de los olivos, andando por el camino, son de gran intimidad y sigue hablando a los Apóstoles en el mismo tono amoroso y confidencial que se observa en sus palabras del Cenáculo. Conviene leer con espíritu contemplativo todo el texto (desde Jn 13, 31 a Jn 17, 26).

 

 

¿Cómo sería el rostro de Jesús?

 

Hoy se puede providencialmente conocer este rostro, gracias a la Sábana Santa. Mucho se había escrito sobre el tema, desde muy antiguo, pero nunca como ahora se ha podido tener detalles fidedignos. Cuando el primer fotógrafo de la Sábana, el abogado Secondo Pía, reveló la placa que acababa de obtener, a punto estuvo de sucumbir ante la emoción. Como es sabido, es la imagen en negativo la que muestra con más claridad la expresión de un rostro humano, cuya serena apariencia mitiga de forma misteriosa y conmovedora la dolorosa pasión que sufrió.

 

Pero no es sólo el hecho de ser un negativo de la Sábana lo que permite observar los detalles que conocemos hoy, y que en otro artículo dedicado a ello intentaremos explicar; la base de la obtención de las imágenes que manejamos actualmente está en la utilización de un fuerte contraste que "revela" los matices del rostro de nuestro Redentor. Como es sabido la imagen real de la Sábana es extraordinariamente débil y no permite conocer detalles. Hoy la tecnología digital permite llegar a resultados muy sorprendentes que, además, pueden ser realizados prácticamente en cualquier ordenador personal.

 

En efecto, hace unos veinte años, cuando esta tecnología no estaba al alcance de todo el mundo, este estudio fue realizado por un grupo de técnicos de la N.A.S.A. en Estados Unidos, que fueron autorizados a fotografiar exhaustivamente la Síndone, para luego procesarla con los medios técnicos que utilizaban en la investigación espacial. Se llegaron a conseguir imágenes tridimensionales que sirvieron grandemente para deducir que la imagen era producto de una radiación. Esta radiación, como sabemos, es atribuida por los especialistas a la Resurrección de nuestro Señor.

 

Nosotros aquí partiremos de una imagen original, a la que se ha virado a negativo y se ha contrastado muy fuertemente. A esta imagen se le han corregido también los defectos dimensionales debidos a la curvatura de la sábana sobre la cabeza.

 

En efecto, la fotografía directa suele dar una imagen excesivamente alargada de la cara, y por esto algunos especialistas corrigen esta dimensión entre un 10 y un 15%. Sobre esta imagen de Jesús doliente, al que se observa la rotura de la nariz y la hinchazón del pómulo, se ha dibujado un rostro "vivo". Este rostro, aunque la mirada es naturalmente un añadido del artista, produce a quien la contempla, una sensación extraordinaria.

 

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Nos permitimos proponer la contemplación de esta imagen. Obsérvese que, a continuación, puede compararse con una representación del Sagrado Corazón que es muy conocida. El parecido no es absoluto, pero sí evoca este rostro, elaborado a partir de la Sábana Santa.

 

 

 

 

 El nacimiento del Hijo de Dios

 

1 En aquel tiempo salió un edicto de César Augusto mandando empadronar a todo el mundo.

2 Este empadronamiento primero, tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria.

3 E iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.

4 Subió también José desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, en Judea, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David,

5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

6 Estando allí se cumplieron los días del parto,

[(MT 25) y sin que él antes la conociese dio a luz un Hijo y le puso por nombre Jesús,]

7 dio a luz a su Hijo primogénito, y le envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, pues no había para ellos lugar en la posada.

 

El censo de Augusto

 

Este es el texto refundido de los evangelios de san Mateo y san Lucas que narra el nacimiento de Jesús en Belén. Este censo descrito en el evangelio de san Lucas, tiene una enorme trascendencia como dato histórico. Lo vamos a explicar brevemente.

 

En el Imperio Romano existía una administración muy perfeccionada para la época, y a fin de controlar a los súbditos y ajustar el cobro de impuestos, se realizaban periódicamente censos de la población así como de sus bienes y patrimonio. Se sabe por el historiador Flavio Josefo, que Roma realizó un importante censo en el año 6 de nuestra era y que duró hasta bien entrado el 7. Este censo no puede ser el del evangelio, porque como se sabe, Jesús no nació en el año cero de nuestra era (que no existió, en realidad, porque se pasa de -1 a +1 en el cómputo) sino que se calcula fue alrededor del año -6.

 

Lo cierto es que si, como se cree, la periodicidad de dichos censos era de unos doce o catorce años, evidentemente debió haber uno en el tiempo mencionado por san Lucas. Obsérvese que el propio evangelista afirma que se trata de un "...empadronamiento primero ...", porque sin duda debió conocer el que se produjo después y que describe Josefo, y que al parecer tuvo una gran importancia con vistas al control de bienes de las persona censadas (Ant. Jud. 18, 1-10 y 18, 26-27).

 

Pero este censo, además, tuvo una trascendencia especial en la obra de la Providencia. En efecto, por medio de él, el nacimiento de Jesús se produjo en Belén, la cuna del rey David, de cuya estirpe había de nacer el Mesías. Sabemos por la narración de san Lucas, que José y María fueron allí, a empadronarse, y que fue precisamente al llegar cuando tuvo lugar el Nacimiento, y esta circunstancia no se produjo por casualidad. Veamos por qué.

 

Como ya hemos comentado en otras ocasiones, lo que más llama la atención es que María tuviera que hacer el viaje, siendo José el cabeza de familia, y teniendo en cuenta, además, la circunstancia del embarazo. Podrá aducirse que san José no quiso dejar sola a la Virgen, que se hallaba próxima al parto, pero esto no parece demasiado razonable debido a la propia dureza del viaje. En este caso, es más creíble que san José pudiera haber esperado al nacimiento del Niño, antes de su partida, porque sin ninguna duda los plazos para cumplir con la Administración romana debían permitirlo. En el censo que describe Josefo, se habla de un tiempo bastante largo, tal vez un año.

 

Nosotros nos hemos inclinado a pensar que san José llevó consigo a la Virgen María, con la decisión de trasladarse a vivir allí, aprovechando para ello la ocasión del censo. Es decir, Jesús habría nacido en Belén por expresa voluntad de Dios, que inspiraría la decisión de José, contando naturalmente con la aceptación de María. Cómo fue esta inspiración, no podemos saberlo porque, en esta ocasión, nada nos dice el evangelista; sí podemos pensar que Dios le inspira a san José esta determinación, ya que el santo Patriarca supedita siempre su propia iniciativa al cumplimiento fiel de la voluntad de Dios.

 

El viaje a Belén

 

Muchos artistas han representado este viaje a Belén, con María montada en un asno, conducido diligentemente por san José. Sin duda debió de ser así, porque para la Virgen, en el octavo o noveno mes del embarazo, un viaje de más de 140 kilómetros a pié no sería muy recomendable. La mayor parte de los viajeros, iban andando en grupos más o menos numerosos, formando improvisadas caravanas; esto era lo habitual especialmente entre los galileos que iban por Pascua a Jerusalén. Eran muy pocos los que podían disponer de una cabalgadura, y ésta era normalmente un asno, de la raza que se denomina africana y que era de mayor tamaño y fortaleza que los que conocemos hoy en occidente.

 

Pero como ya hemos dicho, la posesión de un jumento era un verdadero lujo para la gente humilde de los pueblos de Galilea. Por esto hemos supuesto que José debió reunir todos sus bienes para comprarlo.

 

Hemos de pensar, y así podemos contemplarlo, que el animal debió ser especialmente útil para llevar sobre sus lomos la preciosa carga de María Santísima, embarazada de nuestro Redentor; pero también pudo haber servido para transportar los enseres que pudieron llevar a Belén los santos esposos.

 

Existe una conocida tradición sobre la presencia de un buey, junto al asno, en la cueva en la que nació Jesús. Hay quien cree que, de la misma manera que el asno pudo haber venido de Nazaret, con José y María, también el buey pudo haber tenido utilidad en el transporte de enseres, ya que el asno tendría como misión principal, como hemos dicho, el ser la cabalgadura de la Virgen María ¿Qué grado de fiabilidad tiene esta tradición?

 

El profeta Isaías escribió: "... el buey reconoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor ..." (Is 1, 3). Todos los comentaristas lo refieren al nacimiento de Jesús. Pero, además, examinando el libro de los Ejercicios de san Ignacio, en la meditación del nacimiento de Cristo, en el punto 111 se lee textualmente: "... será aquí, cómo desde Nazaret salieron Nuestra Señora grávida de quasi nueve meses, como se puede meditar píamente, asentada en una asna, y Joseph y una ancila, levando un buey para ir a Bethlém ..."

 

Naturalmente esto es una piadosa composición de lugar que hace san Ignacio, pero no deja de ser interesante comprobar que coincide con nuestro comentario. Fijémonos que además habla de una ancila (criada o sirvienta). Se comprende que san Ignacio interpreta este traslado como lo que hoy llamaríamos una "mudanza".

 

Nace Jesús

 

Al llegar a Belén, a la Virgen María le llegó la hora del parto (...se cumplieron los días del parto... dice san Lucas), y debieron buscar un lugar adecuado para ello. Las hosterías de la época no disponían de habitaciones individuales, o en todo caso, había muy pocas; la mayor parte de los huéspedes se alojaban en grandes salas comunes, mientras los animales eran recogidos en un patio. Se ha dicho a menudo que habría mucha afluencia de viajeros, a causa del empadronamiento, y es posible que fuese así, pero ya hemos comentado que estos censos se realizaban a lo largo de bastante tiempo. Lo más probable es que José buscara una estancia discreta, simplemente porque "no había lugar" lo bastante íntimo en Belén. Así se acogieron en la Cueva que hoy se venera, y que debía ser refugio de animales, porque como sabemos, Jesús fue recostado en un pesebre.

 

 

Podemos suponer que San José buscaría encontrar un lugar para instalarse a vivir en Belén. Es decir, si hubieran estado en la posada, ello habría sido de modo provisional, a la espera de encontrar una vivienda digna, pero probablemente el Nacimiento se anticipó a ello, y por esto debieron alojarse en la santa Cueva. Si analizamos el texto de san Lucas con detalle, podemos observar que, en realidad no nos dice que "se cumplieron los días del parto" al llegar a Belén, sino "estando allí (cum esset ibi)" Es por tanto posible que sólo acudieran a la cueva para dar a luz, apartándose de los lugares concurridos. En cualquier caso, José y María sí debieron buscar una casa donde alojarse, después de nacer Jesús.

 

Pero Jesús nació en la cueva que se venera en las afueras de Belén. No menciona el evangelio, propiamente la cueva. Dice simplemente que  "le envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre". En la zona hay bastantes grutas, y sin duda serían utilizadas para albergar ganado; de ahí la existencia del pesebre. De hecho la cueva de Belén se comunica interiormente con otras (ver plano), una de las cuales fue ocupada por san Jerónimo durante el tiempo en que estuvo viviendo allí, documentándose para escribir la Vulgata.

 

Contemplaremos finalmente a los santos Esposos dirigiéndose en oración al Altísimo, dando gracias por el nacimiento del Salvador del mundo. Aquella cueva natural que, como decimos, servía para albergar ganado, se convirtió en un instante en el Tabernáculo en el que acababa de hacerse presente la segunda Persona de la Santísima Trinidad. José y María eran conscientes de ello, y por esto, y por la Gracia que habían recibido, su oración debió de ser ciertamente sublime.

 

 

 Jesús, ¿de Nazaret?

 

El nombre "Jesús de Nazaret", para hablar de Nuestro Señor Jesucristo, es muy habitual en la literatura relacionada con los evangelios. Y ciertamente es una denominación impropia. No es que sea criticable, porque como veremos sí fue denominado nazareno, especialmente por los galileos, pero desde luego no refleja el carácter mesiánico de su predicación, ni el supremo sacrificio de su muerte redentora, que tuvo lugar en Jerusalén.

 

La denominación de nazareno, como gentilicio de la población de Nazaret, era utilizada peyorativamente por los enemigos de Jesús y sus discípulos. De todas formas en Judea, donde Nazaret no era una población conocida, en general eran llamados galileos. Tan sólo en la Cruz, el rótulo trilingüe denominaba nazareno a Jesús. Durante la evangelización apostólica, después de Pentecostés, fueron llamados "nazarenos" los seguidores de Cristo, y fue después de la estancia de Pablo y Bernabé en Antioquía, cuando se empezó a utilizar la denominación de "cristianos".

 

Dice san Lucas cuando Jesús visita Nazaret por primera vez en su vida pública: "Llegó a Nazaret, donde se había criado, y entró, según costumbre, un sábado en la sinagoga, y se levantó a hacer la lectura." (Lc. 4, 16). Nazaret es donde Jesús "se había criado", pero Jesús, el Mesías, nació en Belén como todos sabemos. Por esto es impropia la denominación.

 

En Belén de Judá debía nacer el Cristo "Hijo de David", no podía ser de otro modo (Miq 5, 2) y así fue ciertamente por providencia divina. En efecto, el "inoportuno" censo de Augusto, obligó a san José a desplazarse a Belén para empadronarse. Y nació Jesús, al punto de la llegada de José y María como sabemos, porque el parto les sorprendió prácticamente sin haber tenido tiempo de aposentarse.

 

Ya hemos explicado en el num. 893 de Cristiandad que, casi con seguridad, san José quiso instalarse de forma estable en Belén, la tierra de sus antepasados. Esto explicaría la presencia de la Virgen María que, en principio, no tenía necesidad de hacer el viaje siendo san José el cabeza de familia. Conviene saber que la presencia de judíos en Galilea (el antiguo reino de Israel, del norte), se debía a la colonización emprendida para repoblar y judaizar los territorios paganos, tras la devastación y las deportaciones de los Asirios en 722 a. C . Varias generaciones de judíos habían conseguido que parte de la gentilidad del norte recuperara la fe de los antepasados, y entre estos judíos, se encontraban evidentemente las familias respectivas de san José y la Virgen María.

 

¿Por qué san José se decidió a realizar este cambio, tanto familiar como profesional, estableciéndose en Belén abandonando la Galilea en la que vivían? Se pueden intuir los motivos que indujeran a José a tomar tal decisión. El ángel que, en sueños, le da a conocer el misterio de la Encarnación le dice claramente que su Hijo "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). Jesús va a ser el Mesías, y no debe nacer ni criarse en tierra de colonización, sino en la Casa de David, en Belén. Sin duda José, inspirado por la Providencia, se trasladó a vivir a Belén, aprovechando el tan molesto como providencial censo.

 

Pero los planes de san José se vieron truncados por la persecución de Herodes, e incluso después, por las revueltas en tiempo de su hijo Arquelao. Como ya explicamos en el numero 893, José tuvo que volver a Nazaret, donde la Sagrada Familia vivió apartada del conocimiento de las gentes. Jesús nació en Belén, ciertamente, pero vivió la mayor parte de su vida en la humilde Nazaret de Galilea.

 

Hay un fragmento del evangelio de san Mateo, que al referirse a esto, da pie a diversas especulaciones. Nosotros vamos a fijarnos en él, no porque queramos entrar en tales especulaciones, sino porque nos ayudará acercarnos a Jesús, y a su figura humana. En este evangelio aparece por primera vez la denominación de "Nazareno": Mas habiendo oído que en Judea reinaba Arquelao en lugar de su padre Herodes, temió ir allá y, advertido en sueños se retiró a la región de Galilea, yendo a habitar en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese lo dicho por los profetas: "Será Nazareno" (Mt 2, 22-23). Está constatado que nada en las Escrituras designa al Cristo como debiendo ser nazareno. Algunos Padres suponían un pasaje perdido; críticos modernos suponen la existencia de un apócrifo desaparecido, pero lo que más razonable parece es la doble significación que la expresión "Nazareno" puede tener, tanto en nuestra lengua como en la legua hebrea y el propio arameo de los tiempos de Jesús.

 

Se trata de lo que en latín se denomina "nazareus" (según la Vulgata) refiriéndose al hombre consagrado a Dios que no se cortaba la cabellera, y del que en el libro de los Jueces se aplica por primera vez a Sansón (Jud. XIII, 5). En hebreo estos hombres consagrados eran denominados nazir, que significaba separados, y semánticamente tenía también parecido con el gentilicio hebreo de Nazaret (Nasor o Nasorath). San Jerónimo ya había comprendido y explicado que en este caso, san Mateo no citaba un texto determinado, sino que hacía un "juego de palabras". Se puede decir que los Profetas designaban al Mesías como santo, y a esto se refería. Hay que constatar que este juego de palabras se mantenía igual en la lengua aramea en que fue escrito el primer evangelio de san Mateo.

 

Vamos pues a fijarnos en la figura física de nuestro Señor, ya que es la razón de este comentario. Jesús conservó sin duda su cabellera larga, tal como hacían los nazareos consagrados, aunque en ningún caso actuó como miembro de ningún grupo o secta que, no obstante, pudieran ser buenos de suyo. Conviene insistir en esto porque a veces se han dicho, y escrito, cosas impropias, referidas a sectas como la de los esenios. A este respecto el evangelio es muy clarificador, ya que los consagrados nunca bebían vino ni bebidas embriagantes, y en cambio Jesús sí. "... vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Está poseído del demonio. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe; y dicen: Es un comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores (Mt 11, 18-19).

 

Este texto explicaría que si, efectivamente, san Juan Bautista podría ser un "nazareo" ya que vivía en el desierto y actuaba como tal, Jesús en cambio, aunque adoptando la apariencia de hombre consagrado, actuaba con absoluta libertad, como el verdadero Mesías que era. Así pues la cabellera de Jesús sería un venerable símbolo externo de su misión.

 

 

Esto, que los artistas de veinte siglos han representado en mayor o menor grado, ha podido ser comprobado y admirado, hoy, en la imagen de la Sábana Santa. En ella aparece el impresionante rostro de Jesús, con la cabellera enmarcando a ambos lados. Pero además, observando la imagen posterior, se descubre con sorpresa que Nuestro Señor tenía más cabello detrás, recogido mediante una cinta o cuerda. Si nos fijamos después en la imagen frontal se adivinan entonces algunas guedejas que descendían sobre los hombros. Es decir, la cabellera de Jesús era realmente larga, tal como debía ser la de los nazarenos, que se consagraban a Dios, y jamás se cortaban el cabello.

 

Podemos decir que, en general, los artistas se habían quedado cortos en sus representaciones de Jesús, y por esto no dejaremos nunca de recomendar la contemplación de la imagen de la Sábana Santa, la más auténtica y verdadera de cuantas existen. Pese a las huellas del sufrimiento, el rostro de Jesús inspira una profunda sensación de paz. En un próximo artículo analizaremos estas imágenes con detalle, para contemplar, en la medida de lo posible, el verdadero rostro de Cristo.

 

 

 

 Yo le resucitaré en el último día ...

Esta es la expresión con la que Jesús promete la vida eterna, según transcribe san Juan en seis ocasiones. Otras muchas, casi incontables, de significado similar, aparecen en los cuatro evangelistas al referir la vida pública de Jesús. Jesús hablaba mucho de la vida eterna, y continuamente la vinculaba a Sí mismo. En efecto, las promesas de la Salvación eterna, fruto de la Redención de Cristo, son inseparables de la propia Fe. No es posible creer en Dios, sin tener al mismo tiempo la esperanza teologal de la Bienaventuranza.

Por esta razón es teológicamente incorrecto, aunque muy bello y sentidamente místico, el conocido soneto de autor indeterminado, que comienza así: "No me mueve, mi Dios, para quererte..." y sigue después: "... aunque no hubiera Cielo te quisiera y aunque no hubiera infierno te temiera ..." No es correcto desde luego, como hemos dicho, desvincular a la Esperanza de la Fe. Y es que Jesús nunca las separó cuando predicaba a las gentes: "La voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna" (Jn 6, 40); "Quien escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene la vida eterna" (Jn 5, 24);  "Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré en el último día" (Jn. 6, 54); "En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si eso no fuera así os lo hubiera dicho. Allí voy a preparar un lugar para vosotros.Y cuando habré ido, y os habré preparado un lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros" (Jn. 14, 2 - 3).

Hoy se habla poco de la vida eterna, del cielo, y esto hace que, a veces, la fe de los cristianos se vea faltada de una verdadera perspectiva teologal. Esta carencia, debida frecuentemente a una predicación incompleta, o incluso torpe, tiende a que la esperanza de los fieles se enfríe. Queremos en este artículo, con motivo de la festividad de Todos los Santos, suplir mínimamente esta carencia, y hacer atractiva, en la medida de lo posible, nuestra propia salvación y la de nuestros allegados. Debemos pensar más en la Salvación, por esto hoy vamos a contemplar este cielo que Cristo nos promete, a fin de que se nos abra la Esperanza y en verdad lo deseemos.

¿Pero qué es lo que debemos esperar de la Bienaventuranza? Veamos en primer lugar un extracto de lo que dice santo Tomás en la Suma Teológica:

"La bienaventuranza es el bien perfecto que calma totalmente el apetito, de lo contrario no sería fin último si aún quedara algo apetecible. Pero el objeto de la voluntad, que es el apetito humano, es el bien universal. Por eso está claro que sólo el bien universal puede calmar la voluntad del hombre. Ahora bien, esto no se encuentra en algo creado, sino sólo en Dios, porque toda criatura tiene una bondad participada. Por tanto, sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre, como se dice en Sal 102,5: El que colma de bienes tu deseo. Luego la bienaventuranza del hombre consiste en Dios solo." (Suma I-II, q.2 a.8)

"La bienaventuranza última y perfecta sólo puede estar en la visión de la esencia divina. Para comprenderlo claramente, hay que considerar ... que el hombre no es perfectamente bienaventurado mientras le quede algo que desear y buscar....Así, pues, se requiere, para una bienaventuranza perfecta, que el entendimiento alcance la esencia misma de la causa primera. Y así tendrá su perfección mediante una unión con Dios como con su objeto, en lo único en que consiste la bienaventuranza del hombre, como ya se dijo en q.2 a.8." (Suma I-II, q.3 a.8)

Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica, concretando algo más, nos señala como causa directa de nuestra Bienaventuranza, la Redención llevada a cabo por nuestro Señor, mediante el Sacrificio de la Cruz

1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.

1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica"

¿Como ha de ser el cielo? Es imposible abarcar con nuestra razón humana, el grado sumo de felicidad que se alcanza en la mencionada "visión beatífica", por esto ninguna descripción es posible. Cabe, no obstante, una pequeña aproximación, asequible a nuestro entendimiento, si pensamos que es en nuestro compuesto de alma y cuerpo, que estamos llamados a participar en la resurrección en Cristo. En efecto, nuestro cuerpo resucitado también ha de gozar de la visión de Dios, es dogma de fe; y Cristo también resucitó, con un cuerpo glorioso. Este cuerpo, necesita de la acción de Dios mismo para poder ser capaz de "soportar" esta visión beatífica de que nos habla el Catecismo, y por esto sabemos que habrá de tener características distintas del cuerpo mortal. Las características del cuerpo resucitado son definidas por los escolásticos, por similitud con el cuerpo resucitado de nuestro Señor, en sus apariciones a los discípulos: Claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.

Si leemos con atención la narración evangélica, después de la Resurrección, las apariciones de Jesús tienen todas estas características. Claro que esto es sólo lo "accesorio" de la Bienaventuranza, pero sin duda es lo que más claramente podemos comprender, viéndolo en nuestro Señor resucitado. En nuestra "Vida de Jesús, evangelios concordados", hemos comentado estas apariciones de Jesús de la siguiente manera:

"Llama la atención la forma misteriosa de estas apariciones, en las que en un primer momento no le reconocen. Es curioso observar que no le reconocen por su apariencia y sí claramente por sus palabras o acciones. Este hecho no añade ni quita ningún motivo de credibilidad, pero permite reflexionar sobre la resurrección de los muertos prometida por Cristo y las facultades de los cuerpos gloriosos." Recordemos también la visión que tuvieron Pedro, Santiago y Juan en el Tabor, en la que tan cerca estuvieron de la Bienaventuranza.

No olvidemos tampoco, que el fundamento de nuestra esperanza teologal está en la confianza en nuestro Señor, en sus promesas y en su infinito Amor. Los devotos del Sagrado Corazón entienden muy bien este grado de confianza, que se encierra íntegramente en la frase "en Vos confío" de la jaculatoria referida al Corazón de Jesús. Sabemos que nada merecemos, pero es por su Misericordia que esperamos gozar con El esta Bienaventuranza eterna. Bienaventuranza que El mismo posee infinitamente, como sabemos, y nos la ofrece de forma gratuita.

El ejemplo más evidente de esta promesa, está en la consoladora respuesta que da Jesús al buen ladrón, en el Calvario. Es sin duda la expresión más clara de esta verdad que contemplamos, y son palabras ante las que, viendo la escena con atención, difícilmente podemos quedar indiferentes. La rotundidad de la respuesta de Jesús no tiene matices: "... en verdad te digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso ...". Qué gran consuelo para el buen ladrón!. La Esperanza teologal no es algo inconcreto, metafísico, Jesús le promete el Paraíso "hoy", es decir, inmediatamente después de morir en el Calvario.

También para nosotros que confiamos en Cristo y las promesas de su Corazón amoroso, este pasaje del evangelio de san Lucas es muy consolador. Cierto que creemos en una necesaria purificación previa a la contemplación de Dios en su gloria; el Purgatorio es una verdad de fe. Pero esto no impide que se considere realmente como inmediata la salvación del alma que se halla en Gracia. En todo caso, pensemos que sólo Dios conoce el valor absoluto de los tiempos y en El confiamos.

Ojalá que siempre tengamos esta perspectiva sobrenatural de nuestra existencia, pero si nuestra esperanza flaquea alguna vez, recordemos también aquellas palabras de san Pedro, cuando Jesús le pregunta si también él le quiere abandonar: "Señor! ¿A quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68-68).

 

 

 No quedará piedra sobre piedra

Fin de los tiempos: Mt 24, 1-14 (Mc 13, 1-3; Lc 21, 5-19)

 

1 Jesús salió del Templo, y cuando iba de camino, se le acercaron sus discípulos para hacerle notar las construcciones del Templo.

2 Jesús les dijo: ¿Veis todo esto? os garantizo que no quedará aquí piedra sobre piedra; todo será removido.

3 Estaba El sentado en el monte de los Olivos y los discípulos se le acercaron y le preguntaron en secreto, [(Lc 21) Pedro, Juan, Santiago y Andrés]: Dinos cuándo serán estas cosas, y cuál será la señal de tu venida y del fin de los tiempos.

4 Jesús les respondió: Estad atentos para que nadie os engañe.

5 Porque vendrán muchos en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo; y seducirán a muchos.

6 Oiréis hablar de guerras y de rumores de guerras. Estad atentos; no os alarméis! Porque es necesario que venga esto; pero no es todavía el fin.

7 Se levantará un pueblo contra otro, un reino contra otro. Habrá hambre, peste y terremotos en varios lugares [(Lc 21) fenómenos pavorosos y señales extraordinarias en el cielo]

8 Pero todo esto no será más que el comienzo de los dolores. [(Mc 13) Os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas, y por causa mía tendréis que comparecer ante gobernadores y reyes para declarar ante ellos. Pero antes deberá ser anunciado el Evangelio a todos los pueblos. Y cuando os lleven para entregaros, no empecéis ya a inquietaros por lo que tendréis que decir; pues no sois vosotros los que habláis sino el Espíritu Santo, [(Lc 21) pues Yo os daré tales palabras y argumentos que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios.]

9 Entonces os entregarán a los tormentos y a la muerte. Seréis odiados por todo el mundo a causa de mi Nombre.

10 Y entonces muchos sucumbirán en la fe, se denunciarán unos a otros y se odiarán mutuamente [(Mc 13) Y entregará a la muerte un hermano a otro, el padre al hijo, y se sublevarán los hijos contra los padres, dándoles muerte]

11 Surgirán muchos falsos profetas y seducirán a muchos.

12 Y al abundar la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos.

13 Pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

14 Esta buena nueva del Reino será predicada en todo el mundo, como prueba de la verdad para todas las gentes. Entonces vendrá el fin.

 

"El fin del mundo" es una traducción imperfecta que habitualmente se hace de la expresión "consummationis saeculi"  que aparece en la Vulgata. Algunos exegetas en lugar de fin del mundo traducen más correctamente "fin de los tiempos" y naturalmente se asimila, como en el propio texto evangélico se especifica, con el próximo advenimiento de Cristo: "... dinos cuándo serán estas cosas, y cuál será la señal de tu venida y del fin de los tiempos ..." En todo caso podríamos denominarlo, más correctamente incluso, como «consumación» o «plenitud» de los tiempos.

      No podemos desarrollar aquí, como sería deseable, todo el valor profético que encierran las palabras de Jesús ante las murallas de Jerusalén, pero hay que recomendar vivamente la lectura detenida de este discurso, llamado escatológico, que abarca los puntos que a continuación detallamos: Mt 24, 1 - 51; Mc 13, 1 - 37; Lc 21, 5 - 36. Es bueno leer también en el artículo 7 del Catecismo de la Iglesia Católica, lo que aparece bajo el título:  "Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos"

      Un breve comentario conviene añadir: Como es habitual en el lenguaje profético, coexisten dos significados de distinto cumplimiento temporal. Se trata de la destrucción de Jerusalén (que Jesús ya predijo en "dóminus flevit", Lc 19, 41 - 44), y este fin de los tiempos al que nos hemos referido. Es como si el cumplimiento de lo primero, tuviese la misión de confirmar la veracidad de lo segundo que ha de suceder más tarde. Por esto se dice, por un lado " ...os aseguro que no pasará esta generación sin que haya sucedido todo esto ..." y en otro lugar "... en cuanto a aquel día y a la hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre ..."

      Todas estas cosas las explicaba Jesús en la ladera del monte de los olivos, parece que en el lugar venerado como la gruta del "Pater Noster". En aquel tiempo, al no existir las actuales construcciones, la explanada del Templo y toda la ciudad se veían con gran esplendor. Por esto los discípulos se lo muestran al Señor, pensando tal vez disuadirle de lo que dijo en dóminus flevit (Lc 19, 34) "... y te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán en ti piedra sobre piedra por no haber conocido el tiempo de la visita que se te hacía ..."

      Así había predicho Jesús la destrucción de Jerusalén, que ocurrió en el año 70. De este modo, la ciudad que había condenado a Jesús, recibía un terrible castigo sometida a un asedio de los más crueles que ha dado la historia. Es duro pensar que Dios pueda castigar a los pueblos y a las naciones, pero si aceptamos las Escrituras como verdaderas y analizamos los hechos, no caben interpretaciones.

 

      Podemos, eso sí, pensar que Dios consigue grandes bienes de lo que para nosotros humanamente son males, y que Dios no busca la perdición de los pecadores, sino que purgando la culpa se conviertan y se salven. Dios permitió el gran sufrimiento de Jerusalén, que había profetizado desde el monte de los olivos, pero también preservó a la comunidad cristiana que se retiró a los montes antes del asedio, sin duda por visión providencial: "... entonces, aquéllos que estén en Judea, huyan a los montes ..." (Mt 24, 16).

 

      El discurso escatológico de Jesús describe la destrucción de Jerusalén al tiempo que profetiza aquel momento impreciso, que "nadie conoce, sólo el Padre" en que, tras la apostasía de las naciones y "consumados los siglos" el Hijo del Hombre vuelva "con poder y majestad". Luego si algo nos tiene que quedar claro, es que el cumplimento de lo primero nos tiene que servir, a modo de ejemplo, para mantener la esperanza en el cumplimiento de lo segundo. La dureza de lo que se profetiza, que se entrevé en el texto evangélico, cabe intuirla también con la lectura del Apocalipsis de san Juan. Pensemos en todo caso que: "... por eso vosotros tenéis que estar preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos penséis ..." (Mt 24, 44).

 

      Veamos pues, aunque naturalmente muy resumida, como fue esta "gran tribulación" que sufrieron los habitantes de Jerusalén, ante el asedio de las legiones romanas, entre los años 66 y 70:

 

 

      Tras la muerte y resurrección de Jesucristo en el año 30, y durante los primeros años de la evangelización apostólica, Jerusalén se fortifica, ampliando hacia el norte la zona amurallada. Si se observa el dibujo, basado en la maqueta de Holly Land, se aprecia que la zona situada al norte de la antigua muralla (la que existía en tiempo de Cristo), se había poblado con edificaciones nuevas que quedaron englobadas en la ciudad al realizar el nuevo trazado del muro. Ello fue posible porque, después de Herodes Antipas, llegó al poder su sobrino Agripa I, nieto de Herodes el Grande (el de los Inocentes), al que el emperador Claudio concedió recuperar parte del antiguo trono de su abuelo, dándole autoridad en Judea. Agripa I fue el que ordenó el encarcelamiento de san Pedro y la degollación de Santiago. Caifás, el sumo sacerdote, no pudo condenar a Jesús sin permiso de Pilato, pero Herodes Agripa era ya rey de Judea y él sí condenó al hijo de Zebedeo. Poco después murió trágica y repentinamente, tal como se describe en los Hechos de los Apóstoles.

 

      Su hijo Herodes Agripa II, recibió de Roma la totalidad del antiguo trono y completó la obra iniciada. Así llegó el año 66, en que Jerusalén había recuperado todo el esplendor de Herodes el Grande, incluyendo su antiguo palacio. ¿Qué ocurrió pues para que se llegara a la destrucción total?.

 

      Se conoce la historia con muchos detalles, gracias a Flavio Josefo en su obra "La guerra de los Judíos". Veamos una breve cronología, extractada de varios comentaristas.

 

      Desde los tiempos de la vida de Jesús, hasta el año 66, los Zelotes no dejaron de crear conflictos, con sabotajes y sublevaciones contra el imperio. La tensión fue en aumento, hasta que en un momento dado, Roma se incauta de una parte del tesoro del Templo. Estalla la sublevación, y es arrasada la guarnición romana de Jerusalén.

      Desde Siria, Cestio Gallo envía tropas que entran por Galilea, pero allí, los "bravos galileos" se organizan al mando de José ben Matías (que fue después Flavio Josefo), y resisten el primer envite, rechazando a las milicias romanas.

      Nerón envía a Vespasiano, al mando de tres legiones de la élite militar de Roma. El y su hijo Tito traban un duro y sangriento combate a orillas del lago de Genesaret, y los galileos son derrotados. Tres mil hombres son deportados a Corinto, y el general José ben Matías es hecho prisionero.

      Entonces ocurren dos hechos muy singulares: Nerón se suicida en Roma y los ejércitos detienen su avance a la espera de que se resuelva la guerra de sucesión. Por otra parte, José ben Matías se gana la confianza de Vespasiano, que en lugar de enviarlo detenido, lo incorpora a los ejércitos vencedores. ¿Qué es lo que ha pasado?.

      Parece que el general galileo tuvo la astucia de profetizar a Vespasiano que iba a ser emperador; cosa que al poco tiempo sucedió, una vez resuelto el conflicto en Roma. Ben Matías pasó a ser el historiador Flavio Josefo, y fue encargado de narrar las victorias de los ejércitos del imperio. Josefo, traicionando a los suyos, accedió y se convertió en ciudadano romano.

      Vespasiano se marchó a Roma para ser coronado, pero su hijo Tito, tomando el mando de los ejércitos, avanza sobre Jerusalén llegando con todas las tropas durante la primera luna de primavera. La ciudad, abarrotada, iba a celebrar la Pascua. Comienza el asedio.

      Narra Flavio Josefo, que él mismo actuó de mediador para que la ciudad se rindiera, evitando el sufrimiento que se avecinaba. El hecho es que los judíos resistieron y, aunque la ampliación de la muralla norte, en la zona donde se encuentra la actual puerta de Damasco, cayó en poder de los romanos; los judíos se hicieron fuertes en la torre Antonia y aguantaron los ataques favorecidos por la orografía.

      El asedio fue largo y durísimo, pero los judíos estaban dispuestos a resistir. Los romanos comenzaron a construir máquinas de asalto, pero las escaramuzas nocturnas de los judíos, que utilizaban galerías subterráneas bajo las murallas, conseguían destruirlas frecuentemente. Otros conseguían robar vituallas de los campamentos romanos.

      La respuesta de los sitiadores fue de una gran crueldad: Todo judío capturado fuera de la ciudad sería crucificado. Cuenta Josefo que en un día llegaron a ser crucificados quinientos judíos. Los romanos acabaron con los árboles del monte de los olivos. ¡Terrible paradoja en la ciudad que crucificó al Señor!                                                                    

      Tito ordena construir una muralla de tierra que circunvala la maltrecha muralla de Jerusalén, e instala torres de vigilancia que imposibilitan ninguna salida de los sitiados. El hambre comienza a hacer estragos y los sitiados en Jerusalén se enfrentan entre sí de forma fratricida: "... los niños y los jóvenes, enflaquecidos como fantasmas, vagaban de aquí para allá hasta que caían -explica Josefo- Tan agotados estaban, que ya ni siquiera tenían ánimos para enterrar a sus muertos. Al hacerlo caían a su vez entre los cadáveres. La miseria era espantosa. Apenas aparecía por alguna parte el indicio de un comestible, empezaba enseguida una lucha terrible para apoderarse de él, y los mejores amigos peleaban entre sí para alcanzarlo ... ... su hambre era tan insoportable que les obligaba a masticar cualquier cosa. Recogían lo que ni los perros vagabundos hubieran podido remover, y mucho menos comer. Hacía ya tiempo que habían empezado a masticar sus sandalias y sus cinturones, y hasta el cuero de sus jubones ..."

      Una cosa terrible cuenta el historiador, que al parecer llegó a oídos del propio Tito y precipitó finalmente el asalto final: una madre fue descubierta en Jerusalén por estar asando a su propio hijo recién nacido!. El hecho, fuera verdadero o no, horroriza al futuro césar y decide acabar rápidamente.

      El Templo es utilizado como defensa por los judíos, pero los romanos, aunque tenían orden de respetarlo, incendian sus puertas. Se repitió la misma historia de las tropas de Nabucodonosor y el antiguo Templo de Salomón: los soldados entraron destruyéndolo todo, y saqueando cuanto encontraban de valor. Finalmente incendiaron el Templo que acabó hecho cenizas.

      De las 600.000 personas, entre habitantes y peregrinos que había en Jerusalén con motivo de la Pascua, un año más tarde 97.000 supervivientes eran hechos prisioneros, y empleados en el más penoso de los menesteres: la demolición de lo que quedaba en pie del Templo y la ciudad.

      En efecto, los prisioneros eran casi siempre utilizados como esclavos; frecuentemente envidiaban la suerte de los caídos en combate. La demolición de sus propias ciudades y fortificaciones era realizada a mano (no pensemos en nuestros actuales métodos), y por medio de los propios vencidos tratados como esclavos en las condiciones más penosas. Jerusalén fue destruida y el Templo demolido hasta la última piedra. Tan sólo quedaron las dos o tres líneas de sillares, de la base de la actual explanada de las mezquitas, que constituyen el llamado "muro de los lamentos", donde lloran y rezan los Judíos contemporáneos.

      Estos sillares no pudieron ser demolidos porque servían de contención del terreno en que estaba edificado el Templo, impidiendo la invasión de tierras hacia la vaguada por la que transcurría el Tiropeón, arroyo por el que se distribuía el agua. Los romanos reedificaron una nueva ciudad, sobre estas ruinas, a la que denominaron Aelia Capitolina. En las excavaciones que se realizan actualmente en Jerusalén, aparecen restos de esta nueva edificación que, al estilo de Roma, contaba con una gran avenida: el Cardo Máximo, contigua a dicha vaguada del Tiropeón.

      Esta es, muy resumida, la historia del cumplimiento de una parte de la profecía de Cristo en el discurso Escatológico. Pero falta la segunda parte, esa que  "... en cuanto a aquel día y a la hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre ..."(Mt 24, 36). Por esto no debemos dejar de considerar la recomendación de Jesús: "... estad alerta para que no se emboten vuestros corazones con los excesos de la comida y bebida, y las preocupaciones de la vida, y os sorprenda repentinamente,  como un lazo, aquel día; porque se abatirá sobre todos los habitantes de la tierra. Velad pues, y orad en todo tiempo, a fin de merecer escapar de todas estas cosas que van a suceder, y presentaros seguros ante el Hijo del Hombre ..."(Lc 21, 34 - 36).

      Al contemplar cómo fue la destrucción de Jerusalén, y el sufrimiento del Pueblo Escogido, infiel a su Señor, no podemos sino pensar ante la infidelidad contemporánea, lo que camino del Calvario decía Jesús a las mujeres de Jerusalén: "... si hacen eso con el árbol verde, ¿en el seco, qué se hará? ..."(Lc 23, 31).

 

 

 

 

La lanzada: Se abre el Corazón de Jesús

 

313 La lanzada: (Jn 19, 31-37)

 31 Los judíos entonces (pues era la Parasceve), para que no permanecieran los cuerpos en la Cruz el Sábado (era muy solemne aquel Sábado), rogaron a Pilato que les quebrara las piernas y los quitase de allí.

32 Vinieron pues los soldados y rompieron las piernas del primero, y del otro que había sido crucificado con El.

33 Mas como viniesen a Jesús, viéndole ya muerto, no le quebraron las piernas;

34 sino que uno de los soldados, con la lanza le abrió el costado, y al instante salió sangre y agua.

35 Y el que lo vio lo atestigua, y su testimonio es verdadero. Y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.

36 Estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: No le quebraréis ningún hueso.

37 Y también otra Escritura dice: Verán al que traspasaron.

      Normalmente la agonía de los crucificados, de una crueldad extrema, era muy larga. Dependía naturalmente del estado de agotamiento del reo, porque estaba supeditada a su capacidad para resistir el dolor al elevarse sobre los pies clavados, y respirar. Por esto nuestro Señor murió relativamente pronto porque ya la flagelación fue un castigo extraordinario. Dios quiso dejar constancia de su poder en ello, y Jesús expiró exhalando una gran voz, pero no tuvo que ser "rematado" como los dos ladrones, porque así era lo dicho proféticamente por Moisés, refiriéndose al Cordero Pascual: "... No le quebraréis ningún hueso ..." (Ex 12, 46)

      Efectivamente se quiso abreviar la agonía de los tres crucificados, porque era la Parasceve, o víspera de la Pascua , es decir los habitantes de Jerusalén iban a celebrar la Cena Pascual. Y la forma de adelantar la muerte, dadas las características del suplicio de la cruz, consistía en eliminar el apoyo de los pies del reo, aunque naturalmente mediante una nueva crueldad: se les quebraban las piernas a martillazos...

      Pero Jesús estaba ya muerto, y para cerciorarse, el Centurión ordena que le den una lanzada mortal. Lo hace el soldado, cumpliendo la orden, y atraviesa el costado de Jesús de abajo a arriba, y desde el lado derecho hasta el izquierdo: Así se abrió el Corazón de Jesús. Los soldados romanos conocían muy bien este golpe, y se entrenaban para ello; el corazón no está tan claramente en el lado izquierdo como se suele creer, y se le alcanzaba mediante una trayectoria cruzada, eludiendo tropezar con los huesos del tórax. Y así se cumplió, como dice san Juan, lo dicho por el Profeta: "... Verán al que traspasaron ..." (Zac 12, 10).

      "... y al instante salió sangre y agua ...", es una circunstancia realmente misteriosa y San Juan debe insistir en su testimonio para explicarla. Las heridas de Jesús, ya muerto, no debían sangrar porque su Sacratísimo Corazón, ya detenido, no podía bombear el precioso líquido Redentor. Pero además "salió agua". No dice nada más el Evangelista, sino que da fe de ello para que "también nosotros creamos". Se le atribuye a este agua el valor simbólico de la Gracia que mana del Corazón de Jesús. Al soldado que dio la lanzada, la tradición considera un converso, que se hizo Cristiano con el nombre de Longinos. La película de Mel Gibson lo representa de una forma muy bella y consoladora, cayendo sobre su rostro la sangre y agua del Corazón de Jesús. El soldado cae de rodillas. Es como símbolo de esta Gracia que comentamos.

      Para nosotros, este es el punto de partida de lo que, bastantes siglos más tarde, revelará el propio Cristo a santa Margarita mostrándole este Corazón traspasado por la lanza de Longinos, y que ofrece a los hombres de nuestro tiempo como objeto adorable. El Sagrado Corazón de Jesús no sólo es un símbolo del amor misericordioso de nuestro Señor, es una parte preciosa de su misma humanidad. Por esto la encíclica "Haurietis aquas" de Pío XII, dice específicamente: "la Iglesia tributa al Corazón del Divino Redentor el culto de latría". Este es el culto que debemos a este corazón que palpitó, y sigue palpitando a los estímulos del infinito Amor que nos profesa la segunda persona de la Santísima Trinidad.

      A algunas personas les resulta extraño el hecho de que adoremos concretamente una parte del Cuerpo de Cristo, como dicen algunos "una víscera", y piensan que se ha de ceñir al sentido simbólico que el corazón representa, en el amor. Este sentido simbólico del corazón es sin duda verdadero, no en vano se utiliza cotidianamente para expresar el amor humano; pero cuando nuestro Señor se apareció a santa Margarita le mostró claramente su corazón humano, corazón de carne diríamos más concretamente, y además con la herida de esta lanza que lo atravesó. Y esto es tan así, que los devotos denominamos a Jesucristo mismo, con el nombre de su Sagrado Corazón.

      Por esto decimos en la jaculatoria "Sagrado Corazón, en Vos confío". Queremos decir claro está: "Señor Jesús, que nos has mostrado tu Corazón para que adorándolo te amemos, confiamos en Ti"; pero al denominar a Jesús simplemente con el nombre de este Corazón, traspasado, coronado de espinas y crucificado, lo hacemos de una forma, no sólo más breve, sino también más perfecta. Sólo quienes aceptan esto con humildad, pueden intuir vagamente, la profundidad del Amor divino.

      El culto al Sagrado Corazón de Jesús, como sabemos, tiene también un sentido de reparación. Esto no se aparta en nada del sentido de adoración, en el fondo no es muy distinto, pero sí nos pone en acto y situación de corresponder nosotros, en la medida que esto es posible, al infinito Amor Divino. Para ello Jesús nos muestra este corazón humano que sufrió por nosotros, y nos dice que, misteriosamente, sigue sufriendo ante nuestra ingratitud.

      Al contemplar la escena de la lanzada, adoramos esta sagrada herida de la que manó sangre y agua. Cuando san Juan dice: "... otra Escritura dice: Verán al que traspasaron ..."  se refiere a la profecía de Zacarías cuyo cumplimiento contempla. Nosotros contemplamos asimismo la escena, con los ojos de la imaginación, y poniéndonos en la actitud de este soldado que recibe la Gracia, en la misteriosa sangre y agua que mana del Sagrado Corazón de Jesús.

Junio 2006

 

 

 

 

Madre, he ahí a tu hijo ...

"... Estaban también junto a la Cruz de Jesús, su Madre, la hermana de su Madre, y María de Cleofás y María Magdalena ..."

La Virgen María está al pie de la Cruz. La tradición del Vía Crucis nos la ha presentado encontrándose con Jesús en plena Vía Dolorosa. Es la 4ª estación. Quien haya visto la película "La Pasión de Cristo" habrá podido contemplar una de las más profundas y emocionantes representaciones que de este tremendo pasaje se han hecho. Jesús, en una de las caídas, con un aspecto absolutamente lamentable y de un realismo sobrecogedor, le dice a su Madre: "Ya ves Madre, Yo hago nuevas todas las cosas...". La Virgen seguirá a Jesús a lo largo de la Vía Dolorosa, y llegará hasta el Calvario, acercándose hasta el mismo pie de la Cruz, junto a las otras mujeres que menciona el evangelista san Juan.

Nos consta que la Virgen María, aunque es mencionada pocas veces en los Evangelios, habitualmente acompañaba a Jesús, junto a las santas mujeres que constituían la "intendencia". Parece claro que María le acompañó gran parte del tiempo de su vida pública. Tal vez no fuera con El en algún viaje a Jerusalén, desde Galilea, pero seguramente sí lo hizo cuando se desplazaron a Jerusalén en la Fiesta de los Tabernáculos. María, junto a las otras mujeres, estuvo presente en el Cenáculo y en la Pasión y muerte de Jesús. De esta mujeres, se cita aquí junto a María, a su "hermana". Esta hermana es en realidad hermana de San José, es decir, lo que nosotros llamaríamos su cuñada, y es la madre de Santiago el menor y esposa de Alfeo. También están María Magdalena y la madre de san Judas Tadeo a la que se conoce por María de Cleofás.

Para entender esto, es muy útil el siguiente cuadro:

 

Un detalle: Aunque se suele considerar María de Cleofás, madre de Santiago y de Judas, en otros momentos es citada como María, madre de Santiago, y no se dice nada de Judas. Por esto, la única posibilidad de "cuadrar" todas las referencias es admitiendo que Cleofás y Alfeo, no sólo no son la misma persona, sino que son "cuñados. Hay que notar que la mayoría de los comentaristas unifican Alfeo con Cleofás, es decir los consideran ambos como la misma persona, hermano de San José, eso sí. Sin embargo, analizando con cuidado todos los lugares en que son citados por los Evangelios, y teniendo en cuenta que cuando se trata de hermanos de sangre, rara vez se les llama así, sino con referencia a sus padres ("... los hijos de Zebedeo ...", "... la madre de los hijos de Zebedeo ...", "... Santiago de Alfeo ..." etc.) cabe entender que la expresión "hermanos" no significa habitualmente lo que entendemos.

Siguiendo con la narración al pie de la Cruz, vemos también a san Juan el evangelista que describe la escena:

"... Como viese Jesús a su Madre y al discípulo que amaba, que estaba allí, dice a su Madre: Mujer he ahí a tu hijo.

Después dice al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa ..."

 

También está San Juan, que como de costumbre no se cita nominalmente a sí mismo. Este acto de encargar a María la maternidad de San Juan, y a San Juan el cuidado de María, todos los Santos Padres lo hacen extensivo a la humanidad entera, y así lo asume la Iglesia. En este fragmento de San Juan se encierra toda la devoción mariana de veinte siglos.

En efecto, desde entonces llamamos a la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. La doctrina mariana, que se consolidó en la Iglesia a lo largo de los Concilios, parte claramente de esta declaración de Jesús y desde este momento se reflejará a toda la devoción popular en el mundo entero. Tenemos imágenes y advocaciones de la Madre de Dios tan diferentes como diferentes son las personas que las veneran. A veces se hace incluso difícil reconocer en estas imágenes a la figura humana de María, la que contemplamos en Nazaret, o estas tremendas de la Pasión que acabamos de mencionar. Pero no importa, Dios mismo lo ha querido así en su Providencia. Las advocaciones populares de la Santísima Virgen acercan a los hombres a Dios de una forma tan profunda que hay que estar verdaderamente ciego para no reconocerlo.

Hemos oído en alguna predicación que Dios es Padre y Madre a la vez; seguramente no es ninguna incorrección (puede serlo desde la doctrina trinitaria), pero lo que sí sabemos que quiso Dios, es que su protección maternal estuviera depositada íntegramente en su Madre María Santísima. Así es la devoción mariana: María es nuestra Madre por mandato divino, y esto lo puede entender cualquier persona sin necesidad de estudiar teología. Sencillamente es el mandato de nuestro Señor Jesucristo, en la misma Cruz, muy poco antes de que con su muerte consumara nuestra Redención.

"... y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa ..." San Juan se hizo cargo de la Virgen María, y dice la tradición que no abandonó Jerusalén hasta el fallecimiento, "la Dormición", de María, que por su parte tutelaba maternalmente a la creciente comunidad de Cristianos. Ya se ha dicho en el número 890 de Cristiandad, que junto al Cenáculo se venera dicha dormición, en una Iglesia que destaca en lo alto de Sión.

Hay una tradición en Efeso (Asia Menor, actualmente Turquía), que dice venerar la casa de San Juan cuando evangelizaba, y en la que residió la Virgen hasta su fallecimiento. No es imposible, pero merece mucha menor credibilidad que la tradición de Jerusalén, donde además de la Iglesia de la Dormición, también la comunidad Ortodoxa Griega venera una Iglesia subterránea cercana a Getsemaní, como la tumba de María.

Sea una u otra la verdadera tumba de María, lo cierto es que desde allí subió al cielo en cuerpo y alma. Así, la que fue Madre de Dios en Belén, y se convirtió en Madre nuestra en el Calvario, sería finalmente coronada en gloria, entre todos los ángeles y santos.

Mayo 2006

 

 

 

 

La Crucifixión y muerte

La Semana Santa, es una ocasión muy propicia para acercarnos al acto culminante de la Redención. Lo que de la Pasión de nuestro Señor se describe en los evangelios es verdaderamente extenso y detallado, es una narración muy viva. Para contemplar podemos elegir desde el prendimiento en el huerto, el proceso religioso, Pilato, la flagelación, la crucifixión, etc. Sin olvidar naturalmente la resurrección, que culmina la Semana Santa, y la apasionante jornada que describen los cuatro evangelistas. En el texto concordado se complementan además muy bien estas cuatro narraciones. Por razones de espacio nos hemos de limitar a sólo una parte, y hemos elegido para este año el inicio del Vía Crucis para contemplar después la crucifixión y muerte de Jesús, que ofrece su alma al Padre "... clamando con gran voz ..."

 

"... (Mt 27) 31 Y después de burlarse de El, le quitaron el manto, y poniéndole su vestimenta, le llevaron a crucificar. [(Jn 19) 17 Y cargaba consigo la Cruz]

32 Saliendo, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón [(Mc 15) 21 padre de Alejandro y Rufo (Lc 23) 26 que venía de una granja]. A él le obligaron a tomar la Cruz. ..."

Tras la condena de Pilato, se inicia el camino de la crucifixión, el "Via Crucis". Jesús carga con su propia cruz; así lo explica san Juan: "... (Jn 19) 17 Y cargaba consigo la Cruz ...". Sin embargo sabemos por los sinópticos que en algún momento del recorrido tuvo que ser ayudado y para ello los soldados obligaron a un hombre de Cirene, que pasaba por allí. En la concordancia de los Evangelios, este episodio es un ejemplo muy claro de cómo se pueden añadir los detalles de otros evangelistas: san Lucas dice que venía de una granja, y san Marcos especifica que era el padre de Alejandro y Rufo, a quienes sin duda conoció entre los primeros cristianos. Son citados en los Hechos de los Apóstoles.

La ayuda del cireneo seguramente fue necesaria ante el evidente desfallecimiento de Jesús. En los evangelios no constan las caídas que veneramos en el Vía Crucis, pero no hay ninguna duda de que debió haberlas. En todo caso la Cruz pesaría mucho y no se sabe con seguridad si Jesús llevaba sólo el travesaño, como era frecuente, o como creen otros llevó la Cruz entera. De todas formas los sinópticos no dicen que el Cireneo "ayudó a llevar la Cruz" sino que "le obligaron a llevarla". Jesús no podría ya llevarla, cuando dice el evangelista: "... Saliendo, encontraron a un hombre de Cirene ..." (Mt 27, 32). En cuanto a los dos ladrones que iban a ser crucificados con El, probablemente no habían recibido un castigo previo como el que sufrió nuestro Señor, no consta por tanto que fueran ayudados.

Jesús fue crucificado cerca de la muralla de Jerusalén. El Gólgota no era una montaña, aunque se ha representado frecuentemente así; se trataba de una pequeña elevación rocosa en la que probablemente se realizaban este tipo de ejecuciones, que pretendían ser ejemplares. Los caminantes que cruzaban la puerta de Efraim, en dirección noroeste, forzosamente debían toparse con ellas. La prueba de que era un lugar utilizado no sólo para Jesús, está en la ejecución simultánea de los dos ladrones. Estos reos nada tenían que ver con los motivos que se adujeron contra Jesús, que en realidad era condenado por cuenta de otros.

Desde hace bastantes siglos, el Gólgota es venerado junto con el Santo Sepulcro en una iglesia que los contiene a ambos. De hecho el sepulcro que albergó el cuerpo de Jesús tan sólo dista unos 20 ó 30 metros de la roca del Calvario. Esta iglesia, como tantos monumentos de Tierra Santa, ha sido destruida y reconstruida varias veces, y en tiempo de los cruzados tenía unas dimensiones bastante mayores.

Esta capilla del Calvario se encuentra elevada algunos metros por encima del suelo de la iglesia del Santo Sepulcro, y se accede a ella por empinadas escaleras. Debajo del altar se encuentra la roca, que en la actualidad es visible gracias a un cristal.

Jesús fue clavado con clavos, que le atravesaban las muñecas. No era la única forma de crucificar que utilizaban los romanos. De hecho el suplicio de la Cruz, que era de una crueldad verdaderamente sádica, pretendía prolongar largo tiempo la agonía del reo. La muerte le sobrevenía por asfixia, debida a la tensión de los brazos extendidos, cuando le fallaba el apoyo de los pies; éstos, apoyados en un pequeño caballete inclinado, y atravesados por clavos, producían un dolor insoportable, al intentar elevarse para respirar. El agotamiento que se producía tras muchas horas, acarreaba la muerte.

Las manos solían estar igualmente sujetas mediante clavos, pero para evitar su desgarro era frecuente atar los brazos por las muñecas, mediante cuerdas. Cuando los sayones eran expertos, clavaban las muñecas atravesando por un hueco (en la zona del denominado "túnel carpiano") en la articulación del antebrazo con la mano, que permitía una fijación sólida, y añadía un dolor suplementario al esfuerzo del reo por elevarse para respirar.

El estudio de la Sábana Santa ha permitido analizar todo esto con mucho detalle. Allí se observan las manos clavadas por la muñeca, cosa que a principios del siglo XX resultaba sorprendente. Experimentos de un notable científico, el doctor Barbet, realizados con cadáveres, han añadido mucha luz sobre este tremendo suplicio, que nuestro Señor quiso padecer voluntariamente por nuestra redención.

Jesús recibió además otras vejaciones insoportables. En primer lugar, antes de ser crucificado fue despojado de sus vestidos, que fueron repartidos entre la soldadesca. No se sabe si se le permitió cubrirse como piadosamente aparece en la iconografía, es posible, dado que los judíos fieles tenían un alto sentido del pudor, que esto se respetara; pero sabemos que Jesús fue vejado hasta extremos inusuales y desde luego Satanás anduvo muy suelto. En las meditaciones del Vía Crucis, en esta décima estación, sin entrar naturalmente en este tipo de detalles, se suele considerar el dolor moral que nuestras deshonestidades causaron a Nuestro Señor, que sufrió estas vejaciones para liberarnos del pecado. También se suele contemplar la extrema pobreza de Jesús, despojado de toda posesión personal. En todo caso, el sufrimiento moral añadido al suplicio, fue terrible, insultado también por los que habían procurado su condena, en forma de burlas y escarnio: "... si confía en Dios, que le libere ahora si le quiere; ya que ha dicho: soy Hijo de Dios ..."

"... (Jn 19) 30 Y Jesús, tomado que hubo el vinagre, dijo: Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, [(Mt 27) 50 clamando de nuevo con gran voz, (Lc 23) 46 dijo: Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró,] entregó su espíritu. ..."

Jesús muere con "gran voz" ante el estupor del centurión: "... El centurión, que estaba presente, viendo que expirase con gran clamor, dijo: "verdaderamente este hombre era Hijo de Dios ...". Era un hecho extraordinario, porque los crucificados morían faltos de respiración. El centurión, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce públicamente la filiación divina de Jesús. La tradición lo designa con el nombre de Abenader, y así lo designa la visión mística de la beata Ana Catalina Emmerich (y la película de Mel Gibson). Se le supone con razón un converso, aunque probablemente no tiene nada que ver con el centurión Cornelio del que hablan los Hechos de los Apóstoles.

Ocurre además un terremoto: "... la tierra tembló y se abrieron las piedras ...". La roca del Calvario tiene una grieta muy profunda que, por sus características, todos los expertos atribuyen a un fenómeno sísmico. Puede verse un poco a través del cristal que actualmente la protege y es uno más de los motivos que avalan la autenticidad del lugar.

Esto es, muy resumido, cómo se consumó el sacrificio de la Cruz en el que el verdadero Cordero fue inmolado en forma cruenta para la remisión de nuestros pecados. Es imposible que mínimamente podamos valorar la profundidad de este hecho, pero nos puede ayudar un poco lo que dice un piadoso canto:

          "... porque bastaba para redimirme, un suspiro, una lágrima de amor, y me quisiste dar toda tu Sangre. ¡Gracias Señor! ..."

Abril 2006

 

 

 

 

La narración evangélica y el sentido de la realidad

      Al contemplar los hechos evangélicos, tal como hemos venido haciendo en artículos sucesivos, hemos ido comentando la narración concordada de los cuatro evangelistas procurando ver los detalles de lugar y tiempo que nos los sitúan en la Historia. Queremos ahora analizar brevemente el valor y autenticidad de esta narración. Ciertamente, esto son principalmente los Evangelios: Un relato histórico de unos hechos que acontecieron. Esto es así, porque lo principal que encierra dicha narración es precisamente la acción del Verbo, que se encarna en María Virgen y da su vida por la Redención de los hombres. Esto son hechos, que se sitúan en la Historia y que son dados a conocer a todo el mundo, principalmente por los textos evangélicos.

      Es verdad que también los Evangelios contienen en gran parte las enseñanzas de Jesús en sus tres años de vida pública. Es lo que El llamaba a menudo "la buena nueva" y es descrita por los Evangelistas, tanto los Sinópticos como especialmente San Juan que detalla con mucha precisión (esta precisión es sin duda de inspiración Providencial) las palabras de Jesús. La Doctrina evangélica constituye ciertamente una singularidad, porque Nuestro Señor, que efectivamente enseñaba a sus discípulos, sin embargo realizaba constantemente hechos extraordinarios y curaciones milagrosas   "... 44 Y así andaba predicando por las sinagogas de Judea, [(Mc 1) por toda Galilea, (Mt 4) predicando la buena nueva del reino y curando toda clase de enfermedades y toda dolencia en el pueblo (Mc 1) y arrojando también a los demonios. ..." Así pues la Iglesia se fundó no sólo con palabras sino también con hechos: Los que obró Jesucristo, milagros etc. y sobre todo la Eucaristía y después el Sacrificio de la Cruz. Y hemos dicho que es una singularidad, ¡y qué singularidad!. Pensemos en la forma de actuar de cualquier líder o fundador mundano.

      De todas formas la Palabra de Dios es "viva y eficaz", es decir, su lectura fervorosa imprime carácter en el alma. Incluso sin instrucción exegética ni teológica, por la Gracia de Dios tiene efectos santificantes. Tal vez por esto Dios ha querido que la doctrina Evangélica sea tal que, como dijo el mismo Jesús:  "... Yo te alabo y te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeñuelos." (Mt 11, 25). Si nos fijamos con atención, los Evangelios transmiten sobre todo el amor de Caridad, la humildad, y la confianza en la Providencia. También nos recuerdan cual es el principal mandamiento, y el segundo, semejante  al primero: "Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo". En esto consiste el amor de Caridad.

      Como es sabido por los católicos, no son los Evangelios la única fuente doctrinal de la Iglesia, existe además la Tradición. No debe confundirse lo que llamamos "Tradición" en el Catecismo, con el significado que tiene coloquialmente esta palabra. Lo que significa la Tradición, como fuente de la Revelación, es lo que conocemos como el Magisterio de la Iglesia, es decir, todo lo que han enseñado los Papas, como sucesores de San Pedro, y los Concilios Ecuménicos con el Papa. Cuando alguien pretende prescindir de todo ello, y ceñirse exclusivamente a lo que algunos llaman "Espíritu evangélico", suele equivocarse irremisiblemente.

      Cristo quiso que sus enseñanzas, que aparecen sin duda en los Evangelios, fueran realizadas por los Apóstoles y sus sucesores "Id y enseñad" y "El que a vosotros oye, a mí me oye". Observemos que no dijo "id y escribid ...", aunque Nuestro Señor en su Providencia tenía ya previsto que se escribirían los Evangelios. Por esto, aunque los Evangelios son realmente la fuente de la narración histórica, la doctrina que contienen, es misión de los sucesores de los apóstoles explicarla y desarrollarla. Los católicos vemos al Papa como sucesor del Pedro del Evangelio, al que Cristo le otorga poder de enseñar y perdonar los pecados.

      Cuando se pierde la perspectiva de esto, se llega después a perder además el sentido de la realidad. En la actualidad, es frecuente que se prediquen homilías en las que al resaltar el valor ejemplificante o doctrinal de los Evangelios, se minimice o se ponga en cuestión la narración histórica. Cierto que, como hemos dicho, y en consonancia con todas las Sagradas Escrituras, en los hechos Evangélicos se encierra un contenido catequético que cada Evangelista se encarga de resaltar según su propia vivencia personal, pero esto no excluye jamás el rigor histórico de la narración. En todo caso debemos admitir que todo cuanto se puede conocer a través de la narración evangélica es justamente lo que Dios mismo ha querido que podamos conocer. Como dice el propio S. Juan al final de su Evangelio, a modo de epílogo "Este es el discípulo que da fe de estas cosas y las ha escrito. Y sabemos que su testimonio es fidedigno. Hay todavía muchas cosas que realizó Jesús, que si se redactaran una por una, creo yo que ni en todo el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir" (Jn. 21, 24-25). Es por tanto posible estudiar los hechos narrados, en la medida de lo que Dios ha querido que llegue a nuestro conocimiento.

      En esta serie de artículos, a pesar de su orientación contemplativa, no podemos menos que darnos cuenta de que en sí mismos constituyen un alegato contra lo que el Papa San Pío X llamó "el error modernista" en su Encíclica "Pascendi dominici gregis", y que definía como tal la interpretación relativista de las Escrituras y del Dogma Católico. En efecto, si algo tiene que quedar claro después de realizar la concordancia de los cuatro Evangelios es su rigurosa autenticidad Histórica. Si además se contrasta con la investigación de los Lugares Santos, y la aportación de datos tan extraordinarios como los de la Sábana Santa, o los proporcionados por Flavio Josefo y otros, la verosimilitud de la narración llega a ser absolutamente incuestionable.

      Para entender esto, hay que tener en cuenta que también la forma de narrar de los Evangelistas es algo restrictiva. En la época parece que las crónicas escritas no se hacían con un rigor cronológico absoluto, ya que además se tendía a unificar los hechos repetidos. Es posible que esto fuera debido a la necesidad de simplificación propia de la transmisión oral. Se nota por ejemplo en casos como la Multiplicación de los Panes, la expulsión de los mercaderes, y otros muchos: Hay Evangelistas que narran un hecho una vez, aún habiendo dos distintos. Por esto al cotejar y compendiar las cuatro narraciones, el resultado necesariamente se ha de acercar más a la narración cronológica completa. En nuestra opinión, también esto es una acción providencial de Nuestro Señor.

      Y es así como queremos proponer la contemplación del relato evangélico: facilitar aquella composición de lugar que San Ignacio proponía en los Ejercicios. En artículos sucesivos seguiremos comentando diversos pasajes de los Evangelios Concordados que utilizamos como referencia, pero en éste hemos querido poner de relieve la importancia de la narración histórica. Esta es especialmente la que vamos a contemplar.

      Este mapa es un ejemplo de lo que se puede realizar siguiendo la narración concordada de los Evangelios, y compaginándola con la arqueología de Tierra Santa. Vemos pues, que Jesús va al Cenáculo con sus Apóstoles, depués baja hasta Getsemaní, junto al Valle del Cedrón. Tras el prendimiento, es llevado al palacio de Anás y Caifás y después a la Torre Antonia donde le juzgaría Pilato.

(haga "clic" en la imagen, para ampliar)

      Obsérvese la ida y vuelta de Herodes a Pilato, relatada por San Lucas, y cómo fue esto posible. El palacio de Herodes Antipas no fue el antiguo de Herodes el Grande, cuya jurisdicción no le correspondía (era territorio de Pilato). Cuando Herodes estaba en Jerusalén se alojaba en la sede del Sanedrín, sobre el que tenía una gran influencia. La distancia entre el antiguo Palacio Asmoneo, donde estaba el Sanedrín, y la Torre Antonia era relativamente corta, probablemente no más de doscientos o trescientos metros; esto explica que hubiera una ida y una vuelta en tan poco tiempo, a primera hora de la mañana.

      Después vemos como transcurre la Via dolorosa hasta la puerta de Efraim, y hasta la roca del Gólgota, donde Jesús es Crucificado. 

Febrero 2006

 

 

 

 

 

¿Luego Tú eres Rey?

  

      Ante la Fiesta de Cristo Rey resulta siempre de provecho la contemplación del diálogo de Jesús con el Procurador Poncio Pilato. Jesús explica la naturaleza de su reinado, que es muy diferente de la interpretación restrictiva que suele hacerse en comentarios y homilías.

 

      La Realeza de Cristo estaba en los Profetas, e incluso en los Salmos. El Mesías iba a ser Rey, no en vano descendía de David. Sin embargo Jesús en los Evangelios evita ser vinculado a los movimientos políticos, a las proclamaciones “populares” y aunque habla habitualmente del “Reino” está claro que tal reinado no se limita a lo que llamaríamos “política local”. El es Rey, y no lo es menos que los terrenales, pero está por encima de ellos, y de todo poder en la tierra. Y esto lo manifestará claramente en el Pretorio ante Pilato.

 

      Siguiendo con los Evangelios Concordados que solemos utilizar en nuestros comentarios, transcribimos una parte del texto refundido de los cuatro Evangelistas. Como siempre es San Juan el que aporta mayor detalle en las palabras de Jesús. Por razones de espacio el diálogo no es completo, sino sólo las frases correspondientes a la Realeza de Cristo.

 

 

302 Jesús ante Pilato: Mt 27, 11-14 (Mc 15, 2-5; Lc 23, 1-7; Jn 18, 28-38)  *

 

“… 11 Fué Jesús presentado ante el presidente [(Lc 23) 2 y comenzaron a acusarle diciendo: A Este le hemos encontrado subvirtiendo a nuestra gente, prohibiendo dar tributo al César, y diciendo ser Cristo Rey (Jn 18) 33 Entró de nuevo Pilato en el Pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres Tú el Rey de los Judíos? 34 Respondió Jesús: ¿Dices esto por tí mismo, o te lo han dicho otros de Mí? 35 Respondió Pilato: ¿Acaso soy yo Judío? Tu gente y los pontífices te han traido a mí: ¿Qué has hecho? 36 Respondió Jesús: Mi Reino no es como este mundo. Si mi Reino fuera como este mundo, mis ministros hubieran evitado que fuera entregado a los Judíos. Pero mi Reino no es así. 37 Volvió a decirle Pilato: ¿Luego Tú eres Rey?], Le respondió Jesús: Tú lo dices. [(Jn 18) 37 Yo Soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar tesimonio de la verdad: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. 38 Dícele Pilato: ¿Qué es la verdad...?] …”

 

 

EL PRETORIO EN LA TORRE ANTONIA

      Jesús es llevado ante Pilato para obtener de él una condena a muerte. Desde la dominación romana sólo el Procurador tenía poder para condenar a muerte en Judea, y así los Príncipes de los Sacerdotes invocan la autoridad de Poncio Pilato, autoridad que normalmente no aceptaban sino por imposición. Para lograr tal condena le acusan de querer ser Rey (Cristo Rey: El Mesías Rey de los Judíos)

       En el interrogatorio que Pilato hace a Jesús, le pregunta sobre su realeza. La respuesta de Jesús es para ser analizada: "... Regnun meum non est ex hoc mundo ...". Se suele traducir mal porque se escribe: "mi reino no es de este mundo" es decir: "no soy rey de este mundo", y esto no es así. La partícula “ex” indica en este caso una circunstancia de procedencia. Por esto en estos Evangelios Concordados se ha traducido por: "... mi Reino no es como este mundo ...", es decir, "a la manera de los de este mundo". Y es que además, a la pregunta de Pilato: "¿Luego Tú eres Rey?", responde inequívocamente: "... Tú lo dices. [(Jn 18) 37 Yo Soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo ...". Jesús es el Mesías, Rey de este mundo, y por esto lo condenan. Una consideración más. A la exposición de Jesús: "... Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. 38 Dícele Pilato: ¿Qué es la verdad...? ..."(Jn 18). La traducción a la respuesta de Pilato "Quod es veritas" se ha puntuado, no sólo con la interrogación propia de la pregunta, sino además con unos puntos suspensivos que ilustran el sentido "relativista" de la falsa pregunta. Pilato, evidentemente no cree en la verdad.

      Pilato residía habitualmente en Cesarea Marítima, una población costera, cercana al puerto de Joppe (junto al actual Tel Aviv) que había sido edificada por Herodes el Grande, a quien Roma había dado en aquel tiempo un poder absoluto. Pilato, como sabemos, gobernaba Judea como Procurador, pero su poder era equivalente a los descendientes de Herodes que gobernaban a su vez las otras Provincias (naturalmente también con permiso de Roma). Por esto, al enterarse de que Jesús era Galileo, decide enviarlo a Herodes "... que en aquéllos días se hallaba en Jerusalén ..." (Lc 23, 7)

      Pero en estos días de Pascua, Pilato estaba en Jerusalén ocupando la fortaleza militar de la Torre Antonia. No sabemos el uso que se haría del suntuoso Palacio que se había construido Herodes el Grande, aunque por jurisdicción le correspondía efectivamente al Gobernador de Judea, pero lo cierto es que Pilato recibe a los Judíos, que le traen a Jesús, en el llamado Pretorio de la mencionada Torre Antonia

                                            

      En la actualidad, de la torre Antonia quedan sólo unos pocos restos arqueológicos. El más conocido de ellos es el famoso Litóstrotos ,  pero no es el único. En el lugar existe un Convento de las "Hermanas de Sión" (Ver figura) donde se veneran estos enlosados, pero unas excavaciones recientes, bajo los cimientos, han permitido descubrir unos enormes aljibes subterráneos, que en su tiempo almacenaban agua para la fortaleza. Sus dimensiones permiten una estimación bastante aproximada de las que tenía la Torre Antonia.

      Respecto de los enlosados, tienen cierto interés identificativo las losas que contienen grabados en bajorrelieve de los juegos habituales de la soldadesca. El más célebre, por su estado de conservación el llamado "Juego del Rey"

306 Ecce Homo!: Jn 19, 4-16  *

 

“… 5 Salió, pues, Jesús llevando la corona de espinas y vistiendo el manto de púrpura, y les dijo Pilato: Ved aquí al hombre. …”

 

“… 15 Ellos, empero, gritaban: Quita, Quitale! Crucifícale!. Les dice Pilato: ¿A vuestro Rey he de crucificar?. Respodieron los Pontífices: No tenemos mas Rey que al César.

16 Entonces se lo entregó para que le crucuficaran. Se apoderaron de Jesús y lo sacaron fuera. …”

 

EL LITOSTROTOS

      Pilato muestra a Jesús a la muchedumbre, con las terribles secuelas de la flagelación y, como dice el Evangelista, con el lamentable complemento de la corona de espinas y el manto rojo. Pretende que se apiaden de El, pero evidentemente no lo consigue.

      Dice San Juan que esto ocurre en un patio enlosado "... en el lugar llamado Litóstrotos, y en hebreo Gábbata ...". Es frecuente en San Juan los nombres en Griego y en Arameo. Hay que tener en cuenta que cuando San Juan menciona la lengua Hebrea, se refiere al Arameo, ya que el Hebreo Bíblico había dejado de ser usado en Israel desde la helenización del período Asmoneo. En Jerusalén se utilizaba el Griego entre la población culta, y el Arameo siríaco en el pueblo llano.

      Este enlosado, del patio exterior de la Torre Antonia, fue descubierto por el arqueólogo Padre L. H. Vincent, lo que permitió localizar el lugar. Las más recientes excavaciones han añadido el hallazgo de los aljibes subterráneos, como ya se ha dicho, y la situación está perfectamente definida. El arco que se apoya en la pared del convento, y que es posterior al siglo 1º (de la época de Adriano), se denomina precisamente "Arco del Ecce Homo"

      Dice J. M. Igártua en su obre “El Misterio de Cristo”, que a la pregunta de si iba a Crucificar a su Rey "... ellos respondieron: No tenemos otro rey que el César. En este momento el Israel oficial apostató de su misión de pueblo elegido mesiánico. Se declaraban súbditos voluntarios del emperador romano ...".

      Para finalizar transcribir un fragmento del Catecismo, que define con claridad la doctrina Católica respecto de la Realeza de Cristo, su ámbito, y la esperanza de su cumplimiento. Es lo que se define en el propio Evangelio como la “Consumación de los tiempos” (consumationis saeculi: Mt 24, 3) y que se suele traducir imperfectamente como “Fin del mundo”. 

 

"Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos"

668 "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf.  Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento trascendente.

Noviembre 2005

 

 

 

 

 

Cómo fue la Institución de la Eucaristía

 

       San Ignacio en la tercera y cuarta semanas de sus Ejercicios Espirituales propone meditar la Vida de Jesús, y en cada meditación se plantea al principio una composición de lugar. El ejercitante debe imaginar los lugares para ilustrar la contemplación. Así por ejemplo el punto 202 muestra el segundo preámbulo de la meditación sobre la Oración del huerto: "... El segundo es ver el lugar: será aquí considerar el camino desde el monte Sión al valle de Josaphat, y asimismo el huerto, si ancho, si largo, si de una manera, si de otra ..."

 

      San Ignacio había estado en los Lugares Santos, sabía por tanto que el Cenáculo estaba en el promontorio de Jerusalén que se conoce como Monte Sión y conocía el camino que desciende hasta el Huerto de los Olivos. San Ignacio propone al ejercitante recorrer con la imaginación el lugar donde Nuestro Señor oraba y sufría. No es necesario haber estado allí para meditar la Vida de Cristo, pero sin duda la composición de lugar, aunque sea imaginaria, ayuda a la contemplación.

 

      Hemos extractado, de unos Evangelios Concordados, los pasajes específicos de la Santa Cena, con los comentarios correspondientes a la Institución de la Eucaristía, a modo de composición de lugar.

 

      Los "Evangelios Concordados" se elaboran refundiendo las cuatro narraciones de los Evangelistas: Para cada pasaje, se elige el Evangelista que mejor lo narra, pero se intercalan los detalles complementarios aportados por los otros tres.  La narración ha de ser completa, sin ninguna mutilación, y formando un texto único, ordenado cronológicamente. Es como una Vida de Jesucristo, pero realizada única y exclusivamente con textos evangélicos. Estos Evangelios Concordados son muy útiles para contemplar la Vida de Cristo, y si se les ilustra con notas y referencias de lugar y tiempo ayudan todavía más a vivir con el pensamiento los hechos narrados, como proponía San Ignacio.

 

277  Preparación de la Cena: Lc 22, 7-13 (Mt 26, 17-19; Mc 14, 12-16) 

 

7 Llegó entonces el día de los Azimos en el que era necesario sacrificar el cordero pascual

8 Jesús pues, envió a Pedro y a Juan diciéndoles: Id juntos a prepararnos la Pascua que comeremos.

9 Dijeron ellos: ¿Dónde quieres que lo dispongamos?

10 Respondióles: En cuanto entréis en la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua, seguidle hasta la casa en que entre

11 Y diréis al padre de familia de la casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el lugar en que he de comer la Pascua con mis discípulos?

12 Y él os enseñará un cenáculo grande dispuesto, preparad allí lo necesario.

13 Fueron los dos, hallaron todo como les había dicho, y dispusieron la Pascua

 

 

 EL CENACULO

      Jesús busca un lugar digno para la Institución de la Eucaristía. Envía a Pedro y a Juan, dándoles unas curiosas instrucciones hasta dar con la casa, señalando que la rige "un padre de familia". Esta descripción tan sencilla, merece un estudio algo detenido sobre esta casa, donde se ha de ubicar el Cenáculo.

      Hasta este momento, la estancia de Jesús y los discípulos en Jerusalén ha sido, acampando en el Monte de los Olivos como era habitual entre los Galileos que acudían a las celebraciones; o en algunos casos desplazándose hasta Betania para pernoctar en casa de Lázaro. Pero ahora, con la celebración pascual, se va a producir un hecho importantísimo. Va a tener lugar la Institución de la Eucaristía, y para ello Jesús quiso una morada digna; y no sólo esto: En este Cenáculo se van a cumplir las Profecías del Antiguo Testamento, porque está situado en la parte más alta de Jerusalén, el Monte Sión, el "Monte Santo" de los Salmos y del Rey David.

      Nuestro Señor, en su Providencia infinita, tenía ya dispuesto desde antiguo que en este monte se consumaría el Sacrificio Eucarístico que precedió al de la Cruz. Para ello la casa que cobijara a Jesús, con sus discípulos (y con María Santísima y las Santas mujeres, como se verá) debía tener la dignidad que le correspondía. Pero es que además el Cenáculo será también la Sede de la naciente Iglesia. Así se desprende del texto de los Hechos de los Apóstoles. Ya no acamparán más en el Monte de los Olivos, ni se desplazarán de un lado a otro como hasta ahora. Los propietarios de este Cenáculo (de la casa donde está), sin duda van a formar parte también de esta Iglesia, y esto estaba previsto por la Providencia. Jesús envía a los dos Apóstoles, a sabiendas de quien es ese padre de familia.

      Lo que podemos deducir del Cenáculo leyendo los Evangelios, y sobre todo en los Hechos, es que se trataba de una "habitación alta". Esto era sólo posible en una casa de alguien bien situado. Se ha querido saber de quién era esta vivienda, que tan fundamental fue y en la que además descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y María Santísima, pero no hay hipótesis suficientemente fiables. En (Hech 12, 12), tras la milagrosa liberación de San Pedro de la cárcel, se dice: "... se encaminó a casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban congregados en oración ...", ¿Era éste el Cenáculo?¿Quién era este Juan Marcos?¿Se trata del Evangelista?. Algunos comentaristas lo creen así.

      Otra tradición atribuye la casa a José de Arimatea, y tal es también la visión mística de Sor Ana Catalina Emmerich, que además lo asocia con Nicodemo. Es posible, sobre todo el primero, del que sabemos era rico y además poseía el Sepulcro en que fue enterrado Nuestro Señor. Todo esto son conjeturas, y no afectan en absoluto a la narración, pero siendo posibles, pueden ser una ayuda para la contemplación de la Santa Cena.

      Los Peregrinos de Tierra Santa visitan una estancia, situada en un piso superior, que se supone en el lugar donde estaba el Cenáculo. Esta estancia forma parte de un edificio vetusto, y de dimensiones mucho menores de las que sin duda tenía la verdadera casa. Este edificio está administrado por la Comunidad Judía, porque en su planta baja se venera la tumba de David. No hay ninguna evidencia de que dicha tumba sea auténtica, pero al tratarse del Monte Sión, es comprensible dicha veneración. Dice también Sor Ana Catalina Emmerich (recordemos que este libro sirvió para el guión de la película de Mel Gibson) que en su visión mística ve que la casa había servido efectivamente de Cuartel de los soldados del Rey David.

                                              

La Dormición en lo alto

del monte Sión

      Pero al lado de este conglomerado de construcciones, se encuentra una Iglesia, denominada de la Dormición de María Santísima. Puesto que dicha muerte (se llama Dormición porque después de enterrada subió al cielo "físicamente", en cuerpo y alma) se cree se produjo en la casa donde estaba el Cenáculo, debemos pensar que todo era un mismo conjunto arquitectónico. Si se observa en una foto aérea, salta a la vista que se puede trazar con la imaginación un contorno de una casa como la del dibujo de la época (ver figura), que englobaría todo el grupo de edificios. De hecho, en la época de los Cruzados ya existía en el lugar una Basílica de estas dimensiones y que fue destruida por los Turcos.                                  

      Si seguimos de nuevo la narración de Sor Ana Catalina, de lectura muy recomendable aunque no tenga el valor de una crónica documentada, veremos que la descripción de las estancias, las personas que sirven, la presencia de la Virgen María y las Santas mujeres nos acercan mucho a la composición de lugar que queremos en nuestra contemplación.  

278 Comienza la Cena Pascual: LC 22, 14-18 (Mt 26, 20; Mc 14 17; Jn 13, 1) 

14 Y siendo la hora, [(MC 14, 17)Puesto ya el sol, fue Jesús allá con los doce] se puso a la mesa y los doce apóstoles con El. [(JN 13, 1) La víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado de su tránsito de este mundo al Padre; como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amó hasta el fin]

15 y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión.

16 Porque os digo, que ya no la comeré otra vez, hasta que tenga cumplimiento en el Reino de Dios.

17 Y tomando el Cáliz, dio gracias y dijo: Tomad y distribuidlo entre vosotros,

18 porque os aseguro que ya no beberé el fruto de la vid, hasta que llegue el Reino de Dios.

 

EXPLICACION DEL PRIMER CALIZ

      La Cena Pascual de Jesús fue como sabemos el Jueves. Aquel año la Pascua coincidía con el Sábado. Se cree generalmente, que por razón del gran número de corderos que debían inmolarse en el Templo, se permitía a los no residentes en Jerusalén (tal era el caso de los Galileos), celebrar la Pascua en la víspera. Como el Jueves a la caída del sol era ya la víspera, según la manera de los Judíos en que el principio del día era siempre la puesta del sol del anterior, la cena del Jueves era, sin duda ninguna, la cena de la "Víspera de los Acimos".

      Jesús y los Apóstoles celebraron por tanto la Pascua como Galileos, y esto es lo que providencialmente permitió que en la verdadera Víspera de la Pascua, el Viernes Santo, se inmolara de forma cruenta el verdadero Cordero Pascual. Así, el Jueves, con el Sacrificio incruento de la Eucaristía nacía la Iglesia de Cristo en Sión, el Monte Santo, y el Viernes se consumaba el Sacrificio cruento del Hijo de Dios hecho Hombre.

      Los Apóstoles se recuestan a la mesa ("recumbens cum fratribus" dice el Pange Lingua). No podemos saber con certeza cómo estaban dispuestos, pero se han elaborado diversas suposiciones atendiendo a los acontecimientos que se relatan. El autor de "Historia Sagrada y vida de Ntro. Sr. Jesucristo"  (Edit. Bruño 1956) escribe lo siguiente:

      "... En sus orígenes la Pascua se celebraba de pie; pero en tiempos de Jesucristo los comensales se recostaban en lechos de escasa altura, en forma de divanes, con el brazo izquierdo apoyado en un cojín y la mano derecha libre, para tomar los alimentos. ..."

      "... Los De los tres lechos que formaban un triclinio, el de mayor distinción era el del medio; le seguía en honor el de la izquierda, y el menos, el de la dereha. ..."

      "... Se ignora la colocación de los Apóstoles en la Ultima Cena; mas suponiendo la disposición antes indicada, es decir el orden de su vocación, como la han practicado algunos autores, se comprende fácilmente: 1º. que Juan haya podido reclinar la cabeza en el pecho del Salvador; 2º. que Pedro, poco distante de Juan pudiera decirle: pregúntale quién es el traidor; 3º . que Jesús dijera a Judas sin ser oído por los demás: tú lo has dicho. Por otra parte como Judas guardaba aún la bolsa, su lugar indicado era próximo al Señor, para recibir fácilmente su órdenes ..."

      En el texto evangélico que estamos comentando, y concretamente el fragmento Lc 22, 17 - 18, Jesús distribuye un primer cáliz como de bienvenida: este no es aún el Cáliz de la Eucaristía. Dice el autor antes citado:

      "... La cena Pascual principiaba por una copa de vino que el cabeza de familia bendecía, y de la que cada comensal bebía su turno. Si duda es aquella de la cual se habla al principio de la Cena. Seguía la purificación de las manos ..."

      Este autor cree, como muchos otros, que el lavatorio de pies, descrito por San Juan, se unía a esta ceremonia de Purificación. En nuestro compendio no lo hemos considerado así, como se verá en el punto 282, atendiendo a la literalidad de San Juan que dice textualmente "acabada la cena (cœna facta)". Además hemos comprobado que la visión de Sor Ana Catalina coincide también con esta forma de ordenar el texto narrativo.

 

280 Institución de la Eucaristía: Mt 26, 26-28 (Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20)  

26 Mientras estaban cenando, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, y lo partió, y lo dió a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, Este es mi Cuerpo [(Lc 22) 19 que se entrega por vosotros: haced esto en memoria mia]

27 [(Lc 22) 20 Del mismo modo tomó el cáliz, después que hubo cenado] dió gracias, y se lo dió diciendo: Bebed todos de El

28 Porque ésta es mi sangre, del nuevo testamento, que será derramada [(Lc 22) 20 por vosotros], por muchos, para remisión de los pecados

DESARROLLO DE LA SANTA CENA

      Mientras estaban cenando. Así fue la consagración del pan según los tres Sinópticos. San Juan no narra esto porque ya era suficientemente sabido a finales del Siglo primero. Este Evangelista, en cambio, relata las palabras de Jesús prometiendo la Eucaristía después de una de las dos Multiplicaciones de los panes.

      Siguiendo con el texto del libro ya citado en la NOTA 98, transcribimos a continuación el desarrollo habitual de la celebración de la Pascua, con los detalles que lo relacionan con el Evangelio:

      "... En la mesa había: vino, pan ácimo y el cordero pascual asado al horno y atado a dos ramas de granado, de las cuales una lo recorría a lo largo, y otra más corta que mantenía abiertas las patas delanteras, formando una cruz; hierbas amargas, en recuerdo de las penas sufridas en Egipto; charoset, salsa agria y de color oscuro, servida en una fuente en forma de ladrillo. El color y la forma de la fuente recordaban los ladrillos que los antepasados hubieron de fabricar bajo el yugo de los egipcios ..."

      "... Depués de la primera copa (descrita en la NOTA 98), se comían algunas hierbas amargas mojadas en el charoset; luego circulaba otra copa entre los comensales. Durante este tiempo el padre de familia explicaba el por qué de tales observaciones; después entonaba el halell (alabanza), es decir, los Salmos 112 y 113, que alaban al Señor y celebran la salida de Egipto. Seguidamente bendecía el pan ácimo, lo partía y, en una fuente lo hacía circular. Todos tomaban un fragmento de él ..."

      La consagración del pan, que realizó Nuestro Señor convirtiéndolo en su Cuerpo Sacratísimo, seguramente se produjo en este momento. Algunos creen que Jesús hizo un rito aparte, al final de la Cena (tal es el caso de Sor Ana Catalina Emmerich), pero no hay ninguna razón para pensarlo así. Más bien parece que el cumplimiento de la Pascua por excelencia, se consumó en este momento, dentro del rito tradicional.

      "... luego se partía el cordero pascual y se distribuían los pedazos; en seguida se ponía en circulación la tercera copa, después de bendecida por el cabeza de familia. Se terminaba el halell (Salmos 114, 115, 116 y 117), pasaba de mano en mano la cuarta copa, y así terminaba la cena ritual ..."

      La consagración del Cáliz, en la Sangre de Cristo, pudo ser perfectamente en la tercera o la cuarta copa de la descripción. Los escrituristas suelen señalar preferentemente la tercera, pero en cualquier caso es evidente que fue al final, tal como lo describe San Lucas (Lc 22, 20): "... Del mismo modo tomó el cáliz, después que hubo cenado ..."

      En este punto narrativo 280, se han incluido textos intercalados de los tres Sinópticos, como ya se ha dicho, de forma que prácticamente queda tal como se realiza la fórmula de la Consagración de la Santa Misa. De hecho es así como la ha realizado la Iglesia Católica. Nótese sin embargo, que debido a que esto está realizado únicamente con textos de los Evangelios, no se ha podido incluir el conocido texto de San Pablo a los Corintios, en el que esta fórmula de la Consagración aparece con todos los detalles.

 

      La narración sigue naturalmente con el lavatorio de los pies, la traición de Judas, el amoroso y profundo discurso de Jesús, y la que se denomina habitualmente “Oración Sacerdotal”. Es recomendable leerlo también, y relativamente fácil porque es íntegramente de San Juan (Jn 13, 21- 38; hasta Jn 17, 1 – 26). Pero aquí se trataba de contemplar aquella parte de la Santa Cena en que Nuestro Señor instituyó la Eucaristía. Sirva esto de ayuda en nuestra Adoración ante el Santísimo Sacramento.

 

Septiembre 2005