Comentario bíblico del mes <ENTRAR>
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Introducción a la lectura de la Biblia
Aunque realmente son los Evangelios los que nos acercan literalmente a Cristo, y permiten situarnos en una contemplación muy próxima, lo cierto es que la Biblia es una obra unitaria, es "una" en su totalidad, el Antiguo como el Nuevo Testamento.
La lectura del Antiguo Testamento, por sí sola, separada del Nuevo, tampoco puede dar la visión completa de la Historia de la Salvación, porque le falta su consumación. Por otro lado, el Nuevo Testamento, y muy particularmente los Evangelios (la "buena nueva"), que sí dan una visión más cercana, tampoco deben separarse de lo que siempre se ha conocido como Historia Sagrada. La historia de la Redención, que se puede conocer en los Evangelios, constituye la culminación de toda la Biblia. Es así como, lo que en tiempos de Jesús llamaban "la Ley y los Profetas", recibe su plenitud en Cristo y en su Sacrificio cruento en la Cruz. Por esto tanto los evangelistas como los autores de las cartas del Nuevo Testamento, se apoyan con gran profusión en las citas proféticas del Antiguo. Entonces podemos ver cómo todo converge en Cristo, cómo toda la acción providencial de Dios le llevó a escogerse un pueblo del que había de nacer este Redentor, y ésta es la Historia de la Salvación que hemos mencionado.
De todas formas, hay que tener en cuenta que la lectura del Antiguo Testamento es realmente distinta. Su narración histórica tiene características diferentes, a veces de apariencia legendaria, y que se aparta bastante del relato directo y profundamente verosímil de los Evangelios, pero no por esto aquella narración es menos verdadera que éstos. Para entenderlo, debemos considerar, ante todo, que cuando la Iglesia considera inspirados los textos sagrados, significa que sus autores los han escrito influidos, directa o indirectamente, por la acción del Espíritu Santo; es decir, el autor escribe con toda su libertad, pero lo que narra es aquello que Dios ha querido que podamos conocer, y así es como debemos aceptarlo.
Es cierto que en los relatos del Antiguo Testamento aparecen a menudo hechos extraordinarios, algunos de los cuales son efectivamente milagrosos, con los que Dios quiso manifestar su poder en la elección de su pueblo. Sin embargo, hay narraciones (especialmente los relatos más antiguos, del Génesis) que tienen un aspecto mítico que, a veces, parece difícil de aceptar en los términos en los que están. Debemos considerar, en estos casos, que aunque se nos aparezcan como inverosímiles, se encierra en ellos una "verdad esencial". El lector que las acepta con humildad es capaz de percibir nítidamente esta verdad esencial. Pero pensemos que esta aceptación humilde, pasa por "creerse" efectivamente lo que se narra, y tal como se narra. Es algo difícil de explicar, pero que entendemos cuando decimos de la Palabra de Dios, que es "viva y eficaz".
Pese a todo, hay unos mínimos necesarios para leer la Biblia, y estos son fundamentalmente la aceptación de la doctrina de la Iglesia. Esto es así porque la lectura de la Biblia por sí sola, fuera de la Fe, no puede tener esta eficacia teologal de la que estamos hablando. Para quien no esté muy seguro de su grado de instrucción religiosa, en relación a esta lectura, nos remitiremos al Catecismo de la Iglesia Católica. Existen muchos lugares de Internet en los que se puede descargar total o parcialmente este texto tan fundamental, pero nosotros nos permitimos recomendar la dirección de la página oficial del Vaticano, que a continuación ponemos a disposición de quien lo desee:
Catecismo de la Iglesia Católica
Significados del lenguaje bíblico:
El lenguaje de la Biblia, a veces, puede parecer críptico, y hay exegetas que intentan buscarle claves ocultas, que desde luego, como tales, son impropias de la Palabra de Dios. Es cierto que los textos proféticos aparecen más o menos escondidos, de forma que no es posible "adivinar" todas las circunstancias de aquello que se profetiza; pero es que tampoco Dios inspira las profecías para que sean interpretadas por los "sabios". Las profecías son para ser confirmadas cuando se cumplen, al tiempo que constituyen alimento para la esperanza de los fieles que aguardan este cumplimiento. Pero no todo es profético en la Biblia, y hay muchos relatos históricos, que ciertamente son narraciones de hechos que ocurrieron, pero que además son aleccionadores, en la medida que Dios así lo ha querido.
Por esto, el lenguaje bíblico puede tener varios significados. Santo Tomás cita cuatro, a saber: El histórico o literal, el alegórico, el tropológico o moral, y el anagógico. Planteado esto, el angélico doctor especifica que es precisamente el literal, el significado al cual se ciñen los otros tres, y citando a san Gregorio Magno en el XX Moralium, dice: Por su modo de hablar, la Sagrada Escritura está por encima de todas las ciencias, pues con un mismo texto relata un hecho y revela un misterio. Por tanto, la revelación del misterio viene supeditada al relato del hecho.
Para explicar esto, citaremos el libro Mundo histórico y pueblo de Dios del doctor Francisco Canals (capítulo III). En él, el doctor Canals explica, con un ejemplo muy sencillo, de qué manera se supeditan estos significados al sentido histórico o literal:
"El primer sentido en el que se tienen que fundar todos los otros posibles sentidos es el literal, también llamado histórico cuando se trata de narraciones, de hechos. Así, en una parábola, el sentido literal no son las imágenes que se usan, ni los símbolos, sino la enseñanza que hay en ella, o lo que en ella se representa. De la misma manera que en el lenguaje humano las metáforas no significan la imagen, sino lo imaginado, el sentido literal de un lenguaje metafórico no es lo que se utiliza en la metáfora, sino por ello significado. Pero aún comprendiendo el sentido literal de esta forma, lo que intenta expresar el hagiógrafo, como autor humano inspirado por Dios, es aquel sentido en el que debe apoyarse cualquier otro sentido. Así es propuesto en el Catecismo de la Iglesia Católica, citando a santo Tomás (Catc. 115-118; y S.Th. I, q. 1, a. 10)."
"El sentido literal conduce a los otros tres sentidos: el sentido alegórico, el moral y el anagógico. Un ejemplo nos ayudará a entenderlo: Jerusalén es, históricamente, la ciudad que después de conquistada por David, fue la capital del reino de Israel, en la que se construyó el Templo, y fue destruida por los romanos. Este es el sentido literal."
"El sentido espiritual alegórico es aquel sentido que la Biblia muchas veces corrobora, por el que identificamos realidades históricas del Antiguo Testamento, queridos por Dios para prefigurar y ser anuncios proféticos de las realidades del Nuevo Testamento. En nuestro ejemplo, Jerusalén en el sentido espiritual alegórico, es la Iglesia Militante."
"En el sentido moral, Jerusalén es el alma cristiana. Encontramos exhortaciones que los profetas dirigen a Jerusalén, y que pueden ser entendidos como aplicados a la Iglesia y que cada cristiano puede aplicar a su propia vida: "Conviértete al Señor, tu Dios, Jerusalén."
"En el sentido anagógico, las realidades de esta mundo -en el Antiguo como en el Nuevo Testamento- prefiguran la eternidad bienaventurada. En este sentido, Jerusalén es la patria eterna, la Jerusalén celestial."
Este texto, con el ejemplo de Jerusalén, resulta muy clarificador para los fieles cristianos que lean y contemplen el Antiguo Testamento. Pensemos, por tanto, que cuando se habla de sentido literal, quiere decir la lectura textual de lo que la Biblia narra. Conviene evitar absolutamente cualquier sentido simbólico que se aplique en detrimento del sentido literal. Este debe prevalecer. Hay que añadir, no obstante, la advertencia que hace san Agustín en su comentario al Génesis (Libro XI, capítulo 1): "... Si las palabras de Dios, o los personajes de la narración bíblica, nos presentan alguna vez expresiones que no pueden ser entendidas literalmente sin resultar absurdas, hay que ver en ello un sentido figurado ..." Esto no significa que lo que se narra no sea verdadero, sino que, como veremos a continuación, adopta una forma literaria específica.
Los géneros Literarios:
El papa Pio XII, dedicó la encíclica Divini afflante Spíritu a los que se dedican al estudio de las Sagradas Escrituras, y después de recordarles la doctrina, que ya hemos explicado, referente a la interpretación literal como garante de las interpretaciones espirituales o místicas, pasó a dictaminar en qué circunstancias se deben tener en cuenta los géneros literarios, especialmente en el Antiguo Testamento.
Este texto está especialmente dedicado a los estudiosos, que analizan los Textos Sagrados a la luz de los conocimientos lingüísticos, arqueológicos, y los estilos narrativos propios de aquellos tiempos remotos, que no siempre son fáciles de conocer. Para el lector contemplativo, esto tiene una importancia bastante relativa, porque nosotros no pretendemos ser estudiosos de la Biblia, en el sentido teológico, sino lectores piadosos de la Palabra de Dios. Sólo una cosa debemos tener en cuenta: Dios se adapta a nuestro modo de hablar y escribir, para darnos a conocer su Palabra. Así Pío XII, citando a santo Tomás, escribe: En la Escritura, las cosas divinas se nos dan al modo como suelen usar los hombres.
A este respecto, conviene tener en cuenta que es un principio común a los santos Padres lo que en griego se denomina "synkatábasis", es decir, la condescendencia divina hacia los hombres, amoldándose a sus palabras y costumbres para conducirles de manera adaptada a su modo de ser hasta su fin. Este principio permite analizar sin escándalo la narración de hechos, cuya moralidad difícilmente sería aceptable a la luz del evangelio. Es decir, la naturaleza humana caída por el pecado, no alcanzó el conocimiento de la Misericordia de Dios hasta la venida de Cristo. Entretanto Dios dirigirá a su pueblo en la historia, conociendo (y en cierto modo "tolerando") las malas inclinaciones de su naturaleza caída.
En cualquier caso, conviene considerar lo que sí ayuda saber cuales eran los estilos literarios propios de la época, y por esto, la lectura del Antiguo Testamento es bueno que sea orientada debidamente por un comentarista, siempre que sea conforma al espíritu que hemos explicado y que la Iglesia propone a los fieles.
En nuestros comentarios procuraremos ser siempre fieles a este espíritu, dando prioridad a la interpretación literal, y sobre todo, buscando aquella "verdad esencial" que hemos apuntado en la Introducción. En todo caso, un elemental conocimiento de los géneros literarios nos ayudará un poco a la composición de lugar que pretendemos, para contemplar los pasajes históricos.
El “Midrash” judío:
Midrash significa interpretación, los judíos han aplicado este término a un modo de explicar las Escrituras. En su origen eran textos distintos de la Biblia, y consistía en escritos que contenían interpretaciones que diversos rabinos dieron a las leyes y costumbres establecidas en el Antiguo Testamento. Los elementos más antiguos de los textos midrásticos fueron compuestos, al parecer, antes del 100 a.C. por los escribas. El material contenido en el Midrash se divide en dos grupos: la Halahá abstracta, formada por la ley tradicional; y el Midrash hagádico o Hagadá, formado por relatos, sermones e interpretaciones de las partes narrativas de la Biblia y referidas a la moral y la fe.
Sin embargo, en la actualidad esta denominación se refiere más bien a la narración bíblica propiamente dicha, especialmente a los libros históricos. Se considera en este caso que el Midrash es un "estilo literario", o incluso más concretamente un modo de interpretación, al decir de la encíclica Divini afflante Spíritu anteriormente comentada. Este estilo se podría comparar con el de la Epopeya pero con carácter aleccionador. Algunos comentaristas piensan erróneamente que la narración del Midrash no tiene por qué ser histórica. Nosotros queremos advertir, que esta consideración de "no histórico" del Midrash no es aceptable para los creyentes, que sabemos de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras. El Midrash relata un hecho real, pero se adapta la narración a una forma literaria específica, que es propia de los libros históricos del Antiguo Testamento (algunas narraciones del Génesis y del Exodo, por ejemplo). Como hemos dicho, toma una forma Epica, y por tanto, puede haber algo de exageración o desmesura en los detalles narrativos; pero, en lo esencial, se narra un hecho que ciertamente ocurrió.
Conclusión:
En definitiva, la lectura del Antiguo Testamento no tiene por qué ser complicada, ni tampoco debe de exigir una preparación académica especial. Ya hemos dicho que basta con una aceptación implícita de la verdad esencial revelada. Veremos los libros históricos, que muestran básicamente cómo Dios quiso escogerse un pueblo, para que en él viniera la Salvación al mundo. Veremos cómo los Profetas anunciaron la venida de este Mesías Salvador, y veremos las primeras leyes morales y los códigos de conducta para con Dios y los hombres.
Conviene, no obstante hacer una advertencia antes de adentrarse en la lectura de los textos Sagrados. En nuestros escritos referidos a los evangelios, hemos insistido especialmente en la importancia de las circunstancias de lugar y tiempo, para la lectura contemplativa. En el Antiguo Testamento no siempre esto va a ser así. Hay libros históricos en los que sí se puede, con algunas salvedades, conseguir una cierta aproximación; pero en muchos otros, justamente estas circunstancias de lugar y tiempo, son realmente imposibles de conocer. Hay que aceptar, por lo tanto, el texto tal como es, sin empeñarnos en averiguar los detalles de lo que se narra.
Este es el caso, entre otros, de los primeros capítulos del Génesis: cuando se describe la situación del hombre antes del Pecado Original, hay que dar por supuesto que Adán se encuentra en un estado preternatural, inalcanzable a nuestro conocimiento. No hay por tanto detalles concretos, pero se entiende muy bien lo que Dios nos ha querido transmitir. También ocurrirá después, con todo el contexto histórico antes de Abraham: Lo que se narra es verdad, en términos absolutos, pero no es todo lo que ocurrió ni están todos los detalles de cómo ocurrió.
Dicho esto, no nos queda más que remitirnos a la autoridad de la Iglesia, como garante final de las Escrituras. Para ello vamos a transcribir un texto, que aunque se refiere a los evangelios, es perfectamente aplicable a toda la Biblia, el Antiguo como el Nuevo Testamente. Se trata de un párrafo del libro Vida de Jesús, evangelios concordados:
"... como es sabido por los católicos, no son los evangelios la única fuente doctrinal de la Iglesia; existe, además, la Tradición. No debe confundirse lo que llamamos Tradición en el Catecismo, con el significado que tiene coloquialmente esta palabra. Lo que significa la Tradición, como fuente de la Revelación, es lo que conocemos como el Magisterio de la Iglesia, es decir, todo lo que han enseñado los papas, como sucesores de san Pedro, y los concilios ecuménicos con el papa. Cuando alguien pretende prescindir de todo ello, y ceñirse exclusivamente a lo que algunos llaman Espíritu evangélico, suele equivocarse irremisiblemente. Cristo quiso que sus enseñanzas, que aparecen sin duda en los evangelios, fueran realizadas por los Apóstoles y sus sucesores Id y enseñad y El que a vosotros oye, a mí me oye. Por esto, aunque los evangelios son realmente la fuente de la narración histórica, la doctrina que contienen, es misión de los sucesores de los Apóstoles explicarla y desarrollarla. Los católicos vemos al Papa como sucesor del Pedro del evangelio, al que Cristo otorga poder de enseñar y perdonar los pecados."
Como hemos dicho en el párrafo anterior, esto es perfectamente aplicable también, al Antiguo Testamento.
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INDICE
Libro I: Génesis
Libro II: Exodo