PROLOGO

      El misterio de la Encarnación es inseparable de la profesión de la fe cristiana. Si alguno dijera que Jesús no es verdadero Dios, y hombre al mismo tiempo, negaría el misterio fundamental de la fe. Las consecuencias de ese misterio son múltiples y, entre otras, permiten al creyente recurrir a los datos de la arqueología, la historia o la filología para conocer mejor a Aquel que, siendo Dios, vivió como hombre entre los hombres.

      En los primeros tiempos de la Iglesia se combatieron diversas herejías. Algunas eran de corte cristológico y negaban, o bien la verdadera humanidad de Jesús, o bien su divinidad. Para ello, recurrían a diversas estratagemas que se reducían a un factor común: ponderar la grandeza de Cristo (qué bien saben alagar los herejes los oídos de las audiencias incautas), pero negándole, al mismo tiempo, que tuviera en plenitud alguna de las dos naturalezas: la divina y la humana. Siglos después se suscitó una nueva crisis en nombre del purismo teológico. Fue el momento de la iconoclastia. Según esta tendencia no era correcto representar imágenes de la divinidad y adorarlas. De hecho, como respondieron los autores católicos, nunca se adora a la imagen sino lo que representa y, por otra parte, negar la representación supone, al final negar la realidad. El mismo hecho de que Dios se hubiera encarnado y que, en palabras del apóstol san Juan, hubiera sido oído, visto y tocado, justificaba la posibilidad de representarlo, aún cuando no se conservara imagen de su rostro. Como indica el Catecismo el rostro de Jesucristo se nos muestra sobretodo en su fisonomía espiritual, reconocible principalmente en las Bienaventuranzas. Pero si Jesús se dejó ver y oír y tocar, es decir, si quiso que a través de su humanidad, se pudiera acceder a su divinidad, aunque fuera a través del salto nunca temerario de la fe, significaba también que las generaciones posteriores a resurrección y ascensión a los cielos, podían (y casi diríamos debían) imaginarlo de alguna manera para hacerse una idea más acabada de su persona y no reducirlo a algo abstracto.

      Desde posiciones, que siempre se ocultan en el parapeto del supuesto rigor y cientificismo, se atacó finalmente la historicidad de los evangelios. Dicho en lenguaje sencillo, se trataría de que Jesús existió, pero que no nos es dado conocer las características precisas de su ministerio. Sus mismas palabras y gestos habrían sido transformados por las comunidades cristianas. En un exceso último, se llegó a afirmar que Jesús predicó el Reino y surgió la Iglesia. Dicha posición, con distintos matices, vino a ser sostenida desde el denominado modernismo, de clara influencia racionalista.

      Lo cierto es que, de una u otra forma, esas posiciones se han ido filtrando entre los católicos aunque, gracias a Dios, muchas veces no superan el carácter de una leve contaminación. La tendencia a la pedantería y al eruditismo de salón potencia posturas, en las que el verdadero estudio y contemplación de la Palabra de Dios es suplida por afirmaciones temerarias que no tienen más atractivo que la novedad sin fundamento. Algún día habrá que analizar con cuidado el daño que se ha hecho en los últimos siglos, a tantas generaciones de católicos, al someter la predicación del evangelio a criterios que san Pablo denominaría de vana ciencia, que sólo hincha, pero para nada edifica.

      El libro que presentamos se sitúa en un orden totalmente distinto. No es obra ni de un teólogo ni de un exegeta. Nace de la pluma, la inquietud y la fe de un peregrino a Tierra Santa. La visita a los santos lugares, aquellos que recorrió y en dónde se sucedieron los episodios de la vida de Jesucristo, le ha movido a emprender una tarea que, primordialmente, podemos calificar como apostólica. Ese es su cometido y también el sentido de esta recomendación. Para un acercamiento científico y autorizado habríamos de dar cuenta de otra bibliografía que no sería fácil desclasificar, entre tanta publicación de carácter teológico, y en la que no falta mucha paja, y aún errores no siempre bien intencionados.

      Ramón Gelpí ha escrito un libro que, en primer lugar, es una concordancia de los Evangelios. ¿Qué sentido tiene? Uno muy sencillo, que es mostrar que la vida de Jesús es, en alguna medida, reconstruible. Negar esto vendría a significar, si se sacaran todas las conclusiones, que el Evangelio no es más que un conjunto de sentencias y hechos acaecidos en un pasado remoto no identificable, y que tienen como figura última un personaje del que apenas podemos saber algo. La concordancia ayuda a seguir los pasos del Señor por la tierra para poder comprender mejor y sentir su presencia hoy entre nosotros. Benedicto XVI, hablando a los jóvenes en Colonia, señaló que Jesús, en la Eucaristía, seguía siendo contemporáneo nuestro. Esa afirmación sería metafórica si antes Jesús no hubiera sido contemporáneo en la carne con otros hombres, los que le escucharon en Palestina y entre los que se encontraban sus Apóstoles, sobre los que fundó su Iglesia.

      Una concordancia no es una vida de Jesucristo. De estas las hay excelentes, desde el Diatessaron de Taciano, que parece la más antigua, hasta algunas modernas de gran valor como las escritas por el padre Lagrange o por Fillion. Lo que permite es tener una visión completa del evangelio, porque se han ordenado los distintos testimonios inspirados en una unidad que tiene sentido. Este es el servicio que presta este libro, tan necesario para los jóvenes de nuestro tiempo, y educativo para personas de todas las edades. Ayuda a situarse mejor cerca de Aquel que se hizo hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios.

      El autor, a su vez, nos aporta numerosas notas explicativas y material gráfico que ayudan a situarse en el tiempo de Jesús. San Ignacio, que peregrinó a Tierra Santa, aconsejaba en la oración imaginar las escenas del Evangelio como si nos encontráramos allí presentes. La concepción de este libro puede resultar de inestimable ayuda para la oración. No sólo porque evoca, con material de primera mano y gráficos muy ilustrativos, los lugares que conoció Jesús, sino también porque está escrito con la unción de quienes buscan conocer mejor al Señor para poder amarlo más.

      Quiero apuntar una última reflexión en este prólogo, a la fuerza breve porque busca que el lector no se detenga en él sino que se sumerja en las páginas a las que precede. El conocimiento de Jesús se autentifica en la fidelidad a la Iglesia, verdadero Cuerpo suyo. La Sagrada Escritura ha sido entregada a la Iglesia, que la custodia, la proclama y la explica. De la unión cordial con la Iglesia, que no es un sentimiento, sino una adhesión firme, nace una contemplación más adecuada del Evangelio. Lo mismo puede decirse de quien se acerca al Evangelio a través de María, en cuyo corazón se conservaban y meditaban las acciones y palabras de su Hijo. Al final de lo que se trata es de conocer al Hijo, y este libro, ayuda a ello. Rompiendo prejuicios y prevenciones un peregrino a Tierra Santa, conmovido por haberse acercado a los mismos lugares que conoció el Señor hace dos mil años, ha emprendido la tarea de contribuir a un mejor conocimiento de Cristo. Este libro, amigo lector, da buena cuenta de ello.

                                                                                                             David Amado, Pbro.